lunes, 3 de febrero de 2014

Capítulo 10

Capítulo 10
Nicolás odiaba tener que pasear por un centro comercial abarrotado. En cierta medida lo comprendía, ya que era navidad, y precisamente ese día era veinticuatro de diciembre. Oficialmente empezaba la navidad. Una fiesta que siempre odió.
Aunque este año, estaba un tanto optimista. Tenía bastante dinero ganado por él mismo, y además de eso se daría unas fiestas con todo tipo de lujos.
Cuando iba de compras, el tiempo se hacía nada en su mente. Pasaban las horas y allí seguía, en el mismo centro comercial después de haber recorrido todas las plantas.
Lo que primero cogió fue un marco plateado para en él poner alguna fotografía de su padre. Tomó el que más le gustó y siguió su interminable camino.
Se paró un momento en la zona musical, recorriendo todos los compact-disc. Fue pasando uno a uno por ellos, hasta que lo vio, topándose con él. Allí estaba aquel disco de Mecano, que días atrás había tenido en sus manos en aquel otro formato. Sin pensárselo dos veces lo hizo suyo.
Más tarde dio un par de vueltas más y encontró algo que le llamó la atención mucho más. Un bello tocadiscos de lo más moderno de color rojo, con entrada USB, altavoces incorporados y muchas más cosas de las que casi no entendía. Miró el precio y no le asustó lo que vio. Por unos cincuenta euros tendría un reproductor de vinilos no muy grande, con el que podría reproducir aquellos discos heredados de su padre. Tampoco se lo pensó demasiado. Llamó a un encargado para que le proporcionara uno empaquetado y sin abrir.
Una vez que lo tuvo con él, pensó que era suficiente compra, y que no debería de malgastar mas el dinero. Así que a la caja a pagar y se marchó.
Al llegar a casa su madre se extrañó por verlo acarreando bolsas pesadas. Dio un salto del sofá donde estaba tendida y fue a ayudarle.
-Hijo mío, ¿y todo esto qué es?
Nicolás sonrió ante la pregunta. Sacó de su bolsillo un sobre con el resto del dinero y se lo dio. Susana al sacar todos los billetes puso los ojos como platos.
-¿Atracas un banco y no me llevas? –Preguntó su madre haciendo uso de su incansable humor.
-Si atracara un banco seguro que te pondrías a darles de comer a todo el mundo, y a limpiar los suelos. Te conozco.
Susana hizo un mohín con la cara por tal comentario como ese.
-No venga, ahora enserio. ¿Qué has hecho para tener esto?
Nicolás tuvo que responder. Si no seguro que su madre lo tomaría por un atracador, y eso es algo que de ella no querría aguantar.
-La madre del chico que cuido me ha dado este…”Regalo”. Y mañana firmo por fin mi primer contrato. Ahí quedan unos trescientos euros. Guárdalos. O úsalos si te hacen falta.
Susana entonces se quedó perpleja.
-Definitivamente, mi hijo es ya un hombre. –Reconoció su madre, utilizando palabras que solo una madre sabría decir.
-No digas eso mamá, voy a seguir siendo tu niño pequeño siempre.
Nicolás para salir de aquella conversación sacó de las bolsas el CD y se lo mostró a su madre.
-Mira mamá, lo vi y lo tuve que comprar. –Después sacó de la otra bolsa aquel tocadiscos. –Mira esto, aquí podré escuchar los vinilos de mi padre.
Susana se quedó allí mirando todo aquello que había comprado su hijo. Por su expresión en su cara, parecía que todo aquello le extrañaba. Y así era.
-Es perfecto. –Dijo su madre en un tono casi inaudible. –Yo también tengo un regalo para ti. No es nada material, pero seguro que te gustará.
Susana entró en la cocina y abrió la puerta del horno.
-¿Lo hueles?
-¿Es lasaña? –A su hijo le sonó el estómago en ese instante. Le encanta la lasaña. Y más la lasaña casera que su madre hace.
Tan solo una sonrisa bastó para dar una respuesta afirmativa. Fue entonces cuando Nicolás dio un salto y le dio un beso en la mejilla a su madre.
Nicolás se marchó a su habitación. Cogió el marco plateado, lo abrió, y allí metió la foto de su padre. Luego más tarde puso en su equipo musical en CD, y antes de que sonara la primera canción, fue a buscar la quinta.
Se tendió en su cama, cerró los ojos, y entró dentro de la canción. O al menos lo intentó, ya que antes de llegar a la mitad, le pareció el tostón más grande del universo. Miró la caja del CD por detrás, y empezó a ver los títulos. Una de ellas le llamó la atención: “Mujer contra mujer”.
Ignoró el disco y sacó el tocadiscos de su caja. Se quedó quieto frente a él. No sabía por dónde cogerlo. Después de pedirle ayuda a su madre, aprendió como dar a funcionar sus mecanismos.
-Espérate, que voy a por alguno de mis vinilos. –Dijo Susana muy decidida.
Más tarde entró de nuevo a la habitación de su hijo con un par de discos de vinilo de Bob Marley. Su hijo se extrañó al descubrir una faceta de su madre que no conocía hasta el momento.
-¿Desde cuándo te gusta Bob Marley a ti, mamá?
-Bueno, aunque parezca que fue ayer, yo también tuve quince años. Y lo que tuve también fue una época hippie. Y aunque no tiene que ver nada el movimiento hippie con Bob Marley, me encantaba escuchar sus canciones bajo los efectos de la marihuana.
Nicolás quedó perplejo por las palabras de su madre. Le costó asimilar por un momento que su madre tomara drogas. Por un momento, la imaginó bajo esos efectos haciendo sus típicas tonterías, y cocinando sus típicos bizcochos. La risa que le provocó fue la causante de que casi se ahogara.
Susana algo más seria le preguntó:
-¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
-Mamá, ¿tú fumando porros?
Susana guardó silencio durante un momento y quiso cambiar de conversación.
-Estate atento que no te lo voy a explicar dos veces. Dejas el disco encima de la bandeja, colocas la aguja en el borde del disco, y este empieza a girar. Es así de simple.
El disco empezó a sonar con su sonido característico, el cual parece un huevo que está empezando a freírse en una sartén con el aceite hirviendo. Más tarde la canción le recordó a su niñez, cuando él junto a su madre en aquellos chiringuitos de playa ponían la canción una vez y otra.
Cuando se quiso dar cuenta encontró a su madre con los ojos cerrados, los brazos en diferentes direcciones, y bailando al ritmo de la canción, como si el aire la estuviera meciendo. Más risas se hicieron obligadas.

La noche llegó, y con ella una buena cena con su madre, sus tíos y tías y sus respectivas parejas, y sus hijos para celebrar la noche vieja.
Sin haberlo esperado estaba rodeado de gente a la que veía de año en año, y que casi no recordaba ni sus nombres. Nicolás pensó en lo raro que era aquello. Todo el mundo le preguntaba si estaba trabajando, si tenía novia y cosas de esas, y se decía a sí mismo “si os contara”.
Cuando su madre con sus dos hermanas estaban lo suficientemente bebidas se marchó de allí.
Estaba vestido con un lujoso traje para el día y la ocasión que merecía. Salió a las calles de Sevilla en busca de sus amigos los gemelos, los cuales le sorprendieron en la puerta de su casa.
-Valla, que tormento de hombre tengo enfrente. Ven a mí para que te coma, ¡bombón! –La ironía de Tomás enriqueció la velada.
-Espero que no sea envidia eso que escucho. –Respondió con un gran arguya al mismo tiempo que mostraba su típico toque de humor.
El camino hasta la discoteca fue más corto de lo que pensaban. Cuando iban por la quinta copa, Diego como de costumbre desapareció. Nicolás fue a por la sexta y cuando volvió se encontró con algo que nunca esperó. El gemelo que quedaba en el lugar estaba en una compañía demasiado extraña para él. Nicolás casi se cae cuando llegó a su amigo y la nueva amiga, con la que parecía que estaba haciendo una transfusión de saliva.
-Parece que os divertís… -Dijo a Tomás al oído.
Durante un momento sus labios se despegaron como si de ventosas se tratara.
-Es solo una amiga. Estoy hablando con ella. Ven, que te presento.
Nicolás se quedó quizás algo asqueado. ¿Cómo era posible que su mejor amigo, abiertamente gay estuviera con una mujer besándose?
-No, gracias. No hace falta. -Indicó en un tono de repugnancia. –Voy a buscar a tu hermano, quizás él sea más normal cuando bebe.
La música, la bebida, y el ambiente le produjeron un mal cuerpo terrible. Por un momento sintió náuseas lo cual hizo que se diera más prisa en largarse del lugar.
Al salir se topó con el frío en su rostro e hizo que recuperara un poco la cordura.
Unas manos lo agarraron por detrás cuando estuvo a punto de caerse al suelo.
-¡Cuidado Nicolás! ¡Te vas a matar!
Nicolás miró a quien lo sujetaba. Estaba confundido.
-¡Qué no quiero que me la presentes! ¡Déjame! –Se quejó, mientras se caía al suelo sin poderlo agarrar a tiempo.
-Nicolás, soy Diego. –Se quejó.
-Ah, Diego.
Este lo ayudó a levantarse y se sentaron en un banco que había cerca de la zona.
-La zorra de tu hermano está ahí dentro liándose con una tía. –Explicó Nicolás a su amigo lo sucedido. –No sabes cuánto asco me ha dado. ¿Qué hace con una tía? No lo entiendo.
Nicolás, que ya llevaba rato con el vaso de la sexta copa en la mano, dio un sorbo.
-¿Por qué crees que me fui de ustedes? A veces mi hermano es demasiado repulsivo.
Nicolás ofreció un sorbo de su copa a Diego. Este estaba quizás más borracho, y se negó.
Después de una pausa Diego le preguntó:
-Nicolás, ¿Crees que soy guapo?
La pregunta le pareció de lo más bizarra. ¿Por qué le preguntaría eso?
-Claro que sí. –Admitió. –Tengo que reconocer que tú y tu hermano sois dos tíos guapísimos. ¿A qué viene esa pregunta?
Diego ignoró a Nicolás. En cambio si le dijo lo siguiente:
-Creo que ya me has dicho lo que quería saber.
Y acto seguido, este lo besó, sin ni siquiera esperárselo.
Después Diego, casi sin entenderse sus palabras por los efectos del alcohol le ofreció a su amigo:
-Oye, en mi casa no hay nadie ahora mismo. ¿Te vienes?
Para sorpresa de ambos, Tomás ya había salido de la discoteca, y fue testigo de aquel extraño momento. Tenía la boca abierta, y varias marcas de pintalabios en su rostro.
-Diego, creo que te has pasado. –Reconoció Nicolás, que estaba absorto por lo que su amigo de la infancia le había hecho.
-¡Tío! ¡Eres una maldita puta! –Los gritos de su hermano se oyeron bastante lejos. –Es como un hermano para nosotros, ¿y le pides que te folle? ¿Pero estás bien de la cabeza?
-No pasa nada Tomás, -intentó Nicolás calmar el ambiente. –Una cosa más para olvidar, y ya está. Es el alcohol lo que hace que hagamos cosas que no queremos.
Nicolás entonces se puso en pie de aquel banco y les dijo:
-Me voy a pillar un taxi. Me voy ya. Adiós.

Y entonces, emprendió camino con el bochorno de haber pasado por ese momento, el cual en su vida jamás se hubiera imaginado que tendría que ocurrir.