Capítulo 9
-Se que todavía no llevas trabajando
las dos semanas, pero creo que ya basta de pruebas.
Nicolás apenas había entrado por la
puerta, cuando Rosa le empezó a hablar con una felicidad que al parecer hacía
mucho que no sentía.
-El tiempo de prueba se acabó. Mañana
tendrás aquí la hoja de tu contrato. –Le comunicaba Rosa a Nicolás.
Todo le parecía extraño. Apenas
llevaba trabajando los quince días de prueba a los que se debía someter, y ya
tenía un contrato a punto de firmar. Le pareció tan raro, que quiso sacar sus
dudas:
-Rosa, todavía no han pasado los
quince días de prueba. ¿Qué te ha hecho tomar esta decisión?
Rosa entonces, puso cara de
satisfacción y exclamó:
-¡La felicidad de mi hijo! ¿Sabes
cuánto tiempo hace que no lo veía sonreír? Ya me contó su padre, que estabais
viendo una peli juntos. No me lo creo. Su vida es solo pintar desde que se
levanta hasta que se va a dormir. Ahora, me ha pedido que compre unas películas
en el centro. Me ha pedido expresamente que sean en Blu-Ray y de varios
directores de cine. ¿No es maravilloso?
Nicolás al pensar que el padre de Erik
le mencionó, le dio un respingo el cuerpo. Desde que lo vio por primera vez no
le dio buena espina ese hombre. Sobre todo al ver a Erik allí postrado en el sofá,
llorando. ¿Qué habría sucedido cuando se fue a limpiar su cuarto? Ignoró
entonces ese quebradero mental e intentó alegrarse al menos por Erik. Que al
parecer, salía del agujero negro del que se negaba a salir.
-Pues me alegro por él. –Respondió
para mostrar alegría.
-Ya ves, ahora solo queda que quiera
salir a la calle. Le he intentado convencer para que salga a ver los adornos
navideños del centro, pero se niega. ¿Podrías intentar convencerlo?
Nicolás odiaba que la gente lo pusiera
en un compromiso como ese. Una vez, unas gitanas de la catedral, le pusieron en
el compromiso de leerle la mano, a cambio de la voluntad. La voluntad terminó
en tener que darles cinco euros, por contarle mil mentiras, entre ellas que
encontraría a la mejor mujer del mundo.
-Claro, se lo diré, haber si algún día
quiere salir a dar una vuelta.
Rosa entonces, se puso su abrigo para
salir a su trabajo, como venía siendo costumbre, y antes de salir se dirigió a
Nicolás y le dijo con una sonrisa:
-Pero que buen chico eres Nico. Hace
bastantes años que no me encontraba con una persona como tú. –Abrió la puerta y
antes de salir le comentó sobre la nota en la mesa del salón. –En el sitio de
siempre, donde te dejo la nota, hay una cosa para ti.
Entonces, Nicolás bajó la cabeza y
sintió un poco de sonrojo por el comentario. Solo pudo responder con un mero
“Gracias”. Entonces Rosa le sonrió y se fue.
La curiosidad se apoderó de él, y fue
a ver qué hallaba en la mesa. Al lado de una pequeña hoja de papel había un
sobre. Empezó a leerla.
“Hoy no creo que tengas que hacer nada
en especial. Erik está preparando un cuadro de gran formato, así que tendrás
que ayudarle en todo lo que precise. Por cierto, en el sobre tienes un pequeño
obsequio por haber pasado el tiempo de prueba. Espero que lo disfrutes. ¡Qué
pases un buen día!”
Dejó la nota a un lado y abrió el
sobre. Nicolás se pudo imaginar que podría ser, pero no llegó a imaginar hasta
límites insospechados, cuando se topó con la realidad. Cuatrocientos euros
llenaban el sobre, la mitad de su sueldo.
La cara de él fue un poema. Las
preguntas en su mente iban de un lado a otro. ¿Qué haría el con tanto dinero?
¿Qué ha hecho realmente para merecerlo? También empezó a pensar dónde lo
gastaría cuando Erik, lo volvió a sorprender desde el pasillo.
-Buenos días Erik. ¿Qué puedo hacer
hoy por ti? –Preguntó Nicolás con rapidez, como si quisiera pasar del tema.
Erik mostró una leve sonrisa, y le
comentó a Nicolás:
-Acabo de empezar un cuadro bastante
grande, y necesito que me ayudes a bajar el lienzo.
El lienzo era bastante grande. Podría
medir dos metros de ancho.
-Estoy empezando una copia de La
última cena de Leonardo Da Vinci. Será un proceso largo. –Erik hizo hincapié en
la palabra “largo”. –Es tan grande que a veces no me llegan ni las manos ni el
pincel a la parte de arriba.
En el lienzo había un dibujo inicial,
y al lado de este una foto de la obra original.
-¿Qué necesitas por ahora? –Preguntó
Nicolás intentando ser de ayuda.
-Quiero que por ahora, -contestaba
–estés pendiente de lo que me haga falta. No hay nada ahora mismo que tenga que
pedirte. ¡Espero que no te aburras!
Erik mostró una sonrisa con ese
comentario. Abrió un maletín que a su lado tenía sobre una mesa, y de él sacó
un pequeño botecito de algún tipo de aceite, el cual parte de su contenido lo
vertió sobre un vaso.
Nicolás se sentó a su lado. Por fin,
después de unos momentos de incertidumbre Erik cogió un pincel, de toda su
colección de pinceles, y manchó la gruesa tela del lienzo con una pincelada muy
diluida. Pintaba entonces la pared del fondo representado en la estancia de
colores oscuros. El tiempo pasaba y con él las rápidas pero precisas pinceladas
de Erik sobre la futura obra. Allí estaban los dos. Sin hablar, sin decir una
palabra para no perturbar el trabajo que este hacía.
Ya había lo que se le puede llamar una
primera mancha en la totalidad de cuadro, con algún que otro espacio en blanco.
Erik soltó los pinceles y la paleta en la mesa, algo que para Nicolás fue la
llegada al éxtasis. Perdió la noción del tiempo mientras este pasaba, y
mientras las pinceladas en la tela porosa escuchaba.
-Creo que por hoy está bien. –Dijo con
un tono de satisfacción.
Después miró a Nicolás a la cara y le
preguntó:
-¿Qué te parece?
Él volvió a mirar el cuadro con esa
primera capa terminada e intentó valorar el trabajo hasta en ese momento
realizado. No vio gran cosa, pero si lo que se quería ver expuesto. No supo
decir gran cosa.
-Me parece que para haberlo empezado
hoy, está muy conseguido.
Erik miró su cuadro, quedando las
miradas de ambos clavadas en el.
-Posiblemente sea verdad eso que
dices. Aunque no creo que vaya a ser tan bueno como el original. -Durante un
momento guardó silencio, y más tarde prosiguió. –Es curioso, estoy pintando
este cuadro porque me encantaría saber qué es lo que detrás se esconde. Quizás
al pintarlo me encuentre con alguno de los secretos de esta pintura. Fíjate
aquí. –Erik señaló una de las personas que allí estaban representadas. -¿No te parece
que el brazo de San Pedro parece un bebé?
Nicolás se extrañó. Se acercó un poco
al cuadro, y a la vez miró la foto de la obra original. Tenía razón.
-Qué extraño. Incluso la manga de sus
vestiduras parecen que envuelven a un recién nacido. Es asombroso.
-Da Vinci estaba loco. –Comentó Erik.
–Muy loco.