martes, 26 de noviembre de 2013

Capítulo 2


La mañana del día siguiente se despertó bástate fría. Mas fría incluso que el día anterior. Nicolás, estaba con las mantas de su cama hasta el cuello. Odia el frío. Tanto lo odia que duerme con cinco mantas.
El despertador sonó a las 8:00 de la mañana, de un viernes de Noviembre, y dio paso a su arreglo personal matutino, del que le llevaría una hora llevarlo a cabo.
Al terminar, pasó al salón comedor donde estaba su madre tendida en uno de los sofás, la cual estaba algo extrañada al verle.
-¿Y eso? ¿Cómo es que estás madrugando? ¿Estás enfermo cariño? –Preguntó su madre en tono de mofa.
-No mamá. Una vecina de mis amigos los gemelos necesita un cuidador para su hijo. Y creo que doy la talla, así que voy a darle mi currículum, haber si tengo suerte y me da trabajo.
Susana, que es así como se llama su madre, puso cara de expectación. No creía que su hijo pudiera decir esas palabras algún día, y respondió:
-Realmente creo que estás enfermo, hijo mío.
El sarcasmo y el buen humor es lo que a Susana le caracteriza.
Ella es una mujer de cuarenta años, alta, rubia, y unos ojos color azul cielo que portan una hermosa cara. Y a pesar de su edad, tranquilamente aparenta ser una mujerzuela de treinta años. En definitiva, se conserva bastante bien y es muy atractiva.
-Bueno mamá, -añadió Nicolás –Me voy. ¡Deséame suerte!
-¡Suerte! –Replicó con deseo su madre, poco esperanzada, al mismo tiempo que un portazo dado por su hijo sonaba.
Nicolás, carpeta en mano con todo lo que le haría falta, salió de su casa bastante rápido. Llevaba bastante prisa. Tenía ganas de llegar a aquella casa y saber si tenía posibilidades de optar a ese trabajo del que les habló Tomás el día anterior.
También estaba algo preocupado por el comentario que hizo Diego. “Ten cuidado. Dicen las malas lenguas, que no es muy amigable. Es muy cerrado, y apenas habla con nadie”. Las palabras de su amigo le daban vueltas en su cabeza. Tenía algo de temor. ¿Y si le daban el trabajo, y se encontraba con el mismísimo demonio en silla de ruedas?
Aún así él, tenía bastantes ganas. También se imaginaba con ropa nueva todos los meses y otras cosas que no sirven para nada. Era eso lo que le lanzaba hacia adelante.
Salió en dirección a la calle Torneo, la cual conecta casi toda Sevilla y paró en la parada del bus que lo dejaría cerca de su destino.
Luego de un largo viaje, sentado en uno de los últimos asientos del bus y escuchando música evadido del mundo, bajó a su destino. Recorrió la calle hasta el portón del bloque de pisos, y se fijó un instante en un folio pegado con cinta adhesiva, el cual las letras andaban algo descoloridas por los estragos de la lluvia.
El texto del cartel de la oferta de trabajo era muy directo.
“Se precisa cuidador/a con la formación necesaria para atender a chico de 18 años con movilidad reducida.
Se dará buen sueldo.
Para más información, consulte en el tercer piso, a la derecha.”
Nicolás se fijó en concreto donde ponía “Se dará buen sueldo”, algo que hizo que sonriera.
Terminó de abrir el portón, que estaba encajado, y subió las escaleras. Llamó a la puerta y un calambre le sacudió el estómago. Empezó a respirar un poco mas agitado y rápidamente intentó calmarse, y parecer una persona civilizada, o por lo menos, persona.
Para cuando la puerta se abrió se encontraba algo mejor pero con la cara un poco desencajada.
-Hola, buenos días. –Dijo con una voz entrecortada. –Venía por lo del anuncio.
Al otro lado de la puerta, se encontraba una mujer que podría tener la misma edad que la madre de Nicolás, que sonreía al verle. Lo miró de arriba abajo, y de abajo a arriba, y preguntó:
-¿Es por el anuncio de la puerta de abajo?
Nicolás, sin poder abrir la boca por la tensión del momento, solo pudo asentir.
-Busco… -Prosiguió la mujer del otro lado de la puerta -…un buen cuidador que esté cualificado para cuidar a mi hijo que tiene dieciocho años y necesita cuidados especiales. ¿No eres un poco joven para andar cuidando gente?
Cuando por fin pudo balbucear algunas palabras, le explicó:
-No… Eh… Sí, bueno. –Nicolás intentó sacar de la carpeta una hoja, con la acreditación correspondiente para enseñársela, y entonces se le cayó al suelo todos los papeles de la carpeta. Cuando los recogió, siguió hablando. –Tengo aquí mi titulación que me acredita. Estudié atención sociosanitaria. También tengo aquí una carta de recomendación de mi tutor de prácticas, y mi currículum, por si le interesa.
La mujer, miró a Nicolás con cara de asombro. Cogió las hojas que le mostraba, se apoyó sobre el quicio de la puerta y empezó a mirarlas en silencio, el cual se volvió algo incómodo para él, que estaba allí solamente mirando, todavía nervioso.
Momento después, la mujer le miró a los ojos, y le dijo con cara de intriga:
-Con que muestras entusiasmo en el trabajo, y eres receptivo con tus superiores. Además de tener siempre un buen trato con los enfermos que cuidas. ¿Y cómo dices que te llamas?
-Nicolás, señora.
-Por favor, tutéame. Si se me permite ser indiscreta, ¿Por qué quieres el trabajo? –Preguntó la señora alzando una ceja.
Nicolás, apenas tenía una respuesta preparada. Tampoco podía responder que era para meros caprichos, sería poco profesional. Aún así supo que responder:
-Bueno, es casi una necesidad. Ya estoy cansado de no hacer nada con mi vida. Llevo varios meses que no hago nada, y a nivel personal, necesito hacer algo.
Las mentiras estaban a la orden del día, y al parecer tenían buen efecto. La señora, cambió la expresión de su rostro, y parecía encantada.
-Bueno. Haber que puedo hacer por ti. ¿Te gustaría pasar y hablamos más tranquilamente?
La proposición que le hizo lo dejó un poco mas desconcertado. Nicolás solo tenía malos pensamientos. ¿Y si se encontraba con el chico y se opone? ¿Y si hacía algo que no le gustara ni a la madre ni al hijo?
Al parecer es una casa grande. Nicolás fue invitado a sentarse en lo que parecía el salón central. Se acomodó en el centro de un gran sofá con un estampado de colores celestes que parece de época. La decoración también parece bastante arcaica. Muebles de madera de color oscuro, llena de tomos de enciclopedias. A la derecha de Nicolás, una mesa con varias sillas del mismo color que el resto de los muebles, con un jarrón con flores naranjas, y algunas estanterías. Todo era muy sobrio y quizás el color naranja llamaba la atención.
Lo que más me llamó la atención, fue un gran cuadro enmarcado, de un bello retrato de la señora con la que conversaba.
Al lado del sofá, en una mesita pequeña, reposaba un marco plateado muy brillante, y dentro una foto de un niño pequeño sonriendo. Parecía feliz.
-Ante todo me presento, -Dijo mientras se sentaba en un sillón a su lado -me llamo Rosa, y soy la madre de Erik, la persona a tratar. Es mi deber informarte, de lo que en realidad necesito. La mujer que cuidaba a mi hijo, se marchó hace un par de semanas. Ella lo cuidó desde pequeño, y ya por edad ha preferido marcharse. El servicio que le ofrecía era, estar con él todo el tiempo, ayudarle en todo lo que precise, y de vez en cuando hacerle de comer. También limpiaba el cuarto de Erik cuando yo no podía estar en casa. Todo esto lo hacía de lunes a viernes, en horario de mañana, y dos viernes al mes trabajaba por la noche, quedándose a dormir. En definitiva, lo que hay que hacer es ayudarle a mantener una vida mejor, dentro de sus posibilidades. –Rosa fue clara y directa, algo que Nicolás agradecía. Mantuvo silencio durante un momento, miró la foto de aquel niño pequeño y prosiguió –El tiene la movilidad casi reducida desde la cintura hasta los pies. Apenas puede mover nada, solo levanta una cabeza del suelo cada pierna. Sin la silla de ruedas, su vida no tendría sentido.
Para Nicolás, esa historia, no era más que una historia repetida entre tantas personas como gotas tenía la lluvia.
-Aunque con él, -Rosa siguió su testimonio –hay doble trabajo. A día de hoy no logró superar que no puede andar. Por eso es un chico que apenas habla, no quiere relacionarse con nadie, y solo dedica el día pintar y dibujar. Desde muy pequeñito tiene ciertas capacidades para la pintura. –A Rosa se le iluminaron los ojos –Desde que perdió la movilidad, se hundió en sus sueños de inquietudes artísticas para evadirse del mundo. En definitiva, a cualquier persona le costará tratarle, ese es el trabajo extra, pero creo que el tiempo hará algo bueno por él.
Entonces, acomodó una pierna sobre la otra y se dejó caer sobre el respaldo. Miró a los ojos a Nicolás, y le dijo sin más demora:
-Me has gustado Nicolás. Creo que eres la persona perfecta para cuidar a mi hijo, aunque todavía me queda saber un poco mas de ti. Dime, ¿eres de Sevilla capital?
Nicolás por fin abría la boca en aquella sala.
-Si –Contestó –Vivo al lado de la catedral.
-Oh, perfecto. Así que no tendrás que venir de muy lejos. ¿Y qué edad tienes? –Rosa parecía interesada.
-Tengo dieciocho, señora. El mes que viene cumplo los diecinueve.
-Perfecto. Por ahora, solo una última pregunta más. ¿Tendrías la disponibilidad inmediata?
Nicolás, ya se le encendían los ojos. Ya notaba que el trabajo estaba por llegar, y respondió con toda seguridad:
-Sí, claro. Cuando usted lo precise.
-¡Perfecto! –Se levantó y fue hasta uno de los muebles. Una vez allí, tomó una hoja de papel, y me la ofreció.
Me levanté, y nos fuimos hasta la puerta. Mientras ella, me estaba contando.
-Ahí están escritas las condiciones de contrato y mi número de teléfono al final de la página. Espero que esté todo bien explicado y no te surjan dudas. Entonces, ¿Nos veremos este viernes?
-¡Por supuesto!
 



Por el camino de vuelta a casa, fue leyendo la hoja con las condiciones. Era fabuloso. Entre otras cosas eran: sueldo mensual de ochocientos euros, alta en la seguridad social, sábados y domingos libres.
También indicaba, que los primeros quince días, eran de prueba, y si pasaba el proceso, firmaría su primer contrato.
En definitiva, se encontraba con lo mejor que le podía pasar.
Al llegar a casa, lo primero que hizo fue contárselo a su madre.
-No me lo creo. ¿Cómo has podido conseguir tu esto? –Susana, estaba exhausta.
-Pues ya ves mamá. Tomás, me dijo que me acercara a casa de su vecina. Tiene un hijo enfermo, y necesita cuidados de un profesional. Como lo soy yo.
-Pues entonces, creo que habrá que celebrarlo, ¿No? –Insinuó su madre con verdadero entusiasmo. –Esta noche le dices a los gemelos que nos vamos de discotecas. ¡Hay que celebrar que por fin mi hijo es un hombre!
Nicolás al escuchar a su madre decir tal barbaridad no pudo hacer otra cosa que reírse a carcajadas y contestarle con un gran sarcasmo:
-¿Para qué? ¿Para beber zumitos? ¿O para ligarte al portero?

-¡No idiota! –Le replicó a su hijo, que seguía riéndose. –¡Para disfrutar esta noche, y coger una cogorza buena!

Capítulo 1


Una hora. Solo una hora le lleva estar perfecto para salir. Una hora solo…
Nicolás, se planta como todos los días ante el espejo y se mira. Se pasa la plancha por el pelo, le da la forma deseada una y otra vez hasta que queda perfecto. Observa su bello cuerpo, pasa los dedos por sus músculos del torso, los cuales les tiene demasiado aprecio, y se vuelve a mirar. Sonríe pícaramente, ya que es su belleza la que le ayuda a ser un auténtico Don Juan. Abre el armario, y escoge varios conjuntos de entre muchos conjuntos de grandes marcas, como son Zara, Springfield, H&M que son algunas de sus marcas favoritas. Se prueba un conjunto, otro, otro, otro… No le gusta ninguno. Al final se vuelve a poner el primer conjunto que se probó, y vuelve a  retocarse el pelo. Después de una hora, de ducha, vestirse, peinarse, y retocarse miles de veces ya está listo para salir. Le da un beso a su madre en la frente, como siempre, y se marcha rápidamente.
Son las 3:00 de la tarde, cuando sale a las calles de Sevilla, con la cabeza bien alta como si quisiera presumir de belleza, que la tiene, y mientras, va escuchando música con los cascos puestos y su Ipod en la mano. Para él la calle se convierte en una auténtica discoteca con la música de Beyonce directamente en sus oídos.
Saca un cigarro de su pitillera plateada, y su mechero plateado con su nombre grabado, y se lo enciende.
Se dirige a Puerta Jerez, donde ha quedado una vez más, con sus amigos Tomás y Daniel. Son hermanos gemelos y tienen diecinueve años, uno más que Nicolás. Dejando a su derecha la fuente con sus grandes chorros de agua, y la estatua de la mujer sobre las hojas de loto encima, se sienta a esperar.
Mira hacía su alrededor. Nicolás siempre fue muy observador, y en ese instante se fija en la estatua. No puede evitar sonreír al recordar la fuente, con la estatua decapitada de la mujer en aquel acto de celebración de la Eurocopa, cuando de un momento a otro alguna persona, en su festejo lleno de gritos, cantos, y entusiasmos, partió la cabeza en dos sobre las 2:00 de la mañana. El estuvo presente, y siempre que pasa por este mismo sitio, se le viene a la mente el mismo recuerdo, que tantas risas le provoca.
-Tío, das miedo.
Mira a su alrededor, y ve a Tomás y Daniel, que por fin llegan a su cita. Era Tomás el que le hablaba.
-¿Qué haces riéndote solo?-Le pregunta, esta vez Daniel, burlándose de él.
Nicolás se pone de pie para recibirlos, ríe esta vez a carcajadas y les intenta explicar para no parecer un bicho raro:
-Son solo recuerdos de cuando pasó lo de la estatua. ¿Os acordáis?
Los gemelos rieron también y asintieron para darle la razón a Nicolás, que seguía con una bella sonrisa  en sus labios.
Los gemelos son chavales altos, con el pelo rubio cobrizo, y los ojos celestes. Ambos son delgados, con la barbilla redonda, que es lo que le da la gracia a su cara. Y por supuesto como dos gotas de agua. Aunque alguna diferencia hay.
Tomás, es el mayor de los gemelos por solo media hora. Tiene un par de pendientes en la oreja derecha, y lleva el pelo mirando hacia arriba. Es muy extrovertido y algo femenino.
Diego en cambio es el más serio y mas callado. El mismo hace saber, que es la sombra de su hermano, aunque los dos brillan por el mismo esplendor. Lleva el pelo rapado por detrás y por los lados, y algo largo por arriba, y se lo peina hacia algunos de los lados, según le venga cada día.
Ambos son el uno para otro. No son los típicos gemelos que siempre visten con la misma ropa, aunque la comparten. Y la mayor curiosidad que guardan, es que los dos, son homosexuales.
Es una fría tarde de Noviembre, casi empezando Diciembre. Ya las calles estaban adornadas con motivos navideños, al igual que el escaparate de las tiendas. Los villancicos sonaban por todos lados como en bares y tiendas de ropa, cosa que le encanta sentir a Nicolás.
Se dirigen hacia un puesto de buñuelos que han puesto en los jardines del Prado.
Tomás, se alza en la conversación, haciéndose notar más:
-Pues a mí nunca me gustaron las películas de Almodovar. Y encima con la última que ha hecho, que solo hace recibir críticas negativas, peor me lo pones. Me parece un mal director.
Nicolás, que es un fan atroz de Pedro Almodovar, le defiende:
-Tú lo que pasa que eres un inculto que apenas sabe nada sobre él. ¡Eso es lo que te pasa! Deberías respetar a este director de cine. Es de lo poco que queda en España que se le pueda llamar bueno. ¿Has visto quizás la película “La mala educación”? Cuando veas esa película, me cuentas.
Diego como siempre, apenas abre la boca, y Tomás, que le encanta ver enfadado a Nicolás, le irrita más:
-Ese solo saca travestis y tíos follando en sus películas. Si se le pueden llamar películas. ¿Y eso es ser un director de cine?
Y Nicolás, algo aburrido de las molestias que a veces le da Tomás, le contesta vencido por la impotencia:
-Lo que tú digas Tomás, lo que tú digas.
Y ambos gemelos, se echaron a reír.
 

Llegó el atardecer, y con él una cajita de cartón llena de buñuelos con sirope de chocolate, del puesto que estaba en la misma entrada de los jardines del Prado. A Nicolás, le encantaba pasear por estos jardines por la primavera. Soñaba con encontrar quizás el amor algún día, mientras paseaba por las fuentes, por los árboles y por todos sus alrededores.
Al final, se sientan en uno de los bancos, algo alejados de la entrada principal. Como siempre, con motivo de la navidad, han puesto una pista de patinaje. Todo el mundo va muy abrigado. Hace bastante frío. Nicolás lleva una negra gabardina muy larga bien abrochada apta para tan altas temperaturas, y un fular de colores oscuros para taparse el cuello.
-Mira Diego, mira ese, -Le comenta Tomás, tan espontáneamente a su hermano. -¿Has visto que tío más guapo?
Justo delante había un chico, como de unos veinte años, que a ojo, podría medir 1:90 de altura. Lo que de él resplandecía, era la cara angelical, y una sonrisa bastante grande.
-Qué, te pone, ¿eh? –Le digo yo, mientras le doy un codazo.
-Está bien –Responde Diego, sin añadir nada más.
-¿Qué está bien? ¿Solo eso? ¿Tienes delante a un monumento y solo dices que está bien? Eres demasiado raro tío. ¿Y tú te haces llamar mi hermano?
Suena esa última pregunta quizás un poco rara, dada las circunstancias.
Diego sonrió a su hermano, con cara de querer decir, “Está más que bien”, y se levantó del banco. Se dirigió a la papelera y tiró su caja de cartón de los buñuelos. Luego se fue alejando en dirección a los baños.
Tomás, abrió entonces el silencio que se hizo:
-Mañana es probable que me valla de compras con Diego. Iremos al centro de tiendas para comprarnos ropa. ¿Te gustaría venir?
Nicolás, hizo un mohín con la cara y soltó un “tss”, y respondió:
-Me gustaría, pero mi madre me ha cerrado el grifo. No le gusta que malgaste mi dinero. Dice que me compro bastante ropa al mes, y que ya tengo los armarios bastante rebosantes. Lo siento. No puedo.
Tomás, miró a Nicolás con cara de lamentación y dijo:
-Valla. Con lo que me gustaría ir juntos.
-Ella dice, -prosiguió Nicolás –que si quiero más ropa, debería de empezar a trabajar en algún sitio y empezar a ganar más dinero. Que está cansada que gaste mi paga completa en ropa, en ir a discotecas, y en todos mis caprichos.
Tomás se quedó pensativo, mientras Diego llegaba y se volvía a sentar. Momento después reaccionó y a Nicolás le preguntó:
-¿Te gustaría trabajar? –Nicolás asintió –Puede que tenga el trabajo perfecto para ti. Ya que has estudiado Atención Sociosanitaria, seguro que sabrás como cuidar a una persona en que tiene la movilidad reducida.
-¿Y qué tipo de persona es? –Preguntó con el rostro pensativo –No me gustaría cuidar a ninguna vieja que no se pueda levantar de la cama. –Nicolás soltó unas risas las cuales eran de muy mal gusto.
-¡Que no idiota! Es de un chaval de unos dieciocho años, que está en silla de ruedas desde muy pequeño. Vive en el bloque de pisos continuo al mío, y al pasar vi un cartel donde buscaban una persona cualificada para cuidarlo, y ayudarle en todo lo que precise.
Nicolás se quedó algo pensativo. El ya tenía la formación necesaria, y seguro que podría trabajar con ese chico. Empezó a meditar, que si trabajaba, podría volver a tener dinero para sus caprichos. Así que no le dio más vueltas a su cabeza.
-Puede que me acerque, haber que tal. Si todavía estoy a tiempo, y sus condiciones son buenas, no me importaría.
Diego, que casi lo teníamos olvidado, como siempre suele ocurrir, abrió la boca y comentó:
-Ten cuidado. Dicen las malas lenguas, que no es muy amigable. Es muy cerrado, y apenas habla con nadie.
Nicolás, respondió jactándose de su comentario:

-¡Yo por dinero me enfrento a cualquier bestia!