viernes, 13 de diciembre de 2013

Capítulo 5

Capítulo 5


-No me lo creo. ¿Eso te pidió? –Preguntó Diego con cara de asombro.
Los gemelos estaban sorprendidos y boquiabiertos en medio del bar de copas.
-Sí. Fue muy extraño todo. –Admitió Nicolás.
-¿Pero solo te pidió eso? –Preguntaba Tomás.
-¿Y que mas quieres que me pida? Creo que ya es bastante pedirme que me dejara el torso descubierto. Pero bueno. Si ignoramos eso, me va bien este trabajo.
-Míralo por el lado bueno. Mientras no te pida que te desnudes completamente no habrá problema. ¿No crees? –Dijo Tomás burlándose de Nicolás.
El camarero llegó. Dejó en la mesa una coca-cola para Nicolás y dos zumos de naranja para los gemelos. Acto seguido miró a Tomás, y sonrió. Nicolás se quedó extrañado de tal acto.
Tomas sonrió también y su hermano lo miró mas extrañado aún.
-¿Y esas miradas tan cómplices? –Preguntó Diego, dándole un codazo a su hermano.
-No sé de qué me hablas. –Tomás cambió el semblante entonces.
-Solo pones esa cara cuando… -Murmuró Nicolás.
-Eso, cuando te gusta algún tío.
Tomás empezó a reírse a carcajadas las cuales no pudo aguantar.
-Y lo mejor es que el camarero le ha sonreído. ¿Hay algo que me has ocultado?
-Puede ser. –Respondió Tomás a su hermano.
-¡Pues ya me lo estás contando todo!
Nicolás se acomodó en la silla del bar a escuchar la nueva historia de amor que en su grupo de amigos surgía.
-Pues hace varias semanas, lo conocí en un chat. Hemos pasado bastantes horas al día hablando. Y puede ser que una chispa haya surgido.
-¿Cómo se llama? –Preguntó Diego con cara de curioso. -¿Qué edad tiene? ¿Dónde vive? ¡Cuéntanoslo todo!
Los tres amigos hicieron como si nada pasara, puesto que el camarero se les había acercado casi sin darse cuenta. Había dejado un plato pequeño con golosinas y debajo del plato una nota.
Tanto Diego como Nicolás se le quedaron mirándole. Tomás cogió la nota, ocultándola de su hermano que estaba a su lado, y una sonrisa de complicidad salió de sus labios. Rápidamente se levantó de la silla, y dijo algo apresurado:
-Me voy un momento fuera. ¡Y no vengáis a espiar que os conozco!
Mientras él salía por la puerta, el camarero le seguía detrás.
Diego y Nicolás, cuando ya les perdieron de vista, se quedaron mirando.
Después de un corto silencio, donde los pensamientos se hacían impuros entre ellos, al pensar que harán Tomás y el camarero, Diego preguntó con sarcasmo:
-Y entonces, ¿Cómo dices que te va el trabajo?

Otro momento de grandes carcajadas, se vio obligado a florecer en el ambiente.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Capítulo 4

Capítulo 4
Pasaron tres días y con ellos tres interminables mañanas de trabajo. Seguía todo en las mismas. Erik, seguía sumergido en el mundo del arte, sin querer mediar palabras con quien es su cuidador. La vida pasaba y con ella ciertos momentos de expectación ante el resultado de sus quince días de prueba. Aunque por otro lado por ahora nada iba mal, y nada podría hacer fallar en un último instante la felicidad de Nicolás, al saber que pronto tendría un puesto de trabajo con el que poder ser feliz.
-No me has contado nada todavía sobre tu trabajo. ¿Qué tal te va?
Son las siete de la mañana y Nicolás se acaba de levantar y pasaba al salón de su casa. Allí su madre le tenía el desayuno preparado. Raro en ella, ya que desde muy pequeño lo enseñó a prepararse su propio desayuno.
Después de un largo bostezo Nicolás respondió:
-Pues bien mamá. No me puedo quejar. Apenas hago nada. Solo ponerle el desayuno a un chico de mi misma edad, hacerle compañía y a veces ni eso.
-Total. Que por ochocientos euros, no haces nada. ¿Me equivoco?
Nicolás miró algo fulminante a su madre, la cual tenía una sonrisa algo pícara en su cara.
-¿No puedes dejar de bromear nunca? –Reprochó Nicolás, algo tajante.
Susana se echó a reír entonces, algo que desquició a su hijo.
-Por supuesto que no. ¿Qué sería yo sin mi sentido del humor? Además… ¡Se que te gusta! ¿A qué si?
Fue entonces cuando Nicolás sonrió, cómplice de las palabras de su madre.
Nicolás tenía hoy una hora libre. Se dirigía a la floristería a comprar flores. Salió temprano para llegar pronto a la apertura del sitio.
A mediados de cada mes, siempre suele hacer lo mismo. Entra, elige unas flores, y  se marcha en dirección al cementerio.
Al llegar, ya estaba abierta. Como de costumbre la dependienta lo recibía con una sonrisa. Nicolás se preguntaba a veces, si era consciente de su forma de sonreír. A lo mejor no lo hacía con mala intención. Su forma de sonreír era algo macabra, daba miedo.
-Buenos días –Casi gritó la mujer.
-Buenos días –Repitió Nicolás, en un tono más bajo intentando recalcar lo incómodo del asunto.
La mujer volvió a hablar algo más apacible:
-¿Te puedo ayudar en algo?
-Sí. –Contestó. –Quería ver algún ramo de flores, de color amarillo si puede ser. Concretamente es para llevar a un difunto.
-Ah… Sí, tengo las flores indicadas para ti. ¿Te gustan las rosas amarillas? –La dependienta se dirigió a la zona derecha del local y cogió el ramo que venía indicando. –Creo que son perfectas. ¿No crees?
A Nicolás le gustaron las flores y asintió.
Salió de allí con una bolsa y un ramo de flores dentro. Miró el reloj y vio que no le quedaba tiempo para ir al cementerio, así que decidió ir directamente a su trabajo.
Al llegar, Rosa abrió de inmediato. Ya antes de  abrir la puerta la escuchaba hablar. Tenía el teléfono móvil pegado a la oreja.
-Entonces –Decía Rosa –¿Mañana nos traen un cargamento más? No lo puedo creer. ¡Por fin un artista tan aclamado! Bueno. Ya hablamos. Tengo visita. ¡Chao!
Rosa colgó la llamada.
-Buenos días Nico. ¿Te puedo llamar Nico? Disculpa que te reciba así, de esta forma. Es que por fin la galería de arte que tengo está dando sus frutos.
Nadie le había llamado así a Nicolás. Ni siquiera sus propios amigos.
-Me alegro por ti. –Nicolás esbozó una sonrisa.
Entonces Rosa, se despidió y se fue como de costumbre.
Para su sorpresa Erik, no estaba en el cuarto del fondo del pasillo sumergido en sus inquietudes artísticas. Cuando Nicolás entró al salón a mirar si le habían dejado una nota con las tareas encomendadas, lo vio mirando por la ventana, inmóvil, sin inmutarse por nada a su alrededor.
Nicolás dejó la bolsa con las flores encima de la mesa y se quitó el abrigo que llevaba.
-Buenos días. –Le saludó, casi con las mismas ganas que Erik mostraba.
Erik entonces, miró hacia él:
-Buenos días. –Contestó de una forma casi inaudible.
Después de un silencio incómodo que apenas duró diez segundos Erik se marchó hacia su lugar de siempre.
Mientras recorría el pasillo Nicolás le preguntó:
-¿Puedo ayudarte hoy en algo?
Erik dejó parada la silla de ruedas, se quedó en silencio y dijo:
-Sí. Sígueme.
Entraron en la sala. La temperatura era cálida, tanta que Erik puesto tenía una camiseta de manga corta, algo extraño para Nicolás, que apenas aguantaba un poco de aire frío.
-¿Alguna vez te han hecho un retrato?
Erik se colocó en su lugar de siempre, y dispuso una hoja de papel de gran tamaño sobre una mesa con la superficie levantada, típica de pintores y dibujantes.
Nicolás respondió, dando una expresión en su rostro de aturdimiento:
-No, nunca. ¿Por qué lo preguntas?
-¿Te gustaría que te hicieran uno?
Estaba perplejo. Apenas él le había hablado desde que se conocían días atrás. Sentía algo extraño en que le pidiera algo así.
-Me haría ilusión, la verdad.
Erik abrió una caja de tizas de pastel, y de otra más pequeña que hay al lado, sacó un par de lápices de carbón.
-Coge ese taburete plegable y siéntate, por favor.
El ambiente estaba cargado de cierto momento caprichoso por parte de Erik, el cual no dejaba de mirar a Nicolás, de arriba abajo. Nicolás se había dado cuenta. Había algo extraño en su semblante. No era la misma cara de misántropo la que mostraba.
-Erik, creo que no debemos de hacer esto. Estoy aquí para cuidarte y ayudarte en todo lo que precises. ¿No crees que esto no tiene nada que ver con mi trabajo?
A lo que Erik respondió algo molesto:
-El mero hecho de que poses para mí, ya es una ayuda. Siéntate por favor.
No había nada que hacer. Nicolás tuvo la obligación de sentarse allí y obedecerle.
-Está bien. –Dijo no muy agradado. –Dime que más tengo que hacer.
-No mucho, -Prosiguió Erik. –solo, quítate el jersey.
-¿Cómo? –Preguntó extrañado Nicolás. –No llevo nada más debajo, solo este jersey.
-Esa es la cuestión, que no lleves ese jersey.
Las palabras de Erik dejó a Nicolás desconcertado.
-¿No crees que te estás pasando?  -Las palabras de Nicolás sonaron en un tono duro. –¿Y si llegara tu madre y nos viera? ¿Qué pensaría?
-Por mi madre no te preocupes. Ella no vuelve hasta la hora de comer. El que te tienes que preocupar eres tú. Podría decirle a mi madre que tu trabajo es deplorable. Tú decides.
Hubo un silencio atroz en la sala. No hubo nadie que le haya retado de esa forma. Allí estaba Nicolás. En una situación tan incómoda. Planteándose si quedarse sin camiseta frente al chaval que le daría el sueldo, o negarse y quedarse sin blanca cada mes.
-¿Y por qué yo? –Preguntó Nicolás, tratando de encontrar respuesta a tal suceso.
-¿Ves mucha gente a tu alrededor? Yo solo te veo a ti. Y seguro que no eres mal modelo.
Entonces Nicolás, no tuvo otra que aceptar. Se sacó el jersey, plegó la silla sin respaldo, y se sentó.
-Acepto, pero con una condición. Me dejarás que le haga una copia. No te negarás a eso, ¿no?
-No, claro que no.
Nicolás entonces, fue el objeto de deseo de Erik y  de cualquier pintor, escultor, o dibujante, de tener un bello modelo a su lado. Lo manejaba a su antojo para colocarse y descolocarse de una forma u otra.
Después de tanto movimiento, Nicolás se quedó inmóvil, con el torso algo levantado. Erik le mandó a coger una rosa de plástico que había en la mesa y empezó a dejar trazos de carbón en el papel.
El tiempo pasaba y Nicolás se le cansaba el cuerpo. Le empezaba a doler los brazos que los tenía cruzados sobre el vientre con la rosa asomando por su mano derecha. El silencio habitaba entre los dos, que mas tarde lo abriría Erik.
-¿Te gusta el mundo del arte? –Abrió la boca, preguntando como si nada malo hubiera pasado.
Nicolás se molestó. Hace un momento lo había puesto en un compromiso bajo amenaza. Ahora le daba conversación como si nada malo hubiera ocurrido. Calló en la cuenta entonces de que lo que quizás sentía era miedo a pronunciar la palabra incorrecta en su presencia.
-No. Nunca me paré a ver nada por el estilo.
Un minuto más tarde volvió a sacar conversación. Parecía que era Erik y no Nicolás el que quería sacar conversación ahora.
-¿Por qué aceptaste este trabajo?
-Simplemente necesidad. –Intentó contestarle con la mayor brevedad posible.
Erik entonces, cambió el lápiz de carboncillo por algunas tizas de pastel.
-Por lo que vi hace unos días, -prosiguió el interrogatorio -te gusta el cine. ¿Verdad?
-Sí. –Esbozó una leve sonrisa. –Me sorprendiste con películas de Almodovar en mis manos.
-Ah, sí. Las películas de mi padre. Algo bueno debía de tener.
Erik ya no habló más durante esa improvisada sesión de dibujo con modelo real. Rato después dejó sus lápices y sus tizas de pastel sobre la mesa, y roció el dibujo con espray sellador. Ya estaba listo. Erik lo enrolló en sí mismo el dibujo y se lo ofreció a Nicolás.
-Toma. Prefiero que te quedes con el original.
La tarde llegó, y con ella una falsa nostalgia de falsos recuerdos que a Nicolás le rondaban la cabeza. Eran bastante falsos.
Algunos de aquellos recuerdos lo transportaban a su infancia, sobre sus seis o siete años en la playa. Aquellos días donde él y su madre arrendaban algún piso de algún pueblo costero, siempre diferente de un año a otro, y allí sumergían en el agua del mar todos aquellos problemas que tenían.
Nicolás se revolcaba en la arena, hacía castillos y fortalezas y esperaba que se las llevara el agua. Él le tenía envidia a los otros niños y a sus castillos y fortalezas de arena. Las de los otros niños eran más grandes y más robustas. Miraba a los otros niños con cara triste. Allí estaban sus padres ayudándolos a crear las mejores construcciones de arena y allí estaba él. Miraba hacia atrás después y allí se encontraba ella. Su madre… Sentada en la silla anclada en la arena, bajo una sombrilla multicolor. La más escandalosa de la playa.
Su madre no era más que su consentida, su ángel, su amiga, su protectora, su protegida… Era una madre y un padre a la vez. Susana le sonreía y eso a Nicolás lo hacía feliz, y le daba ánimos a seguir construyendo más castillos de arena.
También era inevitable que el llegarse a imaginar a un hombre, que el mismo ante Nicolás se hiciera llamar papá, allí, ayudándolo. Le resultaba extraño a ese niño de seis o siete años.
Ahora todo cambió. Ahora son otras cosas que le daban ánimo a seguir adelante.
Se encontraba parado frente a la puerta del cementerio, terminándose el cigarrillo que en sus dedos portaba. Miraba las flores una y otra vez. Le venían pensamientos algo extraños a la cabeza. ¿El día que él estuviera muerto, alguien se preocuparía en dejarle flores y algún cigarrillo en su tumba? ¿Se tomarían a su salud algún trago de Whiskey de su marca favorita? ¿Le llorarían? ¿Le reirían?
Dejó los pensamientos a un lado y entró al cementerio, no sin antes darle un pisotón a la colilla del cigarro, y echarla de una ligera patada a una alcantarilla.
Mientras paseaba hasta su destino, se acordaba de Diego. De lo poco que Nicolás sabía, es que le encantaba pasear por los cementerios. Acarreaba en sus espaldas a su corta edad varias personas fallecidas. Para él, el pasear por un campo santo no era más que rendirles un triduo a las personas que allí descansaban. Diego explicó que la muerte, para él no es más que un descanso eterno, y que no por ello se les debían olvidar, ni dejar de ir a visitarlos, hablar con ellos y desahogarse. Nicolás siempre le escucha. Le encanta saber sobre su filosofía de vida.
Cogió las flores marchitas que dejó el mes anterior y las lanzó al vuelo a una papelera que había al lado. En ellas las letras muy ennegrecidas:

Felipe Nicolás Sánchez Zambrano
15/08/1986
Falleció a los 24 años de edad
Tu mujer, tus hermanos,
tu hijo y tus amigos
no te olvidan…

Las nuevas flores le daban luz a una lápida negra. Las dejó caer en el sitio de las flores marchitas y se quedó mirando la foto que hay al lado de la esquela un largo rato. En ella, reconocía a un hombre joven, con el que comparte ciertos rasgos, como sus carnosos labios, y su pelo moreno con reflejos rubios. Era bastante bello, y Nicolás era consciente de que sus buenos genes, los había heredado de él, su padre.

Rato después se puso en camino a su casa. Tiró la bolsa que portaba las flores en la papelera, esta vez sin hacer lanzamiento ninguno y se fue. 

martes, 3 de diciembre de 2013

Capítulo 3

Capítulo 3





El fin de semana pasó rápido. Tan rápido que cuando menos lo esperó, Nicolás ya se dirigía a casa de Rosa a empezar a trabajar con un chico que ni siquiera conocía.
Cada vez que se acordaba de la borrachera que tuvo que aguantar de su madre, se abochornaba nada mas pensarlo. Él y los gemelos estuvieron toda la noche del viernes bailando y brincando por toda la discoteca, intentando darle de lado a la madre de Nicolás, la cual era el centro de todas las miradas. Al menos agradecieron que no se quisiera quedar toda la noche, y se fuera no mas pasadas las tres de la madrugada.
Un par de horas después, Diego se había ido un rato con un joven que conoció esa misma noche, y no volvió hasta después de una hora. Tomás, por el camino de vuelta a casa, no dejó de hacerle bromas.
-Entonces que, ¿Has triunfado? Espero que utilizara protección, porque no quiero tener un sobrino todavía, que soy bastante joven. –Una mirada de rechazo instantánea fulminó a Tomás por parte de Diego, el cual era interrogado por su hermano.
-¿Quieres dejar de meterte en lo que no te importa? ¡Imbécil!
-¡Anda tonto! –Tomás hizo una carantoña en la cara a su hermano, la cual este rechazó de inmediato. -¿No me quieres presentar a mi nuevo cuñado? Eso es de ser muy mala persona.
-¿Y tú por qué no cuentas nunca nada de todos los que te traes a casa cuando mamá no está?
-Porque para eso estás tú, con lo que te gusta espiarme y poner tu oreja en la puerta de mi cuarto. –Tomás cambió el semblante divertido, a un semblante un poco más serio, sin llegar a perder el humor. -Y ya que tú te interesas por mi vida amorosa, yo me intereso por la tuya. ¿No crees que es justo?
Diego, vencido por las palabras de su hermano, dio un bufido al aire y miró a otro lado, manteniéndose al margen como de costumbre.
El frío de la mañana hizo que los pies casi no los pudiera notar. Se quedó un momento parado ante el portón del bloque de pisos, inmóvil, como si una fuerza ejerciera presión en sus zapatos contra el suelo. Realmente, esa fuerza, no es más que la impotencia que sentía en ese momento. Miró su reloj y vio que llegaba veinte minutos más temprano de lo debido. Así que encendió un cigarro, se apoyó en la pared al lado de la entrada, y esperó que se consumiera su pitillo, como el anciano que espera que se consuma lo poco que le queda de vida.
Posteriormente, subió hasta el tercer piso, y llamó a la puerta. Rosa abrió rápidamente y le invitó a pasar. Estaba nerviosa. No dejaba de moverse por la casa, de un cuarto a otro, de una estancia a otra, algo que dejó extrañado a Nicolás.
-Por favor, acomódate. Siéntate en el sofá, y disculpa mis nervios. Llego tarde. –Dijo algo extasiada. –Por cierto, hay una nota en la mesa, con algunos quehaceres. Mírala cuando puedas.
Nicolás miró la mesa, y encima vio un trozo de papel, que de lejos se intuía que no había gran cosa escrita. Cuando volvió a mirar a Rosa, vio que se estaba abrigando.
-Yo me tengo que ir a trabajar. Espero que no te surja ninguna complicación. Si necesitas algo, tienes mi número apuntado en el papel. Te veré mas tarde. ¡Chao!
Y dio un portazo antes de que Nicolás pudiera abrir la boca. En aquel momento, miró a su alrededor y se vio aturdido entre tanta antigüedad. Se puso en pie, y fue a buscar la nota. Era bastante simple:
Erik estará en la sala que hay al fondo del pasillo.
Tiene el desayuno preparado. Dáselo cuando sienta hambre.
Lo más importante es no agobiarle. Si en algún momento quiere hacer algo por sí mismo, permítelo.
Si tienes algún problema o alguna duda, no dudes en llamarme.
Pensó en un momento que tenía que almacenar el contenido de la nota en su memoria y lentamente se puso en camino hasta la sala donde Erik se encontraba.
Por el pasillo había varios cuadros bien trabajados. Mayormente, tenían plasmados a modelos semidesnudos. Apenas le dio mucha importancia a lo que se encontraba colgado en las paredes y siguió su camino.
Se quedó parado justo al principio de la entrada observando. La sala, estaba repleta de coloridos cuadros por las paredes y por el suelo, apilados de pie, reposando los unos en los otros. Era una sala grande, y bien luminosa, luz que entraba por un gran ventanal en la zona de la izquierda. Miró al centro, y allí estaba él. Allí se encontraba Erik, cara al ventanal pintando sobre un gran lienzo. Nicolás dio unos pasos más, y se quedó paralizado nuevamente, sin querer hacer ruido. Se quedó mirando a Erik durante un momento. Vio a un chico que representa los dieciocho años que Rosa indicó, sentado en una silla de ruedas. El pelo lo tiene  peinado hacia su derecha, y tiene una piel pálida, que parece sedosa. Era un chico bellísimo, y de eso Nicolás se había dado cuenta. Una gran calma tenía aquel lugar y también un gran silencio. Solo la calma se encontraba rota por las pinceladas que en tiempo real estaba dando en el lienzo.
Erik entonces, despegó la mirada de la tela manchada por lo que parecía oleo, y dirigió sus ojos color miel a Nicolás, y lo persiguió desde su cabeza hasta sus pies, y viceversa después. Como si del mismísimo aire se tratara, volvió a dirigir lo que parecía una inspección ocular otra vez a su entretenimiento.
Nicolás, desconcertado, para quitar tanta tensión en el ambiente, hablo:
-Hola, soy Nicolás. Tu madre no nos presentó. Por ahora vendré a cuidarte.
Erik, con el talante inapetente, volvió a observar a Nicolás, y repitió el gesto de ignorancia después, con la única diferencia de que por fin se dignaba a hablar.
-Traes los labios morados. ¿Tanto frío hace en la calle?
A Nicolás, le pareció algo rara la pregunta. Se tocó los labios y los notó rajados y quebradizos. Erik seguía pintando lo que parecía ser un hombre algo delgaducho de espaldas, completamente desnudo en medio de un bosque oscuro.
-Pues sí, hace bastante frío.
Entonces, volvió a echar un vistazo por todo el habitáculo. Una mesa, con un montón de estanterías, se encuentra en la pared de la derecha, con un montón de fotografías de personas, paisajes, y barios dibujos a mano. Arriba de la mesa un par de estanterías con más lienzos de menor tamaño, apilados como todos unos encima de otros, y varias paletas de madera donde se coloca la pintura, bastante sucias y malgastadas.
Después, se quedó mirando algunos cuadros que estaban colgando de las paredes. Eran auténticas obras maestras, dignas de estar expuestas en galerías de arte. Aunque le extrañó una cosa. Todas las personas pintadas sobre aquellos lienzos tenían un semblante triste. Estaba tan sumergido en aquellos cuadros, que apenas escuchó a Erik, que volvía a hablar.
-¿Te gusta Amy Winehouse?
Rápidamente Nicolás se dirigió a Erik y casi balbuceando le pidió que repitiera la pregunta.
-Que si te gusta Amy Winehouse. –Le repitió Erik, con un tono de voz más seco.
Él, respondió con sinceridad:
-La verdad es que nunca lo he escuchado. ¿Por qué lo preguntas?
Erik se quedó en silencio durante un momento y más tarde añadió:
-El disco se ha terminado por esa cara. –Entonces señaló con la punta del pincel que tenía en la mano a un tocadiscos, que había al lado del ventanal. –Dale la vuelta y coloca la aguja otra vez.
Fue hasta ese tocadiscos, que a simple vista parecía bastante antiguo. Cogió el disco con bastante cuidado. Lo volteó, y lo volvió a encajar en él. Cogió el brazo de la aguja y se asustó, al ver que el plato del tocadiscos empezó a girar tan de pronto. Colocó la aguja al principio del disco, con la etiqueta blanca en el centro y empezó a escuchar lo que el disco emitía. Nicolás estaba perplejo. El sonido que por los altavoces salía, parecía como el de un huevo frito, recién echado en el aceite hirviendo. Aquel sonido acabó, y salió a bajo volumen una potente voz femenina. En otro lugar de la mesa, donde aquel equipo algo arcaico estaba colocado, estaba lo que parecía la carpeta que portaba el disco. La cogió, y la observó detenidamente. Allí estaba plasmada una bella mujer sentada en una silla de madera con el pelo negro a la altura de los codos, ataviada con un vestido blanco con lunares rojos, un cinturón rojo a juego con el vestido, y unos zapatos con estampado de leopardo. Casi ni se veía, lo que también portaba. Un tatuaje de lo que parecía una chica pin-up en su brazo derecho. A Nicolás le parecía toda una belleza. A lo largo del disco, su nombre en letras mayúsculas “AMY WINEHOUSE” y con letras algo más pequeñas “BACK TO BLACK”, el título del álbum.
Luego de dejar en su sitio la carpeta del disco, miró nuevamente a Erik, al mismo tiempo que escuchaba la canción. Era contradictorio. Un alma en pena escuchando una canción alegre. Algo no encajaba.
El ambiente que todavía poseía aquella sala, hizo que Nicolás, quisiera hablar algo más con él. Quería de alguna manera ofrecerle su confianza.
-Me encantan tus cuadros. Son muy bonitos. –Le quiso premiar con sus palabras.
-Gracias. –Agradeció Erik, con una voz casi insonora y sin inmutarse.
Nicolás entonces, no sabía qué hacer y preguntó:
-¿Necesitas que te ayude en algo por ahora?
Y Erik, sin cortarse ni un pelo respondió algo brusco:
-Necesito que te marches. Quiero estar solo.
Las palabras de la boca de Erik retumbaron en los oídos de Nicolás, e hizo caso de su orden.
El sonido de las pinceladas se fue haciendo pequeño, mientras recorría el largo pasillo en dirección al salón. Se sentó en el sofá que ya tenía por costumbre, y allí esperó un buen rato. Miró a un lado, y después a otro. La casa se hacía extraña. Echó la espalda hacia atrás en el asiento para acomodarse, y cerró los ojos. Los nervios entonces, se apoderaron de él. Volvió a coger postura y se puso de pie en seguida.
Solo le llevó un momento pensar lo que quería hacer. Empezó a recorrer la estancia lentamente, como si quisiera hacer tiempo, y empezó a curiosearlo todo. Primero, se acercó a la ventana. La calle, se hizo eco de su mirada. Desde aquella ventana se ven unos árboles algo frondosos, con gente muy abrigada paseando lentamente, como si el tiempo no importara. Nicolás se dio cuenta de ese suceso y pensó, que quizás el tiempo a él si le importaba, ya que después de aquella desastrosa presentación con el chico que debía cuidar, el tiempo se le hacía eterno. Algo más lejos de aquellos árboles, transcurría el agua algo lenta, del río que atraviesa Sevilla. ¿Todo en aquel momento iba a cámara lenta?
Ignoró la ventana y se dispuso a pasear por la estancia. Al acercarse a un viejo mueble, observó una auténtica filmoteca, de la cual no se había percatado antes. Contó los estantes, de toda una estantería llena de películas. En total, diez estantes de un metro y medio de anchura, que casi llegaban al techo, lleno de películas en DVD y en VHS. Creía muerto este último formato, pero por lo que vio, todavía hay gente que lo usaba. También una pequeña colección de Blu-ray, la cual estaba situada en menor cantidad en la esquina inferior derecha. Miró detenidamente todos los estantes, uno por uno, y se dio cuenta de que estaban ordenados alfabéticamente por director, VHS a la izquierda, y DVD a la derecha. Rápidamente, fue a buscar la A de Almodóvar. Esa fue su sorpresa. De ambos formatos había bastantes películas de su director de cine preferido.
Sacó algunas de ellas de su lugar y empezó a observarlas detenidamente. Se lamentó Nicolás entonces, de que algunas de ellas son ediciones especiales que él no tenía. Abrió las cajas y observó sus libretos. Quedó maravillado.
Un buen rato pasó, y unas ruedas chirriantes se acercaron, y con ellas, Erik encima, empujándolas. Se dirigía a la cocina, aunque antes de llegar, le preguntó a Nicolás:
-¿Me puedes poner el desayuno?
Nicolás, que estaba de espaldas a él sentado, lo miró y con pocas ganas contestó:
-Claro, ahora mismo.
Fue entonces cuando se puso en camino y rápidamente hizo lo debido.
Entró en la cocida y vio una bandeja con su comida. La puso encima de la mesa. El desayuno no era más que unos cruasanes y un vaso de leche el cual tuvo que servir.
Nicolás no quiso importunar, así que se lo dejó solo.
Las horas pasaron. Casi interminables se volvieron para Nicolás, que no volvió a mediar palabra con Erik. La puerta se abrió. Una vocecilla dentro de la cabeza de Nicolás gritó, “¡Por fin!”.
Rosa aparecía con una leve sonrisa dibujada. Se le acercó y preguntó con un tono de cansancio:
-¿Qué tal te ha ido?
Él pensó para sus adentros, “mal, fatal, lo más bonito de tu hijo es que se preocupa por el tono de mis labios” y simplemente respondió:
-Bien, muy bien. Veo que tiene muy buena mano con los pinceles. Me encantan sus creaciones.
Rosa, puso buena cara al cumplido que le dio a su hijo.
-Ya te dije que tiene muy buena mano con la pintura desde pequeño. Y para muestra, un botón. Mira.
Señaló su retrato del salón y sonrió.
 –Creo que me pintó más guapa de lo que soy.
Después de un momento feliz que tuvo, Rosa entonces cambió el gesto y se puso un poco más seria.
-¿Y cómo te ha recibido? –Preguntó con curiosidad.
-Bueno… -Nicolás intentaba buscar las palabras adecuadas. –Veo que es un chico de… Pocas palabras.
Rosa miró el suelo y se apartó un mechón de pelo de la cara, y se lo echó detrás de la oreja.
-Es solo al principio. Supongo. Solo espero que no te acarree algún problema.