Capítulo 10
Nicolás odiaba tener que pasear por un
centro comercial abarrotado. En cierta medida lo comprendía, ya que era
navidad, y precisamente ese día era veinticuatro de diciembre. Oficialmente
empezaba la navidad. Una fiesta que siempre odió.
Aunque este año, estaba un tanto
optimista. Tenía bastante dinero ganado por él mismo, y además de eso se daría
unas fiestas con todo tipo de lujos.
Cuando iba de compras, el tiempo se
hacía nada en su mente. Pasaban las horas y allí seguía, en el mismo centro
comercial después de haber recorrido todas las plantas.
Lo que primero cogió fue un marco
plateado para en él poner alguna fotografía de su padre. Tomó el que más le
gustó y siguió su interminable camino.
Se paró un momento en la zona musical,
recorriendo todos los compact-disc. Fue pasando uno a uno por ellos, hasta que
lo vio, topándose con él. Allí estaba aquel disco de Mecano, que días atrás
había tenido en sus manos en aquel otro formato. Sin pensárselo dos veces lo
hizo suyo.
Más tarde dio un par de vueltas más y
encontró algo que le llamó la atención mucho más. Un bello tocadiscos de lo más
moderno de color rojo, con entrada USB, altavoces incorporados y muchas más
cosas de las que casi no entendía. Miró el precio y no le asustó lo que vio.
Por unos cincuenta euros tendría un reproductor de vinilos no muy grande, con
el que podría reproducir aquellos discos heredados de su padre. Tampoco se lo
pensó demasiado. Llamó a un encargado para que le proporcionara uno empaquetado
y sin abrir.
Una vez que lo tuvo con él, pensó que
era suficiente compra, y que no debería de malgastar mas el dinero. Así que a
la caja a pagar y se marchó.
Al llegar a casa su madre se extrañó
por verlo acarreando bolsas pesadas. Dio un salto del sofá donde estaba tendida
y fue a ayudarle.
-Hijo mío, ¿y todo esto qué es?
Nicolás sonrió ante la pregunta. Sacó
de su bolsillo un sobre con el resto del dinero y se lo dio. Susana al sacar
todos los billetes puso los ojos como platos.
-¿Atracas un banco y no me llevas?
–Preguntó su madre haciendo uso de su incansable humor.
-Si atracara un banco seguro que te
pondrías a darles de comer a todo el mundo, y a limpiar los suelos. Te conozco.
Susana hizo un mohín con la cara por
tal comentario como ese.
-No venga, ahora enserio. ¿Qué has
hecho para tener esto?
Nicolás tuvo que responder. Si no
seguro que su madre lo tomaría por un atracador, y eso es algo que de ella no
querría aguantar.
-La madre del chico que cuido me ha
dado este…”Regalo”. Y mañana firmo por fin mi primer contrato. Ahí quedan unos
trescientos euros. Guárdalos. O úsalos si te hacen falta.
Susana entonces se quedó perpleja.
-Definitivamente, mi hijo es ya un
hombre. –Reconoció su madre, utilizando palabras que solo una madre sabría decir.
-No digas eso mamá, voy a seguir
siendo tu niño pequeño siempre.
Nicolás para salir de aquella
conversación sacó de las bolsas el CD y se lo mostró a su madre.
-Mira mamá, lo vi y lo tuve que
comprar. –Después sacó de la otra bolsa aquel tocadiscos. –Mira esto, aquí
podré escuchar los vinilos de mi padre.
Susana se quedó allí mirando todo
aquello que había comprado su hijo. Por su expresión en su cara, parecía que
todo aquello le extrañaba. Y así era.
-Es perfecto. –Dijo su madre en un
tono casi inaudible. –Yo también tengo un regalo para ti. No es nada material,
pero seguro que te gustará.
Susana entró en la cocina y abrió la
puerta del horno.
-¿Lo hueles?
-¿Es lasaña? –A su hijo le sonó el
estómago en ese instante. Le encanta la lasaña. Y más la lasaña casera que su
madre hace.
Tan solo una sonrisa bastó para dar
una respuesta afirmativa. Fue entonces cuando Nicolás dio un salto y le dio un
beso en la mejilla a su madre.
Nicolás se marchó a su habitación.
Cogió el marco plateado, lo abrió, y allí metió la foto de su padre. Luego más
tarde puso en su equipo musical en CD, y antes de que sonara la primera
canción, fue a buscar la quinta.
Se tendió en su cama, cerró los ojos,
y entró dentro de la canción. O al menos lo intentó, ya que antes de llegar a
la mitad, le pareció el tostón más grande del universo. Miró la caja del CD por
detrás, y empezó a ver los títulos. Una de ellas le llamó la atención: “Mujer
contra mujer”.
Ignoró el disco y sacó el tocadiscos
de su caja. Se quedó quieto frente a él. No sabía por dónde cogerlo. Después de
pedirle ayuda a su madre, aprendió como dar a funcionar sus mecanismos.
-Espérate, que voy a por alguno de mis
vinilos. –Dijo Susana muy decidida.
Más tarde entró de nuevo a la
habitación de su hijo con un par de discos de vinilo de Bob Marley. Su hijo se
extrañó al descubrir una faceta de su madre que no conocía hasta el momento.
-¿Desde cuándo te gusta Bob Marley a
ti, mamá?
-Bueno, aunque parezca que fue ayer,
yo también tuve quince años. Y lo que tuve también fue una época hippie. Y
aunque no tiene que ver nada el movimiento hippie con Bob Marley, me encantaba
escuchar sus canciones bajo los efectos de la marihuana.
Nicolás quedó perplejo por las
palabras de su madre. Le costó asimilar por un momento que su madre tomara
drogas. Por un momento, la imaginó bajo esos efectos haciendo sus típicas
tonterías, y cocinando sus típicos bizcochos. La risa que le provocó fue la
causante de que casi se ahogara.
Susana algo más seria le preguntó:
-¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
-Mamá, ¿tú fumando porros?
Susana guardó silencio durante un
momento y quiso cambiar de conversación.
-Estate atento que no te lo voy a
explicar dos veces. Dejas el disco encima de la bandeja, colocas la aguja en el
borde del disco, y este empieza a girar. Es así de simple.
El disco empezó a sonar con su sonido
característico, el cual parece un huevo que está empezando a freírse en una
sartén con el aceite hirviendo. Más tarde la canción le recordó a su niñez,
cuando él junto a su madre en aquellos chiringuitos de playa ponían la canción
una vez y otra.
Cuando se quiso dar cuenta encontró a
su madre con los ojos cerrados, los brazos en diferentes direcciones, y
bailando al ritmo de la canción, como si el aire la estuviera meciendo. Más
risas se hicieron obligadas.
La noche llegó, y con ella una buena
cena con su madre, sus tíos y tías y sus respectivas parejas, y sus hijos para
celebrar la noche vieja.
Sin haberlo esperado estaba rodeado de
gente a la que veía de año en año, y que casi no recordaba ni sus nombres. Nicolás
pensó en lo raro que era aquello. Todo el mundo le preguntaba si estaba
trabajando, si tenía novia y cosas de esas, y se decía a sí mismo “si os
contara”.
Cuando su madre con sus dos hermanas
estaban lo suficientemente bebidas se marchó de allí.
Estaba vestido con un lujoso traje
para el día y la ocasión que merecía. Salió a las calles de Sevilla en busca de
sus amigos los gemelos, los cuales le sorprendieron en la puerta de su casa.
-Valla, que tormento de hombre tengo
enfrente. Ven a mí para que te coma, ¡bombón! –La ironía de Tomás enriqueció la
velada.
-Espero que no sea envidia eso que
escucho. –Respondió con un gran arguya al mismo tiempo que mostraba su típico
toque de humor.
El camino hasta la discoteca fue más
corto de lo que pensaban. Cuando iban por la quinta copa, Diego como de
costumbre desapareció. Nicolás fue a por la sexta y cuando volvió se encontró
con algo que nunca esperó. El gemelo que quedaba en el lugar estaba en una
compañía demasiado extraña para él. Nicolás casi se cae cuando llegó a su amigo
y la nueva amiga, con la que parecía que estaba haciendo una transfusión de
saliva.
-Parece que os divertís… -Dijo a Tomás
al oído.
Durante un momento sus labios se
despegaron como si de ventosas se tratara.
-Es solo una amiga. Estoy hablando con
ella. Ven, que te presento.
Nicolás se quedó quizás algo asqueado.
¿Cómo era posible que su mejor amigo, abiertamente gay estuviera con una mujer
besándose?
-No, gracias. No hace falta. -Indicó
en un tono de repugnancia. –Voy a buscar a tu hermano, quizás él sea más normal
cuando bebe.
La música, la bebida, y el ambiente le
produjeron un mal cuerpo terrible. Por un momento sintió náuseas lo cual hizo
que se diera más prisa en largarse del lugar.
Al salir se topó con el frío en su
rostro e hizo que recuperara un poco la cordura.
Unas manos lo agarraron por detrás
cuando estuvo a punto de caerse al suelo.
-¡Cuidado Nicolás! ¡Te vas a matar!
Nicolás miró a quien lo sujetaba.
Estaba confundido.
-¡Qué no quiero que me la presentes!
¡Déjame! –Se quejó, mientras se caía al suelo sin poderlo agarrar a tiempo.
-Nicolás, soy Diego. –Se quejó.
-Ah, Diego.
Este lo ayudó a levantarse y se
sentaron en un banco que había cerca de la zona.
-La zorra de tu hermano está ahí
dentro liándose con una tía. –Explicó Nicolás a su amigo lo sucedido. –No sabes
cuánto asco me ha dado. ¿Qué hace con una tía? No lo entiendo.
Nicolás, que ya llevaba rato con el
vaso de la sexta copa en la mano, dio un sorbo.
-¿Por qué crees que me fui de ustedes?
A veces mi hermano es demasiado repulsivo.
Nicolás ofreció un sorbo de su copa a
Diego. Este estaba quizás más borracho, y se negó.
Después de una pausa Diego le
preguntó:
-Nicolás, ¿Crees que soy guapo?
La pregunta le pareció de lo más
bizarra. ¿Por qué le preguntaría eso?
-Claro que sí. –Admitió. –Tengo que
reconocer que tú y tu hermano sois dos tíos guapísimos. ¿A qué viene esa
pregunta?
Diego ignoró a Nicolás. En cambio si
le dijo lo siguiente:
-Creo que ya me has dicho lo que quería
saber.
Y acto seguido, este lo besó, sin ni
siquiera esperárselo.
Después Diego, casi sin entenderse sus
palabras por los efectos del alcohol le ofreció a su amigo:
-Oye, en mi casa no hay nadie ahora
mismo. ¿Te vienes?
Para sorpresa de ambos, Tomás ya había
salido de la discoteca, y fue testigo de aquel extraño momento. Tenía la boca
abierta, y varias marcas de pintalabios en su rostro.
-Diego, creo que te has pasado.
–Reconoció Nicolás, que estaba absorto por lo que su amigo de la infancia le
había hecho.
-¡Tío! ¡Eres una maldita puta! –Los
gritos de su hermano se oyeron bastante lejos. –Es como un hermano para
nosotros, ¿y le pides que te folle? ¿Pero estás bien de la cabeza?
-No pasa nada Tomás, -intentó Nicolás
calmar el ambiente. –Una cosa más para olvidar, y ya está. Es el alcohol lo que
hace que hagamos cosas que no queremos.
Nicolás entonces se puso en pie de
aquel banco y les dijo:
-Me voy a pillar un taxi. Me voy ya.
Adiós.
Y entonces, emprendió camino con el
bochorno de haber pasado por ese momento, el cual en su vida jamás se hubiera
imaginado que tendría que ocurrir.