jueves, 23 de enero de 2014

Capítulo 9

Capítulo 9

-Se que todavía no llevas trabajando las dos semanas, pero creo que ya basta de pruebas.
Nicolás apenas había entrado por la puerta, cuando Rosa le empezó a hablar con una felicidad que al parecer hacía mucho que no sentía.
-El tiempo de prueba se acabó. Mañana tendrás aquí la hoja de tu contrato. –Le comunicaba Rosa a Nicolás.
Todo le parecía extraño. Apenas llevaba trabajando los quince días de prueba a los que se debía someter, y ya tenía un contrato a punto de firmar. Le pareció tan raro, que quiso sacar sus dudas:
-Rosa, todavía no han pasado los quince días de prueba. ¿Qué te ha hecho tomar esta decisión?
Rosa entonces, puso cara de satisfacción y exclamó:
-¡La felicidad de mi hijo! ¿Sabes cuánto tiempo hace que no lo veía sonreír? Ya me contó su padre, que estabais viendo una peli juntos. No me lo creo. Su vida es solo pintar desde que se levanta hasta que se va a dormir. Ahora, me ha pedido que compre unas películas en el centro. Me ha pedido expresamente que sean en Blu-Ray y de varios directores de cine. ¿No es maravilloso?
Nicolás al pensar que el padre de Erik le mencionó, le dio un respingo el cuerpo. Desde que lo vio por primera vez no le dio buena espina ese hombre. Sobre todo al ver a Erik allí postrado en el sofá, llorando. ¿Qué habría sucedido cuando se fue a limpiar su cuarto? Ignoró entonces ese quebradero mental e intentó alegrarse al menos por Erik. Que al parecer, salía del agujero negro del que se negaba a salir.
-Pues me alegro por él. –Respondió para mostrar alegría.
-Ya ves, ahora solo queda que quiera salir a la calle. Le he intentado convencer para que salga a ver los adornos navideños del centro, pero se niega. ¿Podrías intentar convencerlo?
Nicolás odiaba que la gente lo pusiera en un compromiso como ese. Una vez, unas gitanas de la catedral, le pusieron en el compromiso de leerle la mano, a cambio de la voluntad. La voluntad terminó en tener que darles cinco euros, por contarle mil mentiras, entre ellas que encontraría a la mejor mujer del mundo.
-Claro, se lo diré, haber si algún día quiere salir a dar una vuelta.
Rosa entonces, se puso su abrigo para salir a su trabajo, como venía siendo costumbre, y antes de salir se dirigió a Nicolás y le dijo con una sonrisa:
-Pero que buen chico eres Nico. Hace bastantes años que no me encontraba con una persona como tú. –Abrió la puerta y antes de salir le comentó sobre la nota en la mesa del salón. –En el sitio de siempre, donde te dejo la nota, hay una cosa para ti.
Entonces, Nicolás bajó la cabeza y sintió un poco de sonrojo por el comentario. Solo pudo responder con un mero “Gracias”. Entonces Rosa le sonrió y se fue.
La curiosidad se apoderó de él, y fue a ver qué hallaba en la mesa. Al lado de una pequeña hoja de papel había un sobre. Empezó a leerla.
“Hoy no creo que tengas que hacer nada en especial. Erik está preparando un cuadro de gran formato, así que tendrás que ayudarle en todo lo que precise. Por cierto, en el sobre tienes un pequeño obsequio por haber pasado el tiempo de prueba. Espero que lo disfrutes. ¡Qué pases un buen día!”
Dejó la nota a un lado y abrió el sobre. Nicolás se pudo imaginar que podría ser, pero no llegó a imaginar hasta límites insospechados, cuando se topó con la realidad. Cuatrocientos euros llenaban el sobre, la mitad de su sueldo.
La cara de él fue un poema. Las preguntas en su mente iban de un lado a otro. ¿Qué haría el con tanto dinero? ¿Qué ha hecho realmente para merecerlo? También empezó a pensar dónde lo gastaría cuando Erik, lo volvió a sorprender desde el pasillo.
-Buenos días Erik. ¿Qué puedo hacer hoy por ti? –Preguntó Nicolás con rapidez, como si quisiera pasar del tema.
Erik mostró una leve sonrisa, y le comentó a Nicolás:
-Acabo de empezar un cuadro bastante grande, y necesito que me ayudes a bajar el lienzo.
El lienzo era bastante grande. Podría medir dos metros de ancho.
-Estoy empezando una copia de La última cena de Leonardo Da Vinci. Será un proceso largo. –Erik hizo hincapié en la palabra “largo”. –Es tan grande que a veces no me llegan ni las manos ni el pincel a la parte de arriba.
En el lienzo había un dibujo inicial, y al lado de este una foto de la obra original.
­-¿Qué necesitas por ahora? –Preguntó Nicolás intentando ser de ayuda.
-Quiero que por ahora, -contestaba –estés pendiente de lo que me haga falta. No hay nada ahora mismo que tenga que pedirte. ¡Espero que no te aburras!
Erik mostró una sonrisa con ese comentario. Abrió un maletín que a su lado tenía sobre una mesa, y de él sacó un pequeño botecito de algún tipo de aceite, el cual parte de su contenido lo vertió sobre un vaso.
Nicolás se sentó a su lado. Por fin, después de unos momentos de incertidumbre Erik cogió un pincel, de toda su colección de pinceles, y manchó la gruesa tela del lienzo con una pincelada muy diluida. Pintaba entonces la pared del fondo representado en la estancia de colores oscuros. El tiempo pasaba y con él las rápidas pero precisas pinceladas de Erik sobre la futura obra. Allí estaban los dos. Sin hablar, sin decir una palabra para no perturbar el trabajo que este hacía.
Ya había lo que se le puede llamar una primera mancha en la totalidad de cuadro, con algún que otro espacio en blanco. Erik soltó los pinceles y la paleta en la mesa, algo que para Nicolás fue la llegada al éxtasis. Perdió la noción del tiempo mientras este pasaba, y mientras las pinceladas en la tela porosa escuchaba.
-Creo que por hoy está bien. –Dijo con un tono de satisfacción.
Después miró a Nicolás a la cara y le preguntó:
-¿Qué te parece?
Él volvió a mirar el cuadro con esa primera capa terminada e intentó valorar el trabajo hasta en ese momento realizado. No vio gran cosa, pero si lo que se quería ver expuesto. No supo decir gran cosa.
-Me parece que para haberlo empezado hoy, está muy conseguido.
Erik miró su cuadro, quedando las miradas de ambos clavadas en el.
-Posiblemente sea verdad eso que dices. Aunque no creo que vaya a ser tan bueno como el original. -Durante un momento guardó silencio, y más tarde prosiguió. –Es curioso, estoy pintando este cuadro porque me encantaría saber qué es lo que detrás se esconde. Quizás al pintarlo me encuentre con alguno de los secretos de esta pintura. Fíjate aquí. –Erik señaló una de las personas que allí estaban representadas. -¿No te parece que el brazo de San Pedro parece un bebé?
Nicolás se extrañó. Se acercó un poco al cuadro, y a la vez miró la foto de la obra original. Tenía razón.
-Qué extraño. Incluso la manga de sus vestiduras parecen que envuelven a un recién nacido. Es asombroso.
-Da Vinci estaba loco. –Comentó Erik. –Muy loco. 

Capítulo 8

-Todavía no soy consciente de que ya tienes dieciocho años. –Le dijo Susana a su hijo. –Parece que fue ayer cuando te tuve entre mis brazos por primera vez. Acababas de salir de mí,  estabas lleno de sangre, y aun así te besé una y otra vez, como si fuera el primer y último día que fuera pasar contigo. Ya desde pequeño noté que eras hijo de quién eras. Tus ojos, tus labios, tu semblante… Todo.
Susana se marchó por un instante de la estancia, y cuando volvió, vino cargada con varias bolsas llenas entre otras cosas de álbumes de fotos, los cuales Nicolás no conocía.  Sacó uno que desplegó y de él sacó una foto. Nicolás posó su mirada en ella. Por fin halló algo, de aquello que buscaba.
-Este es tu padre. Y aquí en estas bolsas hay lo poco que pude quedarme de él.
Nicolás tomó la fotografía que su madre le mostraba. En su mente, cambió aquella foto de esquela, e interiorizó esta nueva imagen del quién fuera su creador. En ella, se veía reflejado con una ropa algo arcaica al lado de su madre, con el pelo más largo y quizás, con algo más de juventud. Allí estaba él. Su padre.
Por su cara apareció una sonrisa, la cual Susana se percató.
-Podría decir que me hice yo esta foto. ¡Vaya! ¡Qué hombre más guapo!
Susana mostró una sonrisa, cómplice de las palabras de su hijo, y abrió otra bolsa de la cual sacó un puñado de discos de vinilo, de los cuales buscó uno en concreto y se lo enseñó a Nicolás.
-Mira este disco, a tu padre le encantaba. El “Descanso Dominical” de Mecano, del año 89. Le apasionaba Mecano, sobre todo el surco cinco.
-¿Surco? –Preguntó Nicolás por la extrañeza de la palabra.
-Creo que esto es demasiado antiguo para ti. ¿Ves estas líneas grisáceas que hay por la superficie del disco? Esa es la zona que separa una canción de otra. A esto se le llama surco. Y el surco cinco corresponde a la canción “La fuerza del destino”. Siempre le tuvo mucho aprecio a esa canción. Nuestra relación la describe al retalle.
Susana le contó a su hijo, como conoció a su padre, en un bar del centro de Sevilla, cuando este la piropeó.
-…entonces él y su mejor amigo se sentó con una de mis amigas de mi adolescencia y con el tiempo surgió el amor, tal como cuenta la canción.
Nicolás tomó en sus manos el disco. En la composición de la portada estaba reflejada la imagen de los tres componentes del grupo entre varios loros. Por detrás, la firma autografiada de la cantante, y en la esquina superior izquierda, casi ni se apreciaba, estaba el escrito el nombre de su padre.
-Todavía recuerdo como corría detrás de Ana Torroja en aquel concierto al que fuimos aquí en Sevilla, para que le firmara el disco. Estaba obsesionado con ella.
A Nicolás le parecía fantástico sentir a su padre, aunque solo fueran en fotos o en cosas materiales. Pero todavía le quedaba una duda. Sus abuelos no sabían que él existía. Él solo se preguntaba, ¿Cómo era eso posible?
Por un momento volvió a meter en las bolsas todas las cosas de su padre, y miró a su madre a los ojos muy seriamente.
-Mamá, ¿Por qué nunca conocí a mis abuelos?
Susana dio un resoplido al aire. Quizás porque en su cabeza se mezclaban los recuerdos, los cuales no quería volver a vivir.
-Nico, hijo mío, hay cosas que todavía no puedo contestarte. En mi pasado hubo muchos quebraderos de cabeza, de los cuales tus abuelos se metieron de por medio. –Susana hizo una leve pausa, en la cual entonces, surgió una lágrima que no pudo remediar. –Se que has esperado demasiado tiempo para que te explique. Aún así te pido por favor, que me des más tiempo. Por favor… Mira todo esto, ahora es tuyo.
Susana se fue a la cocina para seguir con su cometido. Nicolás entonces, se quedó allí tirado en el sofá, mirándolo todo. Abrió la bolsa de los discos de vinilo. No había muchos, unos treinta. Le dio un vistazo a todos. Mientras pasaba de ver un disco a otro, se acordó del primer día que conoció a Erik, cuando le mandó a girar el disco, y lo bochornoso que fue ese día.
Después empezó a ver los álbumes de fotos. Empezó a ojearlos y prendarse más de su creador. Allí empezó a ver fotos de todo tipo. Desde las fotos de comunión, hasta las fotos de su noviazgo con su madre. Aunque una de ella fue la que más le conmovió. Era a tamaño grande, casi se salía por los lados del álbum. Allí estaban capturados los sentimientos de un futuro padre ante la gestación de su hijo. La mano de su padre, estaba sobre el abultado vientre de su madre, y su cara era todo un poema de de felicidad.

Fue quizás lo que le puso triste. Su padre, nunca llegó a conocerle.


viernes, 17 de enero de 2014

Capítulo 7

Capítulo 7

A veces al cerrar los ojos se pueden llegar a ver cosas en un fundido en negro, que ni con los ojos bien abiertos se puede llegar a percibir.

La sangre corría como un río feroz por mi rodilla derecha.  Al mismo tiempo se mezclaba con la arena del suelo. Me dolía y me escocía bastante. Era bastante molesto estar allí tirado en el suelo, por haber perdido tontamente el equilibrio mientras daba saltos por el banco del parque.
Ya mi madre me lo advirtió:
-¡Te vas a caer! –Me decía repetidas veces.
Y yo, que siempre quise ir en la vida por mi propia cuenta sin rendirle estas a nadie, no hacía caso de lo que mi madre me repetía una y otra vez hasta la saciedad.
-¿Te has hecho daño, pequeño? –Se preocupó un señor  mientras me recogía del suelo.
Entre sollozos pude responder como buenamente pude:
-Me duele la rodilla. Acabo de caerme del banco.
Aquel señor sacó un pañuelo de seda blanco con los bordes negros y lo puso en mi rodilla.
-Tranquilo pequeño, no es nada. –Miré a aquel hombre a la cara. Su gran sonrisa, la cual causaba unas pequeñas arrugas en sus ojos celestes, me dio la tranquilidad que necesitaba en ese momento.
-¡Nicolás! ¿Qué te ha pasado, hijo mío? –Mi madre llegaba con unos refrescos que acababa de comprar y los cuales dejó a mi lado. -¡Cuánta sangre!
Entonces mamá, miró a aquel señor, y en un instante pasó de tener una cara con una leve sonrisa de agradecimiento, a tener una cara con un semblante más bien serio.
Se quedó muda por unos segundos. Mamá solo pudo decir un mero “gracias”, casi tartamudeando.
Aquel señor respondió casi con la misma cara:
-No hay de qué.
Sin más, el hombre emprendió su camino, dejándome su pañuelo. Mi madre me cogió en brazos y me llevó a una fuente cercana para limpiarme la herida. Al intentar buscar con la mirada al dueño del pañuelo, este jamás apareció dejándome un poco triste. Se fue sin su pañuelo y nunca más se lo devolvería.

Cuando Nicolás despertó, sintió extrañeza de volver a vivir otra vez sus cinco años.  Aquel recuerdo imborrable se lo devolvía su subconsciente repetidas veces en forma de sueño. Se levantó de un brinco de la cama, y abrió un cajón que estaba oculto en su armario. De allí sacó el pañuelo de seda con la letra F bordada a mano. Todavía lo guardaba después de tantos años. Lo desdobló y lo observó por todos sus lados como si quisiera encontrar la respuesta a su sueño. ¿A caso el pañuelo podría desvelar algo?
Rosa llegaba de hacer la compra, y su hijo salió a ayudarla con las bolsas. Traía cuatro bolsas muy pesadas hasta arriba de comida, las cuales Nicolás cogió y se limitó a sacar su contenido y ponerlo en su lugar correspondiente.
-Mamá, -Dirigió la palabra Nicolás a su madre. -he estado dándole vueltas a un asunto.
Rosa miró a su hijo con cara de pocos amigos.
-Haber. ¿Cuál es ese asunto? No pienso darte más dinero para ropa. –Decía en un tono de burla.
Su hijo se frustró por un instante, pero en un momento ignoró su comentario:
-No mamá, creo que ya va siendo hora de que me cuentes todo sobre mi padre. De dónde era, dónde trabajaba, como os conocisteis, y todo sobre él. En general, quién era.
Rosa se quedó en silencio mirando a su hijo. Entonces, la que sentía frustración era ella.
Se quedó quieta, soltando en la encimera de la cocina un paquete de galletas que tenía en mente dejarlo en la estantería que tenía a su lado.
-¿Y por qué quieres saberlo?
-Mamá, desde pequeño me crié sin una figura paterna. Siempre suspendía en el colegio las clases de manualidades, porque me negaba a hacer un regalo para el día del padre, a un padre que nunca tuve a mi lado. Ya estoy cansado de llevar flores a una tumba una vez al mes, y sentarme en el suelo a mirar la foto y la esquela de un hombre que no sé quién es. ¿Tan difícil es contarme quien era él? ¿Y si tengo familia que quiere verme? Me gustaría al menos saber si tengo abuelos.
Rosa dejó el paquete de galletas en la estantería lentamente. Se quedó paralizada. Entonces le dijo a su hijo, de forma directa, algo que le marcaría:
-Tus abuelos no saben que existes.
Una lágrima nació en el ojo izquierdo de Nicolás, que se quedó mirando el suelo con la mirada pérdida, y fue dejando su húmedo rastro hasta que se dejó morir en la comisura de sus labios.
Salió de la cocina lentamente y fue a sentarse en el sofá del salón. Tras él, Rosa le siguió al mismo ritmo de marcha fúnebre que se formó en ese mismo instante entre ellos. Allí Nicolás, dejó ver tantos años de lucha que con él mismo tuvo, para poder descubrir quien fue su creador. Más lágrimas afloraron de su bello rostro las cuales le limpiaba Rosa.

-Mamá, ¿Quién soy?

martes, 7 de enero de 2014

Capítulo 6

Capítulo 6


Nicolás, aprovechando que no había nadie en casa de Erik, solo este en el mismo sitio de siempre, se puso cómodo en el sofá del salón al que estaba acostumbrado pasar los días, y allí se tendió. Encendió la tele y pasó de un canal a otro.
No había nada interesante, y después de volver a darle varias vueltas a todas las emisoras de la tele, la apagó, miró por la ventana y suspiró. Cerró los ojos por un momento y pensó. ¿Es esto lo que realmente quiero?
Un revuelto de pensamientos rebotaban en su mente. Su principal quebradero de cabeza era Erik. No daba trabajo alguno, pero aún así no le atraía demasiado el hecho de estar diariamente encerrado en una casa, sin hablar con nadie, sin hacer nada, y consumiendo su vida social.
Luego pensó en su padre. ¿Quién era ese hombre? Era una pregunta quizás estúpida, pero Nicolás no lo sabía. Llevaba unos años llevándole flores una vez al mes, desde que su madre se dignó a decirle su nombre, y en que sitio reposaba sus restos. Aún así, siempre tuvo esa búsqueda en su interior, queriendo hallar a ese padre que nunca estuvo a su lado. ¿Quién era? No hacía más que repetirse. ¿Qué tipo de cine veía? ¿Qué tipo de música escuchaba? ¿Cómo conoció a su madre? ¿Tenía abuelos o tíos? ¿Quiénes eran ellos? ¿Por qué nadie de su familia paterna le visitó alguna vez?
La vida a veces, es lo más raro que puedes vivir. De eso Nicolás estaba totalmente seguro. Volvió a dar otro resoplido al aire, con tanta fuerza como si quisiera destruir las paredes de aquel extraño hogar.
Nicolás volvió a abrir los ojos, y algo extrañado se sintió al ver que su estampa casi adormecida era el goce de Erik, el cual, sin que no se percatase, estaba en el pasillo mirándolo y con una sonrisa. Más extraño fue, el mero hecho de verle sonreír.
Cuando Nicolás fue consciente se incorporó rápidamente. Con algo de tartamudeo le preguntó:
-¿Necesitas ayuda en algo?
Y Erik respondió:
-Sí, sírveme el desayuno, por favor. Hoy mi madre no dejó nada preparado. ¿Me lo puedes preparar?
-Sí, ahora mismo. –Respondió Nicolás. -¿Algo más?
-Sí. Prepara el tuyo también.
Nicolás se quedó quieto. ¿El suyo también? No tenía nada más que hacer que darle una escusa:
-Es que yo, no tengo hambre.
Erik entonces puso el semblante algo más serio, quizás al que acostumbraba tener.
-No te he visto comer desde que trabajas aquí, y pasas varias horas trabajando. ¡Algún día te va a dar algo! Sirve el desayuno, por favor.
Cada vez que Nicolás daba un mal paso, Erik se reía de él. Después de quemar varias tostadas, y de equivocarse al echar sal al zumo de naranja natural para intentar endulzarlo, se sentaron en la pequeña mesita de la cocina.
Nicolás empezó a untar de mantequilla una de las tostadas, y Erik empezó a hacer lo mismo, chocando los cuchillos en el tarro. Después, empezaron a comer.
-Espero que no hallas roto el dibujo que te hice el  otro día. -Erik rompió el silencio que había en el ambiente.
-¿Eh? No. Cuando mi madre lo vio, se enamoró de él, y le ha puesto un marco. –Admitió Nicolás.
-¿Qué dijo cuando lo vio? –Preguntó Erik con curiosidad.
-Pues dijo,  -Respondía Nicolás –que le pareces un gran artista. Y que deberías dedicarte a esto profesionalmente.
-Mucha gente me lo dice. Es muy difícil hacerse un nombre en el mundo del arte. –Reconoció Erik
Nicolás, quedó extrañado ante el mero hecho de tener conversación con Erik. Pensó que es demasiado bipolar. Aún así, intentó no desaprovechar la situación y le animó:
-Nada es imposible en esta vida. Deberías intentarlo. ¿No crees?
 –Hoy no me apetece pintar. –Cambió rotundamente de tema. -¿Vemos una película?
Nicolás parpadeó un par de veces, y aceptó. Empezó a fregar los platos cuando Erik fue hasta el salón a prepararlo todo. Después de dejarlo todo bien limpio fue su sorpresa que sobre la mesa del salón estaba una de las películas favoritas de Nicolás: Volver. La cogió en sus manos y empezó a observarla.
-Sabía que te gustaría. –Le confesó Erik.
-Me encanta. Es una de mis preferidas.
Erik mandó a Nicolás a ponerla, así que se agachó frente a la tele a introducir el disco en el reproductor. Al darse después la vuelta, vio a Erik, que estaba al lado del sofá, y este le pidió:
-¿Me podrías coger y dejar sobre el sofá? Así estaré más cómodo. Y no te preocupes, que peso poco.
Nicolás aceptó y se dio cuenta de que realmente decía la verdad. Apenas pesaba más de cincuenta kilos.
-¡Valla! –Exclamó Nicolás. –Eres como una pluma. –Dijo mientras sonreía.
Erik se quejó y dio un resoplido, como si de un dolor se tratase.
-¿Qué te ocurre Erik? –Preguntó algo alarmado.
-Tranquilo, estoy bien. Es solo un dolor de espalda, nada grave.
Antes de soltarlo, Nicolás se le quedó mirando. Erik también lo miraba a los ojos. En ese instante ambos se dieron cuenta de la belleza de la que eran dueños. Nicolás vio su piel aterciopelada y clara que Erik tiene, como si de pura leche se tratase.
Entonces, lo soltó para no hacer más incómodo el momento, e hizo que comenzara la película.
Los minutos pasaban y con ellos un silencio proyectado en el film que ambos disfrutaban.
Erik comentó la belleza de la protagonista, que sumergida en un mundo un tanto negro, escapaba de las garras de un mal marido. Después de un rato, sumergió sus penas en un congelador de un bar el cual dejó encendido.
Cuando la protagonista casi empezaba a cantar, con el fantasma de su madre merodeando por la zona, sonó una voz varonil, que bien pudiera ser un actor de doblaje, o quizás un locutor de radio nocturna, por detrás de los chicos recitando en voz alta:

“Volver
con la frente marchita 
las nieves del tiempo 
platearon mi sien.”


Erik empezó entonces a respirar un poco agitado. Cuando Nicolás lo miró tenía los ojos cerrados. Mientras él, miró a sus espaldas, y vio a un hombre maduro de edad, alto, con el cabello rico en entradas, y con los ojos celestes. Portaba en sus vestiduras un traje enchaquetado.
-Buenos días. –Dijo el hombre en un tono bastante serio.
Nicolás se quedó asustado ante tanta tensión. Erik entonces se tranquilizó un poco.
-¿Qué haces aquí? –Preguntó, casi reprochando.
-Pues verte. ¿No te levantas a darle un abrazo a tu padre?
-Por lo que veo, no pierdes tu humor negro. –Dijo Erik mientras fulminaba con odio al que por lo visto es su padre.
Ese hombre, todavía de pie, lanzó una mirada a Nicolás recorriéndolo de cabeza hasta los pies. Miró a los lados como buscando algo y se volvió a dirigir a su hijo:
-¿Y la rumana?
-La rumana que me cuidaba se fue hace unas semanas.
Ese señor tenía previsto hablar cuando Erik interrumpió, y habló:
-Nicolás, ¿Podrías ir a mi cuarto y hacerme la cama? Está deshecha y mi madre se marchó muy temprano sin hacerla.
Al segundo parpadeo, Nicolás emprendió camino con bastante extrañeza. También sería la primera vez que visitaría su cuarto, que no era tan grande.
En él había, una cama ortopédica con mando automático junto a una cama convencional, varios muebles entre ellos una estantería con varios discos de vinilo, y un escritorio. Nicolás, al levantar un poco la persiana, se llevó la mala impresión de verlo todo lleno de polvo, y como maniático de la limpieza y del orden, fue en busca de utensilios de limpieza y empezó a limpiarlo todo.
Sus manos se deslizaban junto a una bayeta por todas partes. Sus ojos, empezaron a ver parte de un pasado que era casi enigmático que a Erik le pertenecía. Allí, una fotografía igual a la que se hallaba en la mesita del salón. Esta vez se fijó más en la imagen. La tomó en sus manos y se quedó un momento mirándola. Allí, se reflejaba un niño pequeño con una gran sonrisa, la cual expresaba a gritos la sensación de felicidad.
Nicolás se preguntó. ¿Por qué? ¿Por qué este niño es a día de hoy un alma en pena?
Se puso verdaderamente triste por él. Pasó la bayeta por el cristal, y la dejó en su sitio.
Rato después, levantó un poco más la persiana y vio que el cuarto tenía otro lustre. Aunque poco pudo observar la habitación, puesto que un portazo lo alarmó.
Miró al pasillo y no oyó nada, solo un pequeño gemido. Al acercarse al salón se encontró a Erik tendido en el sofá, agarrado a un cojín, y llorando a sollozos casi inaudibles.