sábado, 8 de marzo de 2014

Capítulo 14

Cuando Susana vio entrar a Erik, empujado por su hijo, el gesto de su cara mostró incertidumbre. Casi alcanzaba a reconocerlo, aunque en su vida jamás lo había visto.
-Erik, te presento a Susana, mi madre.
Susana mostró una falsa sonrisa para intentar caerle bien desde el principio. Antes de que Erik la saludara, esta se agachó a darle dos besos que le mancharon las mejillas de rojo carmín.
-Mucho gusto en conocerla, Susana. –Dijo Erik con una voz apagada.
-¡Valla! ¡Qué educado! Por favor, pasad al salón. Los gemelos han llegado ya.
Ellos estaban sentados en el gran sofá del fondo del salón, y justo en la mesa que tenían delante, ya había algunas botellas de refresco y diferentes snaks. Cuando Nicolás pasó a la estancia se quedaron extrañados al ver a quién traía con él.
Después de malos chistes, malas caras, y diversas payasadas de Susana, Tomás decidió dar su regalo.
-Esto lo hemos escogido mi hermano y yo para ti.
Un calambre recorrió a Nicolás desde la punta de los dedos de los pies hasta su cabeza, y al mirar a Diego, que estaba justamente en la otra punta del salón, este bajó la mirada. Era extraño como tan solo un comentario podía romper la normalidad de una amistad de tanto tiempo. Nicolás se miró en el espejo que justamente estaba frente a él en el gran salón de su casa. Por un instante su mente borró el reflejo que a su alrededor tenía. Miró como una tormenta de verano hizo que se refugiara en aquel portal de aquella casa tan antigua en el casco antiguo de Sevilla unos años atrás, donde unos desconocidos gemelos, un tanto curiosos, fueron a refugiarse al mismo sitio. Diego, como siempre, callado y detrás de su hermano, y este se lanzó a pedirle un mechero para encender un Malboro que Nicolás accedió al instante. Aquella lluvia se alejó para dar paso al agua de una piscina de un viejo chalet en un caluroso verano donde los tres pasaron varias semanas hasta empezar septiembre, entre romances veraniegos que cada uno vivió, entre varias botellas de vodka acabadas y rodando por el suelo con sus correspondientes resacas, y quizás, algún que otro preservativo anudado y colgando de la papelera del baño, usado con alguna persona que quizás nunca más volverían a ver. Detrás de aquella estampa se escondía algún que otro desengaño amoroso, donde Nicolás siempre ofrecía un hombro en el que llorar, y una buena labia para decir buenos consejos. El espejo le devolvió el reflejo real de la vida misma dando a ver nuevamente la situación de un momento tan crítico. No aguantaba más esto, así que haciendo un guiño a un bello recuerdo del pasado, le dijo a Diego para romper la tensión:
-Diego, ¿me das un Malboro de los tuyos? Me he quedado sin tabaco. -Diego, que parecía que su mente estaba metida en un búnker, despertó:
-Sí, claro.
Y este lanzó su paquete de tabaco al vuelo.
-¡Ábrelo! –Se quejaba Tomás todavía con el regalo en sus manos.
Nicolás abrió aquella caja, partiendo el bello papel que la envolvía.
Ya habían demasiadas emociones fuertes aquel día, y ahora se sumaba una más.
De aquella caja marrón, salió otra caja que contenía una cámara réflex digital, que a decir verdad, era un auténtico lujo. El rostro de Nicolás solo mostraba expectación ante tal regalo que sus amigos les hacían.
-¿Estáis locos? –Preguntó Nicolás.
-Bastante. –Respondió Tomás.
Nicolás a toda prisa abrió la caja y sacó aquella cámara. Le colocó el objetivo y la batería y la miró detenidamente.
-Esto es demasiado. ¡Mil gracias!
Susana, que entraba con una bandeja llena de sándwiches y cruasanes, los cuales seguro ninguno de ellos no se terminarían, dijo:
-Y ahora viene lo mejor.
Sacó de su bolsillo un sobre y lo dejó encima de la mesa, y esperó a que su hijo lo abriera.
Este lo abrió y sacó su contenido quedándose una vez más boquiabierto.
-Mamá, creí que el regalo de esta mañana era el único. Este año os habéis lucido todos.
El sobre poseía doscientos cincuenta euros en billetes grandes y una nota escrita por su madre que decía “Espero que te acuerdes de tu madre cuando vayas a comprarte ropa.”
Más tarde decidió estrenar su nueva cámara. Mandó a su madre a hacer la primera fotografía donde quedaron inmortalizados los gemelos, Erik y él.
La noche llegó, y los gemelos se marcharon. Nicolás preparó una maleta pequeña con un pijama y diversas cosas varias para pasar la noche en casa de Erik y mientras Susana no hacía más que hablar con él.
-Entonces, ¿se porta bien mi hijo contigo? –Preguntaba Susana haciendo alarde de su humor, mientras su hijo en la lejanía de su cuarto, molesto estaba.
Erik mostró una estupenda sonrisa, quizás de felicidad por el buen trato que recibía.
-Claro. Tiene usted un hijo buenísimo Susana.
Susana abrió un poco los ojos al escuchar la palabra “usted”.
-Oh, no, por favor. No me llames de usted. Pues tengo que reconocer que tú eres un auténtico artista. Ese retrato que hiciste de mi hijo es una obra de arte. Es precioso.
-Ah, gracias. Elegí bien al modelo. –Alardeó Erik.
¿Cómo? ¿Aquello era posible? Erik hizo un alago tan gratuito que parecía mentira. Sin embargo Nicolás, que ya estaba a punto para poder marcharse se enrojeció de tal piropo.
Rato después de charlas sin sentido, decidieron ponerse en marcha a su rumbo.
Al llegar a casa de Erik, Nicolás preparó para ambos una lucida cena la cual los dos disfrutaron, y mientras, una conversación se hizo entre ellos.
-Tu madre me ha caído genial. Es muy divertida. –Reconoció Erik.
-Ya, a veces apenas se puede tomar las cosas enserio. Siempre está bromeando.
-En cambio tus amigos los gemelos, me parecieron extraños. Uno tan vivaracho, y otro tan callado. Son como dos gotas de agua, pero en el carácter son dos personas totalmente diferentes.
-Sí, bueno. Tomás es una persona que siempre puedes tener una conversación con él. Pero Diego es más reservado. Aunque a veces sus conversaciones son muy profundas, cuando las tiene.
Erik apartó el plato hacia delante después de que terminara de comer, y sacó su silla de ruedas que estaba encajada en el hueco de debajo de la mesa. Después se marchaba a asearse no sin antes comunicárselo a Nicolás:
-Nicolás, ponte cómodo y enciende la tele, voy a bañarme y voy a tardar un poco.
-Oh, muy bien. Voy a recoger la mesa.
-Si quieres ponte alguna peli de la filmoteca.
Nicolás, empezó a recoger los platos, vasos y cubiertos. Más tarde miró toda la colección de cine nuevamente. Se dio cuenta que tenía varias películas españolas de los años sesenta las cuales le gustaban bastante. Eligió una y esperó a que Erik terminara de asearse.
Cuando este terminó, pasó a la cocina y dijo:
-Ahora vengo. Voy a por una cosa. –Dijo mientras se marchaba.
Mientras Erik llegaba con una cubitera en su regazo, y dentro de esta una botella de champán rosado.
-Espero que te guste el champán. Mi madre compró esta botella para ocasiones especiales y hoy es una de ellas.
-Hace tiempo que no tomo champán. ¿Pero no se molestará tu madre? –Preguntaba preocupado Nicolás.
-Tu tranquilo, que hay mas botellas en la despensa. Voy a por unas copas. ¿Quieres abrir la botella?
Nicolás la cogió en sus manos y Erik marchó en busca de su cometido. Justo cuando volvía fue testigo de cómo el corcho de la botella salió disparado hacia el techo, y como el champán se salía de la botella. Este hecho les hico reír a ambos. Nicolás sirvió en las copas y ambos se la tomaron con mucho gusto.
A medida que avanzaba la película, el champán se iba acabando. Las risas estaban presente y no precisamente por el humor de la película, sino más bien por la conversación entre ellos. Cualquier tontería que se les pasara por la cabeza era motivo de carcajadas.
Erik estaba tirado en el sofá al lado de Nicolás, muy cerquita de él, cuando de repente le dijo:
-Oye, Nicolás, ¿Pasamos de la película y nos vamos a mi cuarto y encendemos el tocadiscos?
Nicolás, que apenas era capaz de soltar la copa en la mesa, dijo en una voz irreconocible:
-Vale, hace rato que apenas le hago casi a la tele. ¿Quieres que te lleve en brazos?
Y Erik asintió.
Nicolás apagó la tele, cogió en brazos a Erik y al salir del salón se quedó parado. Miró a Erik a la cara y se empezó a reír. Este, extrañado, preguntó:
-¿Oye, de qué te ríes?
-Acabo de darme cuenta de que estás rojo como un tomate. –Reconocía entre más risas.
-¡Pues anda que tú!
Nicolás soltó a Erik, como si lo hubiera dejado caer al vacío, sobre su cama. En ese momento, víctima de la bebida, perdió el equilibro cayendo a su lado. Después, entre risas, este se incorporó tendiéndose a su lado.
-Oye, Nicolás, -Rompía el hielo Erik después de la calma. -¿Tú eres virgen?
Nicolás, exhausto por la pregunta, miró con la ceja alzada a Erik, reposando en la cama a su lado.
-Pues no. ¿Por qué lo preguntas?
-Tengo curiosidad, simplemente.
Erik, con algo de esfuerzo, se giró para acabar tendido de lado. Más tarde puso su mano en el pecho de Nicolás y preguntó:
-¿Y con quién fue?
Una sonrisa picarona salió de Nicolás, el cual también se giró hacia Erik.
-Pues fue, -respondía –con un compañero de las clases de italiano. El tenía quince años y yo solo doce. Me lo propuso en el patio del instituto, y yo, no supe como negarme. Después de aquello se fue repitiendo de vez en cuando. Hasta que se marchó a vivir a otra ciudad y ya no lo volví a ver más.
Erik quedó perplejo ante tal historia:
-Valla. Es triste que no os volvierais a ver.
-Pues sí. Pero tampoco lo suelo recordar mucho. No es el único en mi vida que tuvo ese lujo de tener mi cuerpo.
-¿Lujo? –Preguntó Erik bastante extrañado.
-Sí. Soy un lujo que muy pocos se pueden permitir.
Al escuchar esas tristes palabras, Erik miró con picaresca a Nicolás, que con el gesto en el rostro  mostraba que su egocentrismo era más grande que sus palabras.
Entonces, lo miró, fundiendo la mirada de sus ojos en los suyos, y en un instante se cerraron para bruscamente besarlo. El beso duró si acaso un par de segundos y acabó con una mirada cómplice entre ellos.
El tiempo le dio una sensación de dejavu a Nicolás
-¿Por qué has hecho eso Erik? –Preguntó Nicolás un tanto apurado.
Erik sin más reconoció:
-Porque quiero tener ese lujo.
-¿Quieres que tú… y yo…?
-Soy virgen. Hazme el amor Nicolás.
-Erik, no se si debo de ser yo la primera persona que lo haga.
Y entonces lo volvió a besar, esta vez mas apasionadamente dejando caer una caricia por su pelo.
-Aunque bueno, quizás tampoco tengo que ser yo quien te lo niegue. ¿No crees?
Ambos, víctimas del alcohol, aunaron sus pieles y compartieron algo más que besos. De caricias, saliva, besos y dientes sobre labios se teñía la noche. La ropa, mero complemento del cuerpo, acabó en el suelo de la habitación. Era momento era perfecto.
Casi una orden pidió Nicolás:
-Ponte hacia abajo y relájate.
Erik le obedeció mientras Nicolás le ayudaba a colocarse. Este le besó en la mejilla una vez más.
Cuando el acto debía de tomar inicio este se paró un momento a pensar. Miró el perfil del rostro de Erik, el cual mantenía los ojos cerrados y la expresión de esperar el placer, y por un momento quiso no efectuar nada. “¿Pero qué estaba haciendo?” se preguntaba.
-Vamos Nicolás. –Dijo Erik en un susurro. –Hazlo por favor.
Dado el estado y la situación, ante las palabras de Erik, dejó sus pensamientos a un lado y empezó aquel viaje a la primera vez.
No hizo falta un lecho de pétalos de rosa, ni tampoco una caja llena de diversos chocolates. No hizo falta escuchar voces de diversión, placer, éxtasis… No hizo falta tampoco ver el sudor corriendo por la espalda de ambos. Ni tampoco hizo falta clavar las uñas para expresar un orgasmo. Solo hizo falta morder la almohada y apretar los dientes y una respiración agitada.
A veces la vida es lo más raro que puedes vivir. Nicolás pasó de ser un chico que un día llamó en una puerta para buscar trabajo a estar acostándose con el chico con el que trabaja.
El momento de culminación llegó, y con él la siguiente sensación de relax correspondiente. Los jadeos de uno y del otro estaban sincronizados.
-¡Bendito champán! –Gritó Erik, cosa que causó unas risas entre ellos.
Después del sosiego de haberse regalado el uno para el otro, y más tarde de darse ciertos halagos, la calma acabó.
El sonido ruidoso de la puerta sonó ensuciando el sordo escuchar de la noche.
Unos pasos de unos zapatos, también ruidosos empezaron a andar muy lentamente.
-¡Dios! ¡Otra vez no! –Erik apenas pudo quejarse con la voz entrecortada. -¡Corre! ¡Recoge la ropa y escóndete en el armario! ¡Rápido! Y veas lo que veas, no salgas en ningún caso, por favor.
Nicolás apenas entendió nada. Aún así le hizo caso y a toda prisa entró en el armario. Entre tiestos innecesarios y ropa de Erik acabó completamente desnudo y con su ropa en sus manos.
Las puertas del armario son de rendijas, algo con lo que Nicolás podía ver lo que de un momento a otro sucedería.
Los pasos sonaron cada vez más cerca hasta que con ellos llegó otra vez al cuarto de Erik. Su padre asomaba por la puerta con cara de pocos amigos y al acercarse a su hijo le preguntó:
-¿Qué haces desnudo?
Erik empezó a tener la respiración agitada.
-Iba a ducharme.
-¿Y qué haces solo en casa? –La voz de aquel hombre sonó asqueada.
-Nicolás se iba a quedar a dormir y se ha tenido que ir. –La mentira de Erik sonó un tanto realista.
Entonces aquel extraño hombre sonrió.
-Con que ese maricón que te cuida se llama Nicolás. Bonito nombre.
Nicolás dio un trago a su propia saliva. La impotencia se apoderó de él. No se explicaba por qué le dedicaba esas palabras.
Erik resopló, y en ese momento pareció sacar fuerzas de su débil cuerpo para decir unas furiosas palabras:
-¡Eres un maldito homófobo de mierda! ¿Quién te crees que eres para faltarle el respeto?
La ira se apoderó de ese mal nacido que de un momento a otro, y sin mediar palabra, se abalanzó a su hijo propinándole varios puñetazos en la cara y en el cuerpo, dejándole indefenso en la cama y encogido como un niño pequeño. Cada golpe era un espasmo para Nicolás, que encerrado en el armario y la impotencia que sufría le era imposible hacer nada al respecto.
La violencia cesó y el padre de Erik sonrió más aún, dando un talante de satisfacción ante lo que había hecho.
-No sabes el asco que me das. –Casi un susurro fueron las últimas palabras de aquella bestia, que por el mismo camino que vino se fue, dando un portazo bastante estruendoso.
Para Nicolás fue la primera vez que presenciaba tal escena como esa. Y es que a veces la realidad superaba la ficción, y este fue un claro ejemplo.
Se acercó lentamente a Erik, mermado entre las sabanas como un niño pequeño y llorando, se acostó nuevamente en su cama, y por mero impulso lo abrazó. No sabía que decir, para él pasó demasiado rápido. Cuando los nervios se fueron de su cuerpo y se relajó, una leve lágrima salió de su bello rostro que cayó sobre el hombro de Erik.
-En mi vida creí que viviría un momento como este. –Expresó Nicolás mientras secaba sus lágrimas. –No sé qué decir. Si te sirve de algo, lo siento.
-Cada vez que lo veo tiemblo solo de pensar que me pondrá una mano encima. No sabes cuánto lo odio. –Reconoció Erik. –Me ha dolido bastante lo que a dicho de ti. Tengo miedo de que nos haga daño. Él es capaz de hacerlo.
Nicolás, ante las duras palabras de Erik, lo agarró con fuerza y lo apretó a su cuerpo y le confió:
-Ya no te hará más daño, ahora estoy yo contigo.
Un nuevo besó le regaló Erik en los labios a Nicolás, aceptándolo este con mucho gusto.
-¿Querrías dormir en la cama conmigo? Es tarde.
Nicolás le acarició el pelo y le exigió:
-Claro, encantado de hacerlo. Solo con una condición. Tienes que secarte las lágrimas y no llorar más por un padre que no te merece.

Al parecer le hizo caso. Secó sus lágrimas y se relajó en su cama. Nicolás apagó la luz de la mesa de noche que llevaba ya unas horas encendida y ambos cerraron los ojos. Abrazados, esperaron durmiendo el nuevo día.

Capítulo 13

Capítulo 13
La música empezó a sonar.
-¡Buenos días!
Susana entró en el cuarto de Nicolás, poniendo el tocadiscos a todo volumen y despertándole a voces y con un regalo en sus manos, y este, dio un salto de la cama por el susto.
-Mamá, ¿estás loca? –La voz de Nicolás sonó ronca.
Miró a su madre, que tenía una pequeña caja envuelta en un papel de diversos colores.
-¡Feliz cumpleaños! –Susana ofreció el regalo a su hijo. –Toma, ¡Ábrelo!
Nicolás a duras penas, apagó el tocadiscos y se sentó en su cama, con cara de zombi viviente, y tomó en sus manos aquel obsequio que su madre le regalaba. Destrozó el bello papel que envolvía aquella caja y al ver que se escondía se sorprendió. Las letras Viceroy, grabadas en una bella caja de acero, le llamó demasiado la atención. Abrió aquella caja con rapidez y sacó aquel reloj de pulsera del que se enamoró al instante.
Nicolás estaba emocionado y boquiabierto por tal regalo. No era la primera vez que le hacían un regalo tan caro, pero esta vez era distinto. Esta vez era un regalo que no se esperaba.
-Mamá… -Apenas podía soltar las palabras. –Me encanta.
-Sabía que te gustaría.
-No deberías de haberte molestado en comprarme algo así. –Nicolás dejó a un lado su egocentrismo para agradecer por tal gesto.
-Hijo mío, tú te lo mereces todo.
Se puso su nuevo reloj en la mano. Era un Viceroy naranja con las correas negras. Giró su mano para verlo desde distintas perspectivas, y sonrió.
-Me queda bien. –Presumía Nicolás. –Es perfecto. Muchas gracias.
Su madre se fue de su cuarto, feliz de ver a su hijo contento con su regalo. Nicolás entonces encendió de nuevo el tocadiscos y puso el disco de Mecano de su padre. Buscó la canción que tanto le llamó la atención “Mujer contra mujer”. Dejó la aguja encima del surco de la misma y esta empezó a sonar.
Nicolás se paró a escuchar la canción. Se quedó quieto y expectante ante el tema que por primera vez escuchaba. La voz de la cantante sonaba tenue, pero a él le pareció bellísima. Mientras escuchaba la canción empezó a vestirse para su día de trabajo. Por una vez decidió ponerse lo primero que pillara, algo inhóspito en él.
A la mitad de la canción, este ya estaba preparado. Antes de salir, su madre pasó por la puerta de su cuarto con la cabeza agachada y un par de lágrimas por sus ojos. Nicolás al verla apagó el equipo y salió detrás de ella.
-Mamá, ¿Qué te pasa? –Preguntó preocupado.
-Nada hijo, es solo que esa canción me hace recordar muy buenas épocas de mi vida.
Nicolás abrazó a su madre y empezó a darle besos muy empalagosamente, con lo que pudo sacarle una sonrisa a su madre.
-¿Te recuerda a mi padre? –Preguntaba curioso su hijo.
-Sí, eso es. A tu padre me recuerda. –La voz de Susana le parecía extraña a Nicolás.
Nicolás preparó el desayuno para ambos. Hizo zumo de naranja natural y preparó tostadas de pan de molde sin bordes, tal y como le gusta a su madre.
Susana cogió unas manzanas y se llevó todo en una bandeja con flores dibujadas hacia el salón de la casa, y allí, sentados en la mesa, empezaron a comer.
-¿Cómo te va en el trabajo? ¿Ese chico se sigue cerrando en banda?
Nicolás se quedó pensando durante un momento sobre su actual relación con Erik y respondió:
-Erik cambió de la noche a la mañana. No sé qué le pasó. Yo diría que es casi un milagro. Ahora mismo es un chico que de vez en cuando sonríe.
-Valla. Es curioso, -decía su madre -¿Y cómo es su familia?
-Pues Rosa, su madre, es una mujer muy ajetreada. Apenas he podido hablar mucho con ella. Solo sé que es galerista de arte, y que por la mañana apenas está en casa. Llego muy temprano siempre, y mientras voy llegando, esta ya sale de su casa.
Susana miró su plato, que tenía delante, pero parecía mirar al infinito. Soltó una leve sonrisa, y después de volver a mirar a Nicolás le preguntó:
-¿Y qué sabes de su padre?
Nicolás volvió a recordar otra vez aquel momento de tensión cuando el padre de Erik apareció, mientras veían su película favorita. Todavía recuerda aquella leve mirada que este le hizo. Aquellos ojos claros y profundos se le quedaron grabados.
-Yo creo que sus padres están separados. Apenas va a ver a su hijo. Lo conocí hace un tiempo. Erik empezaba a mostrarse más abierto conmigo y me pidió que viéramos una película juntos. De pronto apareció sin hacer el más mínimo ruido. Me llevé un susto.
Nicolás empezó a pelar una de las manzanas con sumo cuidado y empezó a comérsela, saboreándola a cada instante que su mandíbula se cerraba.
-Es un hombre extraño. –Proseguía –Muy extraño. Creo que apenas ve a su hijo.
-¿Y tú te sientes bien trabajando en ese lugar? –Preguntaba con mucho interés su madre.
-¡Claro! Trabajo con un chico de mi misma edad con el que nos contamos nuestras vidas. Tiene varios tocadiscos y una buena colección de vinilos. Es extraño que un chico de dieciocho años escuche música en vinilo. Que un chico tan joven use algo tan antiguo me parece raro.
Susana entonces miró a su hijo a la cara, alzó una ceja y después la otra, y le dijo muy segura de sí misma:
-La buena música solo se disfruta en vinilo. Ya que tienes un buen tocadiscos y una importante colección de vinilos, aprende a disfrutarla. Tu padre tenía una buena colección de música y un gran gusto musical. Lo que debes de hacer es escuchar esos discos y dejarte de tanta música de ahora que no vale un duro.
Las palabras de Susana fueron muy directas. Quizás a su manera de ver la vida fuera una realidad para ella.
El desayuno terminó, y con el aquella conversación de madre e hijo.
Ese día se presentaba interesante. Por fin Nicolás cumplía diecinueve años, cosa que apenas le interesaba.
Como ya era una rutina para él, salía de su casa muy temprano para ir a trabajar, y poco a poco él ya se acostumbraba a la rutina.
La mañana se presentaba fría, mucho más que de lo acostumbrado. En las calles de Sevilla se respiraba el júbilo de toda la gente. Entre tanto barullo se percató de algo que hacía bulto en una esquina de las calles del centro. Concretamente vio, al acercarse algo más, a una mujer que le pareció de lo menos común del mundo. Esa mujer no tenía brazos ni piernas, pero si manos y pies, los cuales estaban pegados a su cuerpo. Una persona deforme, que apenas vestía una ropa que poco le abrigaba. Estaba tirada en el suelo de la calle con un cartón algo mojado donde explicaba en pocas palabras la mala situación en la que vivía. Durante un momento miró su propio reflejo en un escaparate de una tienda cercana al sitio donde él se encontraba. Vio reflejado sus caros ropajes y el caro reloj que ese mismo día estrenaba. En tan solo un instante pensó, “¿Cómo es posible que pueda estar colmado de joyas y un caro atuendo, y pueden existir personas tiradas en la calle?”. Cerró los ojos durante un momento y al abrirlos allí seguía aquella mujer con la cara apagada. Una pequeñita cesta de mimbre tenía delante con algunas monedas de cobre, las cuales no daban para un mísero trozo de pan, donde Nicolás, sin pensárselo dos veces, dejó caer un billete de diez euros. No dejó recibir las gracias, ni dejó ser dedicado por una sonrisa de un ser que se sentiría aliviado durante unas horas. Solo quiso dar y no recibir nada a cambio, solo quizás la satisfacción personal. Después de este buen acto, y sin mirar atrás, siguió su camino.
Estuvo andando buscando su destino cuando pasó por la floristería. Se paró un momento y pensó que hacía ya unos días que no cambiaba las flores a la tumba de su padre. Miró las flores del escaparate. Ninguna le gustaba y siguió su camino.
Una sorpresa le tenía guardada Erik, cuando este llegó, que no tardó en dársela.
-Tómalo, es para ti. –Erik parecía sonrojado, más de lo habitual.
-No deberías de haberte molestado, de verdad.
Nicolás tomó en sus manos aquel regalo de un tamaño bastante considerable, envuelto en un precioso papel rosado, y lentamente para no partir ese papel, empezó a abrirlo.
Un vuelco le dio el corazón al ver tal estupendo regalo.
Sacó un par de películas en DVD de su director manchego favorito y un par de vinilos, concretamente Abbey Road de los Beatles y Thriller de Michael Jackson, todos nuevos con el precinto sin abrir. Auténticas reliquias que esa caja envuelta en un papel rosado escondía.
-Erik, esto es lo mejor que me han podido regalar. De verdad, no deberías de haberte molestado, seguro que te ha costado mucho dinero.
-Tranquilo, no te preocupes por el dinero. Es algo que te regalo con mucho gusto. Cuando un regalo se hace con gusto, el dinero es lo de menos.
Erik se mostró satisfecho de haber hecho tal regalo.
-Por cierto. Me sabe mal pedirte esto. –La cara de Erik pasó de mostrar felicidad, a mostrar algo de sonrojo. –Hoy mi madre tiene que salir por negocios y no volverá hasta el domingo. Va a abrir una galería de arte en Madrid y tiene que viajar para ver el sitio donde abrirla. ¿Te importaría quedarte esta noche a dormir?
-Claro, -Nicolás sacó una sonrisa a relucir, pensando que no es tanta molestia. –esta noche vendré a la hora que desees.
La sensación de relax entonces le llegó a Erik.
Nicolás pensó entonces en su cumpleaños, su gran día. Diecinueve años cumplía, solo pensaba en eso. Miró a Erik, que estaba preparando poniendo sus pinceles encima de su mesa, desde el más grande al más pequeño, y entonces le dijo:
-Erik, ¿te gustaría venir esta tarde a mi casa a celebrar mi cumpleaños? Será solo una merienda entre amigos, y solo vendrán dos amigos más.
A Erik se le iluminaron los ojos.
-Claro que sí. Encantado iré.
Las horas pasaron y después de despedir hasta más tarde a Erik y de descansar un rato, apenas quedaba tiempo para que empezara su cumpleaños.
-¿Está todo perfecto Nicolás? –Hacía la misma pregunta después de varias decenas de veces.
-Sí, mama, está todo perfecto. –Balbuceaba Nicolás cansado de tanto ajetreo que montó su madre en tan solo un instante.
-Espero dar buena presencia a tus amigos. ¿Cuántos vienen?
-Solo los gemelos mamá. Y también vendrá Erik. Tengo que ir a recogerle.
Susana alzó la ceja derecha.
-Estas cogiendo demasiada amistad con él. ¿No crees?
Ante tal comentario de su madre, Nicolás extrañado preguntó:
-¿Crees que es malo, mamá?
-No, no creo que sea malo. Simplemente me doy cuenta de los sentimientos de mi hijo. Es solo eso.
Entonces Susana se marchó a la cocina para seguir montando una merienda decente a su hijo, la cual él, apenas tenía ímpetu en hacerla.

Al ir en busca de Erik, Nicolás lo encontró muy elegante vestido. Llevaba puesto una chaqueta americana negra con coderas rojas y un pantalón estrecho negro y estaba bien peinado. Se quedó mirándolo. Se dio cuenta de la belleza que aquel chico de la silla de ruedas tenía. 

Capítulo 12

Capítulo 12
-Sabes Nicolás, -La mañana asomaba unos bellos rayos de sol y Erik amenizaba con sus palabras. –Siempre me encantó visitar de pequeño este sitio. Hace años que no me pasaba por aquí, y ahora, gracias a ti he vuelto.
A veces las palabras de Erik dejaba trastocado a Nicolás. A él le parecía un buen chico, aunque siempre pensaba que detrás de su persona se encontraba otra persona totalmente distinta.
-¿Te gustaría que vallamos a pasear por el lugar? –Decía Nicolás con la sonrisa que le caracteriza.
-Claro, me encantaría ir allí. –El dedo índice señaló la dirección deseada de Erik, que señalaba hacia uno de los puentes.
Momento después Nicolás empujó la silla de ruedas y se pusieron en camino. Al llegar Erik sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta un papel algo amarillento y muy arrugado, que al desplegarlo dejó ver un trabajado dibujo. Al poner más atención, este pudo ver que reflejaba la misma zona donde se encontraban.
-Todavía recuerdo cuando hice este dibujo. –Las palabras de Erik sonaban como si quisiera desvelar un secreto. –Recuerdo cuando me acerqué a aquel hombre, que estaba justamente en este mismo sitio, y estaba pintando. Un hombre mayor, al que le asomaban las canas. Tenía su caballete portátil anclado al suelo, y un pequeño lienzo en este. Casualmente venía de unas clases particulares y llevaba encima un montón de hojas en blanco y unos lápices, y me puse a imitarle. Él me miraba y sonreía. Rato después miró este dibujo, y quedó atónito. Me dijo que llegaría lejos y que nunca soltara los pinceles. Así que le hice caso. Rato después dio por finalizada su obra, y se marchó.
-¿Qué edad tenías? –Preguntaba exhausto Nicolás, mientras arqueaba una ceja.
-Podría tener unos diez años.
-¿De verdad? –Nicolás estaba incrédulo.

La mañana moría en brazos de la tarde, la cual poco a poco empezaba a surgir en ese día. Después de recorrer la Plaza de España por todos sus escondites, y de contar mil anécdotas, pusieron rumbo a casa de Erik.
Al mirar el reloj se dieron cuenta que casi eran las dos de la tarde. Las prisas corrieron entre ellos durante todo el camino.
-¡Buenas tardes! –Casi gritaba Rosa justo cuando Erik alcanzaba a abrir la puerta. –Creí que no llegaríais nunca.
-¡Mamá! Estuvimos en la Plaza de España y me lo he pasado genial. –Alardeaba Erik como lo haría un niño pequeño.
-¡Valla! Me alegro de que te lo hayas pasado bien. ¡Por fin sales a la calle! No sabes cuánto tiempo esperaba este momento. ¡Espero que se repita más veces!
-¡Lo intentaré! –Gritaba Erik mientras se marchaba a su cuarto.
-Lo has conseguido. –Le decía Rosa a Nicolás en un tono bajo pero con aires de satisfacción.
-Bueno. Ha sido fácil. Me comentó que no salía desde hacía bastante tiempo, y simplemente le ofrecí salir a dar una vuelta.
Rosa le ofreció tomar asiento en la cocina. Este se acercó a la mesa, y ella preparó café para dos, uno de los cuales le puso delante sin haber preguntado antes.
-Nicolás, por favor, contéstame con sinceridad. ¿Te resulta difícil trabajar con mi hijo?
Nicolás dio un sorbo al café, y después contestó, con la sinceridad que Rosa le pedía.
-Al principio me costaba. Apenas me dirigía la palabra, e intentaba ignorar la mía. Apenas tenía trabajo, en nunca me pedía que hiciera nada por ayudarle. Luego se mostró un poco más abierto, -por un instante recordó cuando le pidió que posara con el torso desnudo, y le dio un respingo a su cuerpo –Me preguntaba cosas sobre mí, se interesaba por mis gustos musicales y mis gustos sobre el cine. Fue algo que me alegró, puesto que por fin parecía que podía tener una relación con la persona que cuido.
-Ajá… -Respondía onomatopéyicamente. –Sinceramente, todavía no me explico el cambio que mi hijo a dado.
Nicolás pensó en el Erik de ese momento. En el chico que empezaba a abrirse al mundo de nuevo, y mostró una sonrisa.
-Es asombroso. –Reconoció Nicolás. –Realmente lo que creo que Erik necesitaba era rodearse de personas de su edad, como yo.
-Pues sí, -admitía Rosa –Es lo más probable.
La charla se hizo un poco más larga de lo que Nicolás esperaba. Instante después llegaba Erik, al mismo tiempo que Nicolás se incorporaba para marcharse.
-¿Ya te marchas? –Preguntó Erik algo desganado.
-Claro, mañana nos vemos. ¿No?
-¡Claro!
Se acercó a la puerta y antes de abrir lo llamó por última vez:
-Nicolás… -Su voz era algo temblorosa.
-Dime Erik.
Este quedó en silencio, y después pareció evadir  toda conversación entre ellos.
-No… Nada… Que me ha encantado pasear contigo.
Entonces le mostró una sonrisa y al verle se quedó satisfecho de que gracias a él fuera feliz.
-A mi también, y debemos repetirlo, ¿eh?
La puerta se cerró con Nicolás fuera del lugar. Bajó la escalera con una sonrisa tonta, recordando lo gracioso que fue bajar en brazos a Erik.
La mala sorpresa para él fue cuando al salir del portal vio a lo lejos a uno de los gemelos, el cual en la lejanía no reconocía. El cuerpo se le descompuso. Entrecerró los ojos para intentar enfocar la mirada y salir de dudas, y para nada servía. En ese instante, no sabría cómo reaccionar sin unas copas de más, después del beso y la proposición indecente que Diego le hizo aquella tormentosa madrugada.
Este lentamente se acercaba. “¡Oh, Dios!” pensaba. Antes de que Nicolás se quedara paralizado, prefirió seguir adelante y hablarle como si nada. Hasta que por fin salió de dudas.
-¿Qué hay?
-Pues aquí acabo de salir de trabajar. –Le respondió a Tomás, sintiendo el peso que se quitaba de encima.
-No hay quien te reconozca. Nunca imaginé de ti escuchar esas palabras. Trabajar tú. ¡Quién lo diría! -La conversación entre ellos se hizo amena entre diversos choques de humor.
-¿Y Diego? ¿Dónde está?
Tomás cambió el gesto. Pues sí, el parecía consciente de que su hermano metió la pata. Y bastante.
-Pues está en casa. Apenas sale. Está extraño. –Reveló Tomás, quizás con la misma extrañeza.
-Déjale, ya saldrá de su escondite, y espero que cuando salga, sea una persona civilizada.  –Nicolás apenas se dio cuenta de sus palabras. Tampoco se molestó en pensar que se lo decía a su propio hermano. Era su leve furia la que hablaba.
-¿Y mañana que harás? ¿Vas a celebrar tu cumpleaños?
-Pues la verdad, no lo pensé. Aunque quizás haga una merienda en mi casa para los amigos. O sea, tú y tu hermano, si se digna a venir.
-Seguro que irá. –Musitó Tomás con seguridad. –Y si no quiere, le obligaré.
-Es que valla la que lió el otro día.
-Es un gilipollas. –Reconoció su hermano. -Le da vergüenza volver a verte.
-Es normal, pero bueno. Un fallo lo tiene cualquiera. Dile que se pase mañana, que está invitado. Y dile que haga como si nada hubiera pasado. Será lo mejor. Creo. Bueno, que me tengo que ir. Mañana nos vemos entonces, ¿no?
-Vale, mañana nos vemos. ¡Y ponte guapo! –Chistó su amigo.
-No creo que me pueda poner más guapo Tomás. Ya soy la belleza personificada. ¿No crees? –Nicolás dio a relucir su egocentrismo.


Capítulo 11

Capítulo 11
Después de varios días libres en el trabajo con motivos de las fiestas, Nicolás llegaba de nuevo a su trabajo.
Hay veces en que la cabeza te da vueltas. Miras a un niño pequeño por la calle, que está chupando un chupa-chups en su mano, y empiezas a imaginarte la vida de ese niño desde que nació hasta que tomó la decisión de quitarle el envoltorio un chupa-chups para comérselo.
Hay otras veces que cierras los ojos y empiezas a ver con los ojos del ayer, y con estos vienen las emociones.
A Nicolás le habían llegado en menos de un mes bastantes emociones. El beso quizás de amor, o quizás de las ganas de desfogarse mal bienvenido de un amigo al cual considera un hermano, su primer empleo y la buena acogida en este, y también el descubrimiento de su padre.
También en sus pensamientos volvía a estar Erik. Se sentía de alguna manera el responsable de su inesperado cambio.
Ese día Nicolás decidió indagar al respecto. Tenía la necesidad de saberlo.
Entró en el cuarto de trabajo donde Erik estaba y se sentó a su lado. Miró el cuadro en el que ya llevaba unos días trabajando. Estaba genial, casi parecía una copia exacta.
Nicolás quedó impresionado por el esfuerzo realizado en su obra. Algo que no tardó en elogiar.
-Valla, en unos días has hecho un trabajo magnífico. Me encanta.
-¿Realmente te gusta? –Curioseó Erik con una leve sonrisa.
-Claro, es precioso.
Erik hundió el pincel en el lienzo, por no faltar a la costumbre, y Nicolás quiso seguir la conversación para descubrir sus dudas, así que se sentó y dijo:
-Erik, ¿puedo hacerte una pregunta?
-Claro. –Respondió Erik sin nada más que decir.
-¿Qué pensaste la primera vez que me vistes?
Erik miró a Nicolás y sonrió.
-Pensé que tenías bastante miedo. Por eso apenas te di trabajo ese día. Tendrías que verte visto la cara.
Apenas un atisbo de humor apareció en Nicolás.
-Por cierto Nicolás, -Inquirió –No sé nada de ti. ¿Por qué no me cuentas algo de tu vida? –Preguntó mientras sus ojos todavía estaban en dirección al lienzo.
La conversación que Nicolás quería manejar a su antojo estaba siendo inconscientemente manipulada por Erik, el cual tenía en ese momento la iniciativa.
-¿Y qué quieres que te cuente? –Preguntó Nicolás pensativo.
-Pues cosas sobre ti y tu vida. Tus gustos musicales,  si tienes alguna ambición, si tienes hermanos… Cosas así.
Nicolás resopló y tiró todo su peso en la silla.
-Pues mis gustos musicales son bastante variados. Me gusta mucho los Beatles, y me gusta también Queen, aunque también una de mis pasiones es Michael Jackson. Y últimamente estoy escuchando a Mecano, un grupo español de los ochenta. ¿Te suena?
Erik soltó los pinceles y la paleta llena de sus mezclas aceitosas de oleo, miró a Nicolás sorprendido, y confesó:
-Mecano es uno de los grupos que mas me gustan.
Y entonces salió la sala haciendo sonar un chirriante sonido de su silla de ruedas y fue en dirección a su cuarto, y al salir traía con él un puñado de vinilos.
-Mira, todos mis vinilos de Mecano. También hay alguno de The Beatles, ya que si eres coleccionista de vinilos, tienes que tener alguno. Toma, míralos.
Nicolás tomó todos aquellos discos. Los fue mirando uno a uno. Se le pasó por la cabeza que quizás, eso de tener vinilos en sus manos se convirtiera en una costumbre. Nunca había estado familiarizado con este formato acaso algo arcaico, y desde hace unos días parecía estar obligado a saber de él.
-Este lo tengo. –Le refirió con el disco Descanso Dominical. –Y en vinilo.
-¡Valla! –Se sorprendió Erik. –Eres muy afortunado de tener ese disco. Es uno de los mejores de la carrera del grupo. Me costó bastante conseguir ese. Está bastante rallado, pero bueno, alguna canción puedo escuchar sin que suene ningún salto.
-Hace poco que lo tengo. Era de mi padre.
Cuando Nicolás creyó que de la conversación era Erik el dueño, este preguntó:
-¿Me quieres preguntar algo más?
-Sí, -Inquirió Nicolás –me gustaría preguntarte una cosa, aunque creo que entro en lo personal. Cuando entré aquí te notaba distante. ¿Cómo es que has cambiado tanto en unos días?
Justo al terminar la pregunta se dio cuenta de lo directo que fue, y que quizás debería de haberse quedado callado. “¡Imbécil!” Gritó la voz de su consciencia.
Erik mantuvo un semblante algo pensativo. No sabía que responder, aún así sacó palabras de dónde no las había para poder responder aquella pregunta:
-Hacía mucho tiempo –Decía titubeando –que no tenía a mi alrededor a gente de mi edad. Mucho tiempo.
Erik mostró por un momento el semblante de tristeza con el que Nicolás lo conoció.
Nicolás se puso a pensar en esas palabras, “mucho tiempo”. ¿Qué querría decir con eso?
-Hace tres años que no salgo a la calle. –Dijo como si estuviera reconociendo un hecho. Al instante echó un soplido al aire.
Entre ellos se hizo un silencio sepulcral. Nicolás cerró los ojos y miró en su pasado días atrás. Recordó el favor que le debía a Rosa, cuando esta le animó a intentar sacar a su hijo de casa. Así que, tomó fuerzas para hacerle la propuesta y fue totalmente directo:
-Salgamos entonces. –Le pidió Nicolás. –No es bueno estar aquí encerrado todo el tiempo.
-¿Por qué te preocupas por mi? –Preguntó Erik con cara de asombro.
-Al fin y al cabo es mi trabajo.
-¿Y quieres que salgamos ahora? –Las palabras de Erik sonaban incrédulas.
-¡Claro!
Erik dejó en la mesa aquella sucia paleta que recordaba limpia y con el tiempo se fue llenando de un sucio arcoíris.
-¿Y dónde quieres que vallamos? –En la boca de Erik empezó a asomar una leve sonrisa.
-Donde tú quieras, por supuesto. ¿Dónde te gustaría ir?
Erik calló durante un instante. Se quedó pensando unos segundos, hasta que lo decidió:
-A la plaza de España. No voy desde pequeño. No te importa, ¿verdad?
Nicolás al ver la cara de asombro que puso Erik, dejó ver una sonrisa.
-Claro que no. –Indicó –Voy a prepararme. Iré a por mí abrigo y salimos enseguida.
Nicolás se levantó y antes de que pudiera salir por la puerta Erik le expresó:
-Gracias. –Nicolás se giró a buscarlo con la mirada cuando este le premió –Por cierto. Tienes una sonrisa preciosa.
Por un momento no sabía en qué sitio meterse. Mucha gente le había hecho algún piropo, pero Erik no. Se sonrojó en un instante.
-Tú también tienes una sonrisa maravillosa. –Reconoció Nicolás mientras se alejaba para romper la tensión y el nerviosismo que se creó en un segundo.
Justo antes de prepararse, escribió una nota y la dejó donde normalmente Rosa la solía dejar, donde le contaba, por si llegaban algo tarde, que habían ido a pasear.
Cuando ambos estaban preparados y estaban en la puerta, a Nicolás le surgió el dilema de cómo bajar desde el tercer piso.
-¿Qué hacemos ahora? ¿Te cojo en brazos y bajamos, y subo a por la silla después? –Preguntó Nicolás extrañado, al no saber qué hacer.
-No, baja la silla primero.
Entonces Erik, echó los frenos y se levantó lentamente de la silla de ruedas, algo que le provocó un gran asombro a Nicolás. Erik se agarró al pasamanos.
-No me imaginaba que pudieras ponerte en pie. ¿Puedes andar? –Preguntó Nicolás con un gran asombro.
-No, no puedo andar mucho. Me cuesta dar varios pasos seguidos.
Nicolás estuvo arrastrando la silla de ruedas por toda la escalera hasta abajo, y después tomó en brazos a Erik y lo bajó a él también y después se pusieron en camino.
Nicolás empezó a empujar la silla. En el tránsito fue tranquilo. Solo la tranquilidad estaba algo rota por el éxtasis de felicidad de desprendía Erik.
Hacía bastante frío, y ellos, que estaban bastante abrigados, casi ni se percataban de la temperatura.
En el tránsito la conversación se hizo entre ellos. Hablaron de todo y nada a la vez. Cada uno empezó a contar e intentar reflejar lo que su mente guardaba.
-¿Y tu Nicolás? ¿Tienes alguna inquietud en la vida? –Erik parecía interesarse algo más en profundidad por su cuidador.
-¿A qué te refieres con inquietud? –Preguntó exhausto Nicolás.
-Quiero decir. Aparte de cuidar personas enfermas, ¿te hubiera gustado hacer algo diferente?
Nicolás se quedó pensando. Y dado que a egocéntrico no le gana nadie, dijo sin dudarlo:
-Modelo. Me encantaría ser modelo. De revistas, de pasarela, o algo así, por el estilo.
-¡Valla! Acabo de descubrir que me gusta conocer las ambiciones de los demás. Eres más interesante de lo que pensaba. –El alago de Erik hacia Nicolás hizo que este sonriera, alimentando mas su ser.
-Por cierto, -dijo Erik –me gustaría saber más de ti. ¿Cuándo es tu cumpleaños?
-El veintiocho de diciembre. –Respondió Nicolás ignorando la fecha del calendario.
Erik se quedó meditando sobre ese día, y le dio la sorpresa a Nicolás, que apenas se lo esperaba:
-O sea, mañana, ¿No?
-Valla… -Susurró. –Ni me acordaba que era mañana. ¿Te lo puedes creer?
Al parecer la mente de Nicolás se encontraba cansada de tanto ruido emocional, que ni era consciente de una fecha tan señalada.
-Entonces, naciste el veintiocho de diciembre, día de los santos inocentes. ¡Menuda broma nacer ese día!

Nicolás despejó los bosques de su mente de su cabeza y siguieron su camino entre risas.