La mañana del día siguiente se
despertó bástate fría. Mas fría incluso que el día anterior. Nicolás, estaba
con las mantas de su cama hasta el cuello. Odia el frío. Tanto lo odia que
duerme con cinco mantas.
El despertador sonó a las 8:00 de la
mañana, de un viernes de Noviembre, y dio paso a su arreglo personal matutino,
del que le llevaría una hora llevarlo a cabo.
Al terminar, pasó al salón comedor
donde estaba su madre tendida en uno de los sofás, la cual estaba algo
extrañada al verle.
-¿Y eso? ¿Cómo es que estás
madrugando? ¿Estás enfermo cariño? –Preguntó su madre en tono de mofa.
-No mamá. Una vecina de mis amigos los
gemelos necesita un cuidador para su hijo. Y creo que doy la talla, así que voy
a darle mi currículum, haber si tengo suerte y me da trabajo.
Susana, que es así como se llama su
madre, puso cara de expectación. No creía que su hijo pudiera decir esas
palabras algún día, y respondió:
-Realmente creo que estás enfermo,
hijo mío.
El sarcasmo y el buen humor es lo que
a Susana le caracteriza.
Ella es una mujer de cuarenta años,
alta, rubia, y unos ojos color azul cielo que portan una hermosa cara. Y a
pesar de su edad, tranquilamente aparenta ser una mujerzuela de treinta años.
En definitiva, se conserva bastante bien y es muy atractiva.
-Bueno mamá, -añadió Nicolás –Me voy.
¡Deséame suerte!
-¡Suerte! –Replicó con deseo su madre,
poco esperanzada, al mismo tiempo que un portazo dado por su hijo sonaba.
Nicolás, carpeta en mano con todo lo
que le haría falta, salió de su casa bastante rápido. Llevaba bastante prisa.
Tenía ganas de llegar a aquella casa y saber si tenía posibilidades de optar a
ese trabajo del que les habló Tomás el día anterior.
También estaba algo preocupado por el
comentario que hizo Diego. “Ten cuidado. Dicen las malas lenguas, que no es muy
amigable. Es muy cerrado, y apenas habla con nadie”. Las palabras de su amigo
le daban vueltas en su cabeza. Tenía algo de temor. ¿Y si le daban el trabajo,
y se encontraba con el mismísimo demonio en silla de ruedas?
Aún así él, tenía bastantes ganas.
También se imaginaba con ropa nueva todos los meses y otras cosas que no sirven
para nada. Era eso lo que le lanzaba hacia adelante.
Salió en dirección a la calle Torneo,
la cual conecta casi toda Sevilla y paró en la parada del bus que lo dejaría
cerca de su destino.
Luego de un largo viaje, sentado en
uno de los últimos asientos del bus y escuchando música evadido del mundo, bajó
a su destino. Recorrió la calle hasta el portón del bloque de pisos, y se fijó
un instante en un folio pegado con cinta adhesiva, el cual las letras andaban
algo descoloridas por los estragos de la lluvia.
El texto del cartel de la oferta de
trabajo era muy directo.
“Se precisa
cuidador/a con la formación necesaria para atender a chico de 18 años con
movilidad reducida.
Se dará buen sueldo.
Para más información,
consulte en el tercer piso, a la derecha.”
Nicolás se fijó en concreto donde
ponía “Se dará buen sueldo”, algo que hizo que sonriera.
Terminó de abrir el portón, que estaba
encajado, y subió las escaleras. Llamó a la puerta y un calambre le sacudió el
estómago. Empezó a respirar un poco mas agitado y rápidamente intentó calmarse,
y parecer una persona civilizada, o por lo menos, persona.
Para cuando la puerta se abrió se
encontraba algo mejor pero con la cara un poco desencajada.
-Hola, buenos días. –Dijo con una voz
entrecortada. –Venía por lo del anuncio.
Al otro lado de la puerta, se
encontraba una mujer que podría tener la misma edad que la madre de Nicolás,
que sonreía al verle. Lo miró de arriba abajo, y de abajo a arriba, y preguntó:
-¿Es por el anuncio de la puerta de
abajo?
Nicolás, sin poder abrir la boca por
la tensión del momento, solo pudo asentir.
-Busco… -Prosiguió la mujer del otro
lado de la puerta -…un buen cuidador que esté cualificado para cuidar a mi hijo
que tiene dieciocho años y necesita cuidados especiales. ¿No eres un poco joven
para andar cuidando gente?
Cuando por fin pudo balbucear algunas
palabras, le explicó:
-No… Eh… Sí, bueno. –Nicolás intentó
sacar de la carpeta una hoja, con la acreditación correspondiente para
enseñársela, y entonces se le cayó al suelo todos los papeles de la carpeta.
Cuando los recogió, siguió hablando. –Tengo aquí mi titulación que me acredita.
Estudié atención sociosanitaria. También tengo aquí una carta de recomendación
de mi tutor de prácticas, y mi currículum, por si le interesa.
La mujer, miró a Nicolás con cara de
asombro. Cogió las hojas que le mostraba, se apoyó sobre el quicio de la puerta
y empezó a mirarlas en silencio, el cual se volvió algo incómodo para él, que
estaba allí solamente mirando, todavía nervioso.
Momento después, la mujer le miró a
los ojos, y le dijo con cara de intriga:
-Con que muestras entusiasmo en el
trabajo, y eres receptivo con tus superiores. Además de tener siempre un buen
trato con los enfermos que cuidas. ¿Y cómo dices que te llamas?
-Nicolás, señora.
-Por favor, tutéame. Si se me permite
ser indiscreta, ¿Por qué quieres el trabajo? –Preguntó la señora alzando una
ceja.
Nicolás, apenas tenía una respuesta
preparada. Tampoco podía responder que era para meros caprichos, sería poco
profesional. Aún así supo que responder:
-Bueno, es casi una necesidad. Ya
estoy cansado de no hacer nada con mi vida. Llevo varios meses que no hago
nada, y a nivel personal, necesito hacer algo.
Las mentiras estaban a la orden del
día, y al parecer tenían buen efecto. La señora, cambió la expresión de su
rostro, y parecía encantada.
-Bueno. Haber que puedo hacer por ti.
¿Te gustaría pasar y hablamos más tranquilamente?
La proposición que le hizo lo dejó un
poco mas desconcertado. Nicolás solo tenía malos pensamientos. ¿Y si se
encontraba con el chico y se opone? ¿Y si hacía algo que no le gustara ni a la
madre ni al hijo?
Al parecer es una casa grande. Nicolás
fue invitado a sentarse en lo que parecía el salón central. Se acomodó en el
centro de un gran sofá con un estampado de colores celestes que parece de
época. La decoración también parece bastante arcaica. Muebles de madera de
color oscuro, llena de tomos de enciclopedias. A la derecha de Nicolás, una
mesa con varias sillas del mismo color que el resto de los muebles, con un
jarrón con flores naranjas, y algunas estanterías. Todo era muy sobrio y quizás
el color naranja llamaba la atención.
Lo que más me llamó la atención, fue
un gran cuadro enmarcado, de un bello retrato de la señora con la que
conversaba.
Al lado del sofá, en una mesita
pequeña, reposaba un marco plateado muy brillante, y dentro una foto de un niño
pequeño sonriendo. Parecía feliz.
-Ante todo me presento, -Dijo mientras
se sentaba en un sillón a su lado -me llamo Rosa, y soy la madre de Erik, la
persona a tratar. Es mi deber informarte, de lo que en realidad necesito. La
mujer que cuidaba a mi hijo, se marchó hace un par de semanas. Ella lo cuidó
desde pequeño, y ya por edad ha preferido marcharse. El servicio que le ofrecía
era, estar con él todo el tiempo, ayudarle en todo lo que precise, y de vez en
cuando hacerle de comer. También limpiaba el cuarto de Erik cuando yo no podía
estar en casa. Todo esto lo hacía de lunes a viernes, en horario de mañana, y
dos viernes al mes trabajaba por la noche, quedándose a dormir. En definitiva, lo
que hay que hacer es ayudarle a mantener una vida mejor, dentro de sus
posibilidades. –Rosa fue clara y directa, algo que Nicolás agradecía. Mantuvo
silencio durante un momento, miró la foto de aquel niño pequeño y prosiguió –El
tiene la movilidad casi reducida desde la cintura hasta los pies. Apenas puede
mover nada, solo levanta una cabeza del suelo cada pierna. Sin la silla de
ruedas, su vida no tendría sentido.
Para Nicolás, esa historia, no era más
que una historia repetida entre tantas personas como gotas tenía la lluvia.
-Aunque con él, -Rosa siguió su
testimonio –hay doble trabajo. A día de hoy no logró superar que no puede
andar. Por eso es un chico que apenas habla, no quiere relacionarse con nadie,
y solo dedica el día pintar y dibujar. Desde muy pequeñito tiene ciertas
capacidades para la pintura. –A Rosa se le iluminaron los ojos –Desde que
perdió la movilidad, se hundió en sus sueños de inquietudes artísticas para
evadirse del mundo. En definitiva, a cualquier persona le costará tratarle, ese
es el trabajo extra, pero creo que el tiempo hará algo bueno por él.
Entonces, acomodó una pierna sobre la
otra y se dejó caer sobre el respaldo. Miró a los ojos a Nicolás, y le dijo sin
más demora:
-Me has gustado Nicolás. Creo que eres
la persona perfecta para cuidar a mi hijo, aunque todavía me queda saber un
poco mas de ti. Dime, ¿eres de Sevilla capital?
Nicolás por fin abría la boca en
aquella sala.
-Si –Contestó –Vivo al lado de la
catedral.
-Oh, perfecto. Así que no tendrás que
venir de muy lejos. ¿Y qué edad tienes? –Rosa parecía interesada.
-Tengo dieciocho, señora. El mes que viene
cumplo los diecinueve.
-Perfecto. Por ahora, solo una última
pregunta más. ¿Tendrías la disponibilidad inmediata?
Nicolás, ya se le encendían los ojos.
Ya notaba que el trabajo estaba por llegar, y respondió con toda seguridad:
-Sí, claro. Cuando usted lo precise.
-¡Perfecto! –Se levantó y fue hasta
uno de los muebles. Una vez allí, tomó una hoja de papel, y me la ofreció.
Me levanté, y nos fuimos hasta la
puerta. Mientras ella, me estaba contando.
-Ahí están escritas las condiciones de
contrato y mi número de teléfono al final de la página. Espero que esté todo
bien explicado y no te surjan dudas. Entonces, ¿Nos veremos este viernes?
-¡Por supuesto!
Por el camino de vuelta a casa, fue leyendo
la hoja con las condiciones. Era fabuloso. Entre otras cosas eran: sueldo mensual
de ochocientos euros, alta en la seguridad social, sábados y domingos libres.
También indicaba, que los primeros quince
días, eran de prueba, y si pasaba el proceso, firmaría su primer contrato.
En definitiva, se encontraba con lo mejor
que le podía pasar.
Al llegar a casa, lo primero que hizo fue
contárselo a su madre.
-No me lo creo. ¿Cómo has podido conseguir
tu esto? –Susana, estaba exhausta.
-Pues ya ves mamá. Tomás, me dijo que me
acercara a casa de su vecina. Tiene un hijo enfermo, y necesita cuidados de un profesional.
Como lo soy yo.
-Pues entonces, creo que habrá que celebrarlo,
¿No? –Insinuó su madre con verdadero entusiasmo. –Esta noche le dices a los gemelos
que nos vamos de discotecas. ¡Hay que celebrar que por fin mi hijo es un hombre!
Nicolás al escuchar a su madre decir tal
barbaridad no pudo hacer otra cosa que reírse a carcajadas y contestarle con un
gran sarcasmo:
-¿Para qué? ¿Para beber zumitos? ¿O para
ligarte al portero?
-¡No idiota! –Le replicó a su hijo, que
seguía riéndose. –¡Para disfrutar esta noche, y coger una cogorza buena!