viernes, 13 de diciembre de 2013

Capítulo 5

Capítulo 5


-No me lo creo. ¿Eso te pidió? –Preguntó Diego con cara de asombro.
Los gemelos estaban sorprendidos y boquiabiertos en medio del bar de copas.
-Sí. Fue muy extraño todo. –Admitió Nicolás.
-¿Pero solo te pidió eso? –Preguntaba Tomás.
-¿Y que mas quieres que me pida? Creo que ya es bastante pedirme que me dejara el torso descubierto. Pero bueno. Si ignoramos eso, me va bien este trabajo.
-Míralo por el lado bueno. Mientras no te pida que te desnudes completamente no habrá problema. ¿No crees? –Dijo Tomás burlándose de Nicolás.
El camarero llegó. Dejó en la mesa una coca-cola para Nicolás y dos zumos de naranja para los gemelos. Acto seguido miró a Tomás, y sonrió. Nicolás se quedó extrañado de tal acto.
Tomas sonrió también y su hermano lo miró mas extrañado aún.
-¿Y esas miradas tan cómplices? –Preguntó Diego, dándole un codazo a su hermano.
-No sé de qué me hablas. –Tomás cambió el semblante entonces.
-Solo pones esa cara cuando… -Murmuró Nicolás.
-Eso, cuando te gusta algún tío.
Tomás empezó a reírse a carcajadas las cuales no pudo aguantar.
-Y lo mejor es que el camarero le ha sonreído. ¿Hay algo que me has ocultado?
-Puede ser. –Respondió Tomás a su hermano.
-¡Pues ya me lo estás contando todo!
Nicolás se acomodó en la silla del bar a escuchar la nueva historia de amor que en su grupo de amigos surgía.
-Pues hace varias semanas, lo conocí en un chat. Hemos pasado bastantes horas al día hablando. Y puede ser que una chispa haya surgido.
-¿Cómo se llama? –Preguntó Diego con cara de curioso. -¿Qué edad tiene? ¿Dónde vive? ¡Cuéntanoslo todo!
Los tres amigos hicieron como si nada pasara, puesto que el camarero se les había acercado casi sin darse cuenta. Había dejado un plato pequeño con golosinas y debajo del plato una nota.
Tanto Diego como Nicolás se le quedaron mirándole. Tomás cogió la nota, ocultándola de su hermano que estaba a su lado, y una sonrisa de complicidad salió de sus labios. Rápidamente se levantó de la silla, y dijo algo apresurado:
-Me voy un momento fuera. ¡Y no vengáis a espiar que os conozco!
Mientras él salía por la puerta, el camarero le seguía detrás.
Diego y Nicolás, cuando ya les perdieron de vista, se quedaron mirando.
Después de un corto silencio, donde los pensamientos se hacían impuros entre ellos, al pensar que harán Tomás y el camarero, Diego preguntó con sarcasmo:
-Y entonces, ¿Cómo dices que te va el trabajo?

Otro momento de grandes carcajadas, se vio obligado a florecer en el ambiente.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Capítulo 4

Capítulo 4
Pasaron tres días y con ellos tres interminables mañanas de trabajo. Seguía todo en las mismas. Erik, seguía sumergido en el mundo del arte, sin querer mediar palabras con quien es su cuidador. La vida pasaba y con ella ciertos momentos de expectación ante el resultado de sus quince días de prueba. Aunque por otro lado por ahora nada iba mal, y nada podría hacer fallar en un último instante la felicidad de Nicolás, al saber que pronto tendría un puesto de trabajo con el que poder ser feliz.
-No me has contado nada todavía sobre tu trabajo. ¿Qué tal te va?
Son las siete de la mañana y Nicolás se acaba de levantar y pasaba al salón de su casa. Allí su madre le tenía el desayuno preparado. Raro en ella, ya que desde muy pequeño lo enseñó a prepararse su propio desayuno.
Después de un largo bostezo Nicolás respondió:
-Pues bien mamá. No me puedo quejar. Apenas hago nada. Solo ponerle el desayuno a un chico de mi misma edad, hacerle compañía y a veces ni eso.
-Total. Que por ochocientos euros, no haces nada. ¿Me equivoco?
Nicolás miró algo fulminante a su madre, la cual tenía una sonrisa algo pícara en su cara.
-¿No puedes dejar de bromear nunca? –Reprochó Nicolás, algo tajante.
Susana se echó a reír entonces, algo que desquició a su hijo.
-Por supuesto que no. ¿Qué sería yo sin mi sentido del humor? Además… ¡Se que te gusta! ¿A qué si?
Fue entonces cuando Nicolás sonrió, cómplice de las palabras de su madre.
Nicolás tenía hoy una hora libre. Se dirigía a la floristería a comprar flores. Salió temprano para llegar pronto a la apertura del sitio.
A mediados de cada mes, siempre suele hacer lo mismo. Entra, elige unas flores, y  se marcha en dirección al cementerio.
Al llegar, ya estaba abierta. Como de costumbre la dependienta lo recibía con una sonrisa. Nicolás se preguntaba a veces, si era consciente de su forma de sonreír. A lo mejor no lo hacía con mala intención. Su forma de sonreír era algo macabra, daba miedo.
-Buenos días –Casi gritó la mujer.
-Buenos días –Repitió Nicolás, en un tono más bajo intentando recalcar lo incómodo del asunto.
La mujer volvió a hablar algo más apacible:
-¿Te puedo ayudar en algo?
-Sí. –Contestó. –Quería ver algún ramo de flores, de color amarillo si puede ser. Concretamente es para llevar a un difunto.
-Ah… Sí, tengo las flores indicadas para ti. ¿Te gustan las rosas amarillas? –La dependienta se dirigió a la zona derecha del local y cogió el ramo que venía indicando. –Creo que son perfectas. ¿No crees?
A Nicolás le gustaron las flores y asintió.
Salió de allí con una bolsa y un ramo de flores dentro. Miró el reloj y vio que no le quedaba tiempo para ir al cementerio, así que decidió ir directamente a su trabajo.
Al llegar, Rosa abrió de inmediato. Ya antes de  abrir la puerta la escuchaba hablar. Tenía el teléfono móvil pegado a la oreja.
-Entonces –Decía Rosa –¿Mañana nos traen un cargamento más? No lo puedo creer. ¡Por fin un artista tan aclamado! Bueno. Ya hablamos. Tengo visita. ¡Chao!
Rosa colgó la llamada.
-Buenos días Nico. ¿Te puedo llamar Nico? Disculpa que te reciba así, de esta forma. Es que por fin la galería de arte que tengo está dando sus frutos.
Nadie le había llamado así a Nicolás. Ni siquiera sus propios amigos.
-Me alegro por ti. –Nicolás esbozó una sonrisa.
Entonces Rosa, se despidió y se fue como de costumbre.
Para su sorpresa Erik, no estaba en el cuarto del fondo del pasillo sumergido en sus inquietudes artísticas. Cuando Nicolás entró al salón a mirar si le habían dejado una nota con las tareas encomendadas, lo vio mirando por la ventana, inmóvil, sin inmutarse por nada a su alrededor.
Nicolás dejó la bolsa con las flores encima de la mesa y se quitó el abrigo que llevaba.
-Buenos días. –Le saludó, casi con las mismas ganas que Erik mostraba.
Erik entonces, miró hacia él:
-Buenos días. –Contestó de una forma casi inaudible.
Después de un silencio incómodo que apenas duró diez segundos Erik se marchó hacia su lugar de siempre.
Mientras recorría el pasillo Nicolás le preguntó:
-¿Puedo ayudarte hoy en algo?
Erik dejó parada la silla de ruedas, se quedó en silencio y dijo:
-Sí. Sígueme.
Entraron en la sala. La temperatura era cálida, tanta que Erik puesto tenía una camiseta de manga corta, algo extraño para Nicolás, que apenas aguantaba un poco de aire frío.
-¿Alguna vez te han hecho un retrato?
Erik se colocó en su lugar de siempre, y dispuso una hoja de papel de gran tamaño sobre una mesa con la superficie levantada, típica de pintores y dibujantes.
Nicolás respondió, dando una expresión en su rostro de aturdimiento:
-No, nunca. ¿Por qué lo preguntas?
-¿Te gustaría que te hicieran uno?
Estaba perplejo. Apenas él le había hablado desde que se conocían días atrás. Sentía algo extraño en que le pidiera algo así.
-Me haría ilusión, la verdad.
Erik abrió una caja de tizas de pastel, y de otra más pequeña que hay al lado, sacó un par de lápices de carbón.
-Coge ese taburete plegable y siéntate, por favor.
El ambiente estaba cargado de cierto momento caprichoso por parte de Erik, el cual no dejaba de mirar a Nicolás, de arriba abajo. Nicolás se había dado cuenta. Había algo extraño en su semblante. No era la misma cara de misántropo la que mostraba.
-Erik, creo que no debemos de hacer esto. Estoy aquí para cuidarte y ayudarte en todo lo que precises. ¿No crees que esto no tiene nada que ver con mi trabajo?
A lo que Erik respondió algo molesto:
-El mero hecho de que poses para mí, ya es una ayuda. Siéntate por favor.
No había nada que hacer. Nicolás tuvo la obligación de sentarse allí y obedecerle.
-Está bien. –Dijo no muy agradado. –Dime que más tengo que hacer.
-No mucho, -Prosiguió Erik. –solo, quítate el jersey.
-¿Cómo? –Preguntó extrañado Nicolás. –No llevo nada más debajo, solo este jersey.
-Esa es la cuestión, que no lleves ese jersey.
Las palabras de Erik dejó a Nicolás desconcertado.
-¿No crees que te estás pasando?  -Las palabras de Nicolás sonaron en un tono duro. –¿Y si llegara tu madre y nos viera? ¿Qué pensaría?
-Por mi madre no te preocupes. Ella no vuelve hasta la hora de comer. El que te tienes que preocupar eres tú. Podría decirle a mi madre que tu trabajo es deplorable. Tú decides.
Hubo un silencio atroz en la sala. No hubo nadie que le haya retado de esa forma. Allí estaba Nicolás. En una situación tan incómoda. Planteándose si quedarse sin camiseta frente al chaval que le daría el sueldo, o negarse y quedarse sin blanca cada mes.
-¿Y por qué yo? –Preguntó Nicolás, tratando de encontrar respuesta a tal suceso.
-¿Ves mucha gente a tu alrededor? Yo solo te veo a ti. Y seguro que no eres mal modelo.
Entonces Nicolás, no tuvo otra que aceptar. Se sacó el jersey, plegó la silla sin respaldo, y se sentó.
-Acepto, pero con una condición. Me dejarás que le haga una copia. No te negarás a eso, ¿no?
-No, claro que no.
Nicolás entonces, fue el objeto de deseo de Erik y  de cualquier pintor, escultor, o dibujante, de tener un bello modelo a su lado. Lo manejaba a su antojo para colocarse y descolocarse de una forma u otra.
Después de tanto movimiento, Nicolás se quedó inmóvil, con el torso algo levantado. Erik le mandó a coger una rosa de plástico que había en la mesa y empezó a dejar trazos de carbón en el papel.
El tiempo pasaba y Nicolás se le cansaba el cuerpo. Le empezaba a doler los brazos que los tenía cruzados sobre el vientre con la rosa asomando por su mano derecha. El silencio habitaba entre los dos, que mas tarde lo abriría Erik.
-¿Te gusta el mundo del arte? –Abrió la boca, preguntando como si nada malo hubiera pasado.
Nicolás se molestó. Hace un momento lo había puesto en un compromiso bajo amenaza. Ahora le daba conversación como si nada malo hubiera ocurrido. Calló en la cuenta entonces de que lo que quizás sentía era miedo a pronunciar la palabra incorrecta en su presencia.
-No. Nunca me paré a ver nada por el estilo.
Un minuto más tarde volvió a sacar conversación. Parecía que era Erik y no Nicolás el que quería sacar conversación ahora.
-¿Por qué aceptaste este trabajo?
-Simplemente necesidad. –Intentó contestarle con la mayor brevedad posible.
Erik entonces, cambió el lápiz de carboncillo por algunas tizas de pastel.
-Por lo que vi hace unos días, -prosiguió el interrogatorio -te gusta el cine. ¿Verdad?
-Sí. –Esbozó una leve sonrisa. –Me sorprendiste con películas de Almodovar en mis manos.
-Ah, sí. Las películas de mi padre. Algo bueno debía de tener.
Erik ya no habló más durante esa improvisada sesión de dibujo con modelo real. Rato después dejó sus lápices y sus tizas de pastel sobre la mesa, y roció el dibujo con espray sellador. Ya estaba listo. Erik lo enrolló en sí mismo el dibujo y se lo ofreció a Nicolás.
-Toma. Prefiero que te quedes con el original.
La tarde llegó, y con ella una falsa nostalgia de falsos recuerdos que a Nicolás le rondaban la cabeza. Eran bastante falsos.
Algunos de aquellos recuerdos lo transportaban a su infancia, sobre sus seis o siete años en la playa. Aquellos días donde él y su madre arrendaban algún piso de algún pueblo costero, siempre diferente de un año a otro, y allí sumergían en el agua del mar todos aquellos problemas que tenían.
Nicolás se revolcaba en la arena, hacía castillos y fortalezas y esperaba que se las llevara el agua. Él le tenía envidia a los otros niños y a sus castillos y fortalezas de arena. Las de los otros niños eran más grandes y más robustas. Miraba a los otros niños con cara triste. Allí estaban sus padres ayudándolos a crear las mejores construcciones de arena y allí estaba él. Miraba hacia atrás después y allí se encontraba ella. Su madre… Sentada en la silla anclada en la arena, bajo una sombrilla multicolor. La más escandalosa de la playa.
Su madre no era más que su consentida, su ángel, su amiga, su protectora, su protegida… Era una madre y un padre a la vez. Susana le sonreía y eso a Nicolás lo hacía feliz, y le daba ánimos a seguir construyendo más castillos de arena.
También era inevitable que el llegarse a imaginar a un hombre, que el mismo ante Nicolás se hiciera llamar papá, allí, ayudándolo. Le resultaba extraño a ese niño de seis o siete años.
Ahora todo cambió. Ahora son otras cosas que le daban ánimo a seguir adelante.
Se encontraba parado frente a la puerta del cementerio, terminándose el cigarrillo que en sus dedos portaba. Miraba las flores una y otra vez. Le venían pensamientos algo extraños a la cabeza. ¿El día que él estuviera muerto, alguien se preocuparía en dejarle flores y algún cigarrillo en su tumba? ¿Se tomarían a su salud algún trago de Whiskey de su marca favorita? ¿Le llorarían? ¿Le reirían?
Dejó los pensamientos a un lado y entró al cementerio, no sin antes darle un pisotón a la colilla del cigarro, y echarla de una ligera patada a una alcantarilla.
Mientras paseaba hasta su destino, se acordaba de Diego. De lo poco que Nicolás sabía, es que le encantaba pasear por los cementerios. Acarreaba en sus espaldas a su corta edad varias personas fallecidas. Para él, el pasear por un campo santo no era más que rendirles un triduo a las personas que allí descansaban. Diego explicó que la muerte, para él no es más que un descanso eterno, y que no por ello se les debían olvidar, ni dejar de ir a visitarlos, hablar con ellos y desahogarse. Nicolás siempre le escucha. Le encanta saber sobre su filosofía de vida.
Cogió las flores marchitas que dejó el mes anterior y las lanzó al vuelo a una papelera que había al lado. En ellas las letras muy ennegrecidas:

Felipe Nicolás Sánchez Zambrano
15/08/1986
Falleció a los 24 años de edad
Tu mujer, tus hermanos,
tu hijo y tus amigos
no te olvidan…

Las nuevas flores le daban luz a una lápida negra. Las dejó caer en el sitio de las flores marchitas y se quedó mirando la foto que hay al lado de la esquela un largo rato. En ella, reconocía a un hombre joven, con el que comparte ciertos rasgos, como sus carnosos labios, y su pelo moreno con reflejos rubios. Era bastante bello, y Nicolás era consciente de que sus buenos genes, los había heredado de él, su padre.

Rato después se puso en camino a su casa. Tiró la bolsa que portaba las flores en la papelera, esta vez sin hacer lanzamiento ninguno y se fue. 

martes, 3 de diciembre de 2013

Capítulo 3

Capítulo 3





El fin de semana pasó rápido. Tan rápido que cuando menos lo esperó, Nicolás ya se dirigía a casa de Rosa a empezar a trabajar con un chico que ni siquiera conocía.
Cada vez que se acordaba de la borrachera que tuvo que aguantar de su madre, se abochornaba nada mas pensarlo. Él y los gemelos estuvieron toda la noche del viernes bailando y brincando por toda la discoteca, intentando darle de lado a la madre de Nicolás, la cual era el centro de todas las miradas. Al menos agradecieron que no se quisiera quedar toda la noche, y se fuera no mas pasadas las tres de la madrugada.
Un par de horas después, Diego se había ido un rato con un joven que conoció esa misma noche, y no volvió hasta después de una hora. Tomás, por el camino de vuelta a casa, no dejó de hacerle bromas.
-Entonces que, ¿Has triunfado? Espero que utilizara protección, porque no quiero tener un sobrino todavía, que soy bastante joven. –Una mirada de rechazo instantánea fulminó a Tomás por parte de Diego, el cual era interrogado por su hermano.
-¿Quieres dejar de meterte en lo que no te importa? ¡Imbécil!
-¡Anda tonto! –Tomás hizo una carantoña en la cara a su hermano, la cual este rechazó de inmediato. -¿No me quieres presentar a mi nuevo cuñado? Eso es de ser muy mala persona.
-¿Y tú por qué no cuentas nunca nada de todos los que te traes a casa cuando mamá no está?
-Porque para eso estás tú, con lo que te gusta espiarme y poner tu oreja en la puerta de mi cuarto. –Tomás cambió el semblante divertido, a un semblante un poco más serio, sin llegar a perder el humor. -Y ya que tú te interesas por mi vida amorosa, yo me intereso por la tuya. ¿No crees que es justo?
Diego, vencido por las palabras de su hermano, dio un bufido al aire y miró a otro lado, manteniéndose al margen como de costumbre.
El frío de la mañana hizo que los pies casi no los pudiera notar. Se quedó un momento parado ante el portón del bloque de pisos, inmóvil, como si una fuerza ejerciera presión en sus zapatos contra el suelo. Realmente, esa fuerza, no es más que la impotencia que sentía en ese momento. Miró su reloj y vio que llegaba veinte minutos más temprano de lo debido. Así que encendió un cigarro, se apoyó en la pared al lado de la entrada, y esperó que se consumiera su pitillo, como el anciano que espera que se consuma lo poco que le queda de vida.
Posteriormente, subió hasta el tercer piso, y llamó a la puerta. Rosa abrió rápidamente y le invitó a pasar. Estaba nerviosa. No dejaba de moverse por la casa, de un cuarto a otro, de una estancia a otra, algo que dejó extrañado a Nicolás.
-Por favor, acomódate. Siéntate en el sofá, y disculpa mis nervios. Llego tarde. –Dijo algo extasiada. –Por cierto, hay una nota en la mesa, con algunos quehaceres. Mírala cuando puedas.
Nicolás miró la mesa, y encima vio un trozo de papel, que de lejos se intuía que no había gran cosa escrita. Cuando volvió a mirar a Rosa, vio que se estaba abrigando.
-Yo me tengo que ir a trabajar. Espero que no te surja ninguna complicación. Si necesitas algo, tienes mi número apuntado en el papel. Te veré mas tarde. ¡Chao!
Y dio un portazo antes de que Nicolás pudiera abrir la boca. En aquel momento, miró a su alrededor y se vio aturdido entre tanta antigüedad. Se puso en pie, y fue a buscar la nota. Era bastante simple:
Erik estará en la sala que hay al fondo del pasillo.
Tiene el desayuno preparado. Dáselo cuando sienta hambre.
Lo más importante es no agobiarle. Si en algún momento quiere hacer algo por sí mismo, permítelo.
Si tienes algún problema o alguna duda, no dudes en llamarme.
Pensó en un momento que tenía que almacenar el contenido de la nota en su memoria y lentamente se puso en camino hasta la sala donde Erik se encontraba.
Por el pasillo había varios cuadros bien trabajados. Mayormente, tenían plasmados a modelos semidesnudos. Apenas le dio mucha importancia a lo que se encontraba colgado en las paredes y siguió su camino.
Se quedó parado justo al principio de la entrada observando. La sala, estaba repleta de coloridos cuadros por las paredes y por el suelo, apilados de pie, reposando los unos en los otros. Era una sala grande, y bien luminosa, luz que entraba por un gran ventanal en la zona de la izquierda. Miró al centro, y allí estaba él. Allí se encontraba Erik, cara al ventanal pintando sobre un gran lienzo. Nicolás dio unos pasos más, y se quedó paralizado nuevamente, sin querer hacer ruido. Se quedó mirando a Erik durante un momento. Vio a un chico que representa los dieciocho años que Rosa indicó, sentado en una silla de ruedas. El pelo lo tiene  peinado hacia su derecha, y tiene una piel pálida, que parece sedosa. Era un chico bellísimo, y de eso Nicolás se había dado cuenta. Una gran calma tenía aquel lugar y también un gran silencio. Solo la calma se encontraba rota por las pinceladas que en tiempo real estaba dando en el lienzo.
Erik entonces, despegó la mirada de la tela manchada por lo que parecía oleo, y dirigió sus ojos color miel a Nicolás, y lo persiguió desde su cabeza hasta sus pies, y viceversa después. Como si del mismísimo aire se tratara, volvió a dirigir lo que parecía una inspección ocular otra vez a su entretenimiento.
Nicolás, desconcertado, para quitar tanta tensión en el ambiente, hablo:
-Hola, soy Nicolás. Tu madre no nos presentó. Por ahora vendré a cuidarte.
Erik, con el talante inapetente, volvió a observar a Nicolás, y repitió el gesto de ignorancia después, con la única diferencia de que por fin se dignaba a hablar.
-Traes los labios morados. ¿Tanto frío hace en la calle?
A Nicolás, le pareció algo rara la pregunta. Se tocó los labios y los notó rajados y quebradizos. Erik seguía pintando lo que parecía ser un hombre algo delgaducho de espaldas, completamente desnudo en medio de un bosque oscuro.
-Pues sí, hace bastante frío.
Entonces, volvió a echar un vistazo por todo el habitáculo. Una mesa, con un montón de estanterías, se encuentra en la pared de la derecha, con un montón de fotografías de personas, paisajes, y barios dibujos a mano. Arriba de la mesa un par de estanterías con más lienzos de menor tamaño, apilados como todos unos encima de otros, y varias paletas de madera donde se coloca la pintura, bastante sucias y malgastadas.
Después, se quedó mirando algunos cuadros que estaban colgando de las paredes. Eran auténticas obras maestras, dignas de estar expuestas en galerías de arte. Aunque le extrañó una cosa. Todas las personas pintadas sobre aquellos lienzos tenían un semblante triste. Estaba tan sumergido en aquellos cuadros, que apenas escuchó a Erik, que volvía a hablar.
-¿Te gusta Amy Winehouse?
Rápidamente Nicolás se dirigió a Erik y casi balbuceando le pidió que repitiera la pregunta.
-Que si te gusta Amy Winehouse. –Le repitió Erik, con un tono de voz más seco.
Él, respondió con sinceridad:
-La verdad es que nunca lo he escuchado. ¿Por qué lo preguntas?
Erik se quedó en silencio durante un momento y más tarde añadió:
-El disco se ha terminado por esa cara. –Entonces señaló con la punta del pincel que tenía en la mano a un tocadiscos, que había al lado del ventanal. –Dale la vuelta y coloca la aguja otra vez.
Fue hasta ese tocadiscos, que a simple vista parecía bastante antiguo. Cogió el disco con bastante cuidado. Lo volteó, y lo volvió a encajar en él. Cogió el brazo de la aguja y se asustó, al ver que el plato del tocadiscos empezó a girar tan de pronto. Colocó la aguja al principio del disco, con la etiqueta blanca en el centro y empezó a escuchar lo que el disco emitía. Nicolás estaba perplejo. El sonido que por los altavoces salía, parecía como el de un huevo frito, recién echado en el aceite hirviendo. Aquel sonido acabó, y salió a bajo volumen una potente voz femenina. En otro lugar de la mesa, donde aquel equipo algo arcaico estaba colocado, estaba lo que parecía la carpeta que portaba el disco. La cogió, y la observó detenidamente. Allí estaba plasmada una bella mujer sentada en una silla de madera con el pelo negro a la altura de los codos, ataviada con un vestido blanco con lunares rojos, un cinturón rojo a juego con el vestido, y unos zapatos con estampado de leopardo. Casi ni se veía, lo que también portaba. Un tatuaje de lo que parecía una chica pin-up en su brazo derecho. A Nicolás le parecía toda una belleza. A lo largo del disco, su nombre en letras mayúsculas “AMY WINEHOUSE” y con letras algo más pequeñas “BACK TO BLACK”, el título del álbum.
Luego de dejar en su sitio la carpeta del disco, miró nuevamente a Erik, al mismo tiempo que escuchaba la canción. Era contradictorio. Un alma en pena escuchando una canción alegre. Algo no encajaba.
El ambiente que todavía poseía aquella sala, hizo que Nicolás, quisiera hablar algo más con él. Quería de alguna manera ofrecerle su confianza.
-Me encantan tus cuadros. Son muy bonitos. –Le quiso premiar con sus palabras.
-Gracias. –Agradeció Erik, con una voz casi insonora y sin inmutarse.
Nicolás entonces, no sabía qué hacer y preguntó:
-¿Necesitas que te ayude en algo por ahora?
Y Erik, sin cortarse ni un pelo respondió algo brusco:
-Necesito que te marches. Quiero estar solo.
Las palabras de la boca de Erik retumbaron en los oídos de Nicolás, e hizo caso de su orden.
El sonido de las pinceladas se fue haciendo pequeño, mientras recorría el largo pasillo en dirección al salón. Se sentó en el sofá que ya tenía por costumbre, y allí esperó un buen rato. Miró a un lado, y después a otro. La casa se hacía extraña. Echó la espalda hacia atrás en el asiento para acomodarse, y cerró los ojos. Los nervios entonces, se apoderaron de él. Volvió a coger postura y se puso de pie en seguida.
Solo le llevó un momento pensar lo que quería hacer. Empezó a recorrer la estancia lentamente, como si quisiera hacer tiempo, y empezó a curiosearlo todo. Primero, se acercó a la ventana. La calle, se hizo eco de su mirada. Desde aquella ventana se ven unos árboles algo frondosos, con gente muy abrigada paseando lentamente, como si el tiempo no importara. Nicolás se dio cuenta de ese suceso y pensó, que quizás el tiempo a él si le importaba, ya que después de aquella desastrosa presentación con el chico que debía cuidar, el tiempo se le hacía eterno. Algo más lejos de aquellos árboles, transcurría el agua algo lenta, del río que atraviesa Sevilla. ¿Todo en aquel momento iba a cámara lenta?
Ignoró la ventana y se dispuso a pasear por la estancia. Al acercarse a un viejo mueble, observó una auténtica filmoteca, de la cual no se había percatado antes. Contó los estantes, de toda una estantería llena de películas. En total, diez estantes de un metro y medio de anchura, que casi llegaban al techo, lleno de películas en DVD y en VHS. Creía muerto este último formato, pero por lo que vio, todavía hay gente que lo usaba. También una pequeña colección de Blu-ray, la cual estaba situada en menor cantidad en la esquina inferior derecha. Miró detenidamente todos los estantes, uno por uno, y se dio cuenta de que estaban ordenados alfabéticamente por director, VHS a la izquierda, y DVD a la derecha. Rápidamente, fue a buscar la A de Almodóvar. Esa fue su sorpresa. De ambos formatos había bastantes películas de su director de cine preferido.
Sacó algunas de ellas de su lugar y empezó a observarlas detenidamente. Se lamentó Nicolás entonces, de que algunas de ellas son ediciones especiales que él no tenía. Abrió las cajas y observó sus libretos. Quedó maravillado.
Un buen rato pasó, y unas ruedas chirriantes se acercaron, y con ellas, Erik encima, empujándolas. Se dirigía a la cocina, aunque antes de llegar, le preguntó a Nicolás:
-¿Me puedes poner el desayuno?
Nicolás, que estaba de espaldas a él sentado, lo miró y con pocas ganas contestó:
-Claro, ahora mismo.
Fue entonces cuando se puso en camino y rápidamente hizo lo debido.
Entró en la cocida y vio una bandeja con su comida. La puso encima de la mesa. El desayuno no era más que unos cruasanes y un vaso de leche el cual tuvo que servir.
Nicolás no quiso importunar, así que se lo dejó solo.
Las horas pasaron. Casi interminables se volvieron para Nicolás, que no volvió a mediar palabra con Erik. La puerta se abrió. Una vocecilla dentro de la cabeza de Nicolás gritó, “¡Por fin!”.
Rosa aparecía con una leve sonrisa dibujada. Se le acercó y preguntó con un tono de cansancio:
-¿Qué tal te ha ido?
Él pensó para sus adentros, “mal, fatal, lo más bonito de tu hijo es que se preocupa por el tono de mis labios” y simplemente respondió:
-Bien, muy bien. Veo que tiene muy buena mano con los pinceles. Me encantan sus creaciones.
Rosa, puso buena cara al cumplido que le dio a su hijo.
-Ya te dije que tiene muy buena mano con la pintura desde pequeño. Y para muestra, un botón. Mira.
Señaló su retrato del salón y sonrió.
 –Creo que me pintó más guapa de lo que soy.
Después de un momento feliz que tuvo, Rosa entonces cambió el gesto y se puso un poco más seria.
-¿Y cómo te ha recibido? –Preguntó con curiosidad.
-Bueno… -Nicolás intentaba buscar las palabras adecuadas. –Veo que es un chico de… Pocas palabras.
Rosa miró el suelo y se apartó un mechón de pelo de la cara, y se lo echó detrás de la oreja.
-Es solo al principio. Supongo. Solo espero que no te acarree algún problema.


martes, 26 de noviembre de 2013

Capítulo 2


La mañana del día siguiente se despertó bástate fría. Mas fría incluso que el día anterior. Nicolás, estaba con las mantas de su cama hasta el cuello. Odia el frío. Tanto lo odia que duerme con cinco mantas.
El despertador sonó a las 8:00 de la mañana, de un viernes de Noviembre, y dio paso a su arreglo personal matutino, del que le llevaría una hora llevarlo a cabo.
Al terminar, pasó al salón comedor donde estaba su madre tendida en uno de los sofás, la cual estaba algo extrañada al verle.
-¿Y eso? ¿Cómo es que estás madrugando? ¿Estás enfermo cariño? –Preguntó su madre en tono de mofa.
-No mamá. Una vecina de mis amigos los gemelos necesita un cuidador para su hijo. Y creo que doy la talla, así que voy a darle mi currículum, haber si tengo suerte y me da trabajo.
Susana, que es así como se llama su madre, puso cara de expectación. No creía que su hijo pudiera decir esas palabras algún día, y respondió:
-Realmente creo que estás enfermo, hijo mío.
El sarcasmo y el buen humor es lo que a Susana le caracteriza.
Ella es una mujer de cuarenta años, alta, rubia, y unos ojos color azul cielo que portan una hermosa cara. Y a pesar de su edad, tranquilamente aparenta ser una mujerzuela de treinta años. En definitiva, se conserva bastante bien y es muy atractiva.
-Bueno mamá, -añadió Nicolás –Me voy. ¡Deséame suerte!
-¡Suerte! –Replicó con deseo su madre, poco esperanzada, al mismo tiempo que un portazo dado por su hijo sonaba.
Nicolás, carpeta en mano con todo lo que le haría falta, salió de su casa bastante rápido. Llevaba bastante prisa. Tenía ganas de llegar a aquella casa y saber si tenía posibilidades de optar a ese trabajo del que les habló Tomás el día anterior.
También estaba algo preocupado por el comentario que hizo Diego. “Ten cuidado. Dicen las malas lenguas, que no es muy amigable. Es muy cerrado, y apenas habla con nadie”. Las palabras de su amigo le daban vueltas en su cabeza. Tenía algo de temor. ¿Y si le daban el trabajo, y se encontraba con el mismísimo demonio en silla de ruedas?
Aún así él, tenía bastantes ganas. También se imaginaba con ropa nueva todos los meses y otras cosas que no sirven para nada. Era eso lo que le lanzaba hacia adelante.
Salió en dirección a la calle Torneo, la cual conecta casi toda Sevilla y paró en la parada del bus que lo dejaría cerca de su destino.
Luego de un largo viaje, sentado en uno de los últimos asientos del bus y escuchando música evadido del mundo, bajó a su destino. Recorrió la calle hasta el portón del bloque de pisos, y se fijó un instante en un folio pegado con cinta adhesiva, el cual las letras andaban algo descoloridas por los estragos de la lluvia.
El texto del cartel de la oferta de trabajo era muy directo.
“Se precisa cuidador/a con la formación necesaria para atender a chico de 18 años con movilidad reducida.
Se dará buen sueldo.
Para más información, consulte en el tercer piso, a la derecha.”
Nicolás se fijó en concreto donde ponía “Se dará buen sueldo”, algo que hizo que sonriera.
Terminó de abrir el portón, que estaba encajado, y subió las escaleras. Llamó a la puerta y un calambre le sacudió el estómago. Empezó a respirar un poco mas agitado y rápidamente intentó calmarse, y parecer una persona civilizada, o por lo menos, persona.
Para cuando la puerta se abrió se encontraba algo mejor pero con la cara un poco desencajada.
-Hola, buenos días. –Dijo con una voz entrecortada. –Venía por lo del anuncio.
Al otro lado de la puerta, se encontraba una mujer que podría tener la misma edad que la madre de Nicolás, que sonreía al verle. Lo miró de arriba abajo, y de abajo a arriba, y preguntó:
-¿Es por el anuncio de la puerta de abajo?
Nicolás, sin poder abrir la boca por la tensión del momento, solo pudo asentir.
-Busco… -Prosiguió la mujer del otro lado de la puerta -…un buen cuidador que esté cualificado para cuidar a mi hijo que tiene dieciocho años y necesita cuidados especiales. ¿No eres un poco joven para andar cuidando gente?
Cuando por fin pudo balbucear algunas palabras, le explicó:
-No… Eh… Sí, bueno. –Nicolás intentó sacar de la carpeta una hoja, con la acreditación correspondiente para enseñársela, y entonces se le cayó al suelo todos los papeles de la carpeta. Cuando los recogió, siguió hablando. –Tengo aquí mi titulación que me acredita. Estudié atención sociosanitaria. También tengo aquí una carta de recomendación de mi tutor de prácticas, y mi currículum, por si le interesa.
La mujer, miró a Nicolás con cara de asombro. Cogió las hojas que le mostraba, se apoyó sobre el quicio de la puerta y empezó a mirarlas en silencio, el cual se volvió algo incómodo para él, que estaba allí solamente mirando, todavía nervioso.
Momento después, la mujer le miró a los ojos, y le dijo con cara de intriga:
-Con que muestras entusiasmo en el trabajo, y eres receptivo con tus superiores. Además de tener siempre un buen trato con los enfermos que cuidas. ¿Y cómo dices que te llamas?
-Nicolás, señora.
-Por favor, tutéame. Si se me permite ser indiscreta, ¿Por qué quieres el trabajo? –Preguntó la señora alzando una ceja.
Nicolás, apenas tenía una respuesta preparada. Tampoco podía responder que era para meros caprichos, sería poco profesional. Aún así supo que responder:
-Bueno, es casi una necesidad. Ya estoy cansado de no hacer nada con mi vida. Llevo varios meses que no hago nada, y a nivel personal, necesito hacer algo.
Las mentiras estaban a la orden del día, y al parecer tenían buen efecto. La señora, cambió la expresión de su rostro, y parecía encantada.
-Bueno. Haber que puedo hacer por ti. ¿Te gustaría pasar y hablamos más tranquilamente?
La proposición que le hizo lo dejó un poco mas desconcertado. Nicolás solo tenía malos pensamientos. ¿Y si se encontraba con el chico y se opone? ¿Y si hacía algo que no le gustara ni a la madre ni al hijo?
Al parecer es una casa grande. Nicolás fue invitado a sentarse en lo que parecía el salón central. Se acomodó en el centro de un gran sofá con un estampado de colores celestes que parece de época. La decoración también parece bastante arcaica. Muebles de madera de color oscuro, llena de tomos de enciclopedias. A la derecha de Nicolás, una mesa con varias sillas del mismo color que el resto de los muebles, con un jarrón con flores naranjas, y algunas estanterías. Todo era muy sobrio y quizás el color naranja llamaba la atención.
Lo que más me llamó la atención, fue un gran cuadro enmarcado, de un bello retrato de la señora con la que conversaba.
Al lado del sofá, en una mesita pequeña, reposaba un marco plateado muy brillante, y dentro una foto de un niño pequeño sonriendo. Parecía feliz.
-Ante todo me presento, -Dijo mientras se sentaba en un sillón a su lado -me llamo Rosa, y soy la madre de Erik, la persona a tratar. Es mi deber informarte, de lo que en realidad necesito. La mujer que cuidaba a mi hijo, se marchó hace un par de semanas. Ella lo cuidó desde pequeño, y ya por edad ha preferido marcharse. El servicio que le ofrecía era, estar con él todo el tiempo, ayudarle en todo lo que precise, y de vez en cuando hacerle de comer. También limpiaba el cuarto de Erik cuando yo no podía estar en casa. Todo esto lo hacía de lunes a viernes, en horario de mañana, y dos viernes al mes trabajaba por la noche, quedándose a dormir. En definitiva, lo que hay que hacer es ayudarle a mantener una vida mejor, dentro de sus posibilidades. –Rosa fue clara y directa, algo que Nicolás agradecía. Mantuvo silencio durante un momento, miró la foto de aquel niño pequeño y prosiguió –El tiene la movilidad casi reducida desde la cintura hasta los pies. Apenas puede mover nada, solo levanta una cabeza del suelo cada pierna. Sin la silla de ruedas, su vida no tendría sentido.
Para Nicolás, esa historia, no era más que una historia repetida entre tantas personas como gotas tenía la lluvia.
-Aunque con él, -Rosa siguió su testimonio –hay doble trabajo. A día de hoy no logró superar que no puede andar. Por eso es un chico que apenas habla, no quiere relacionarse con nadie, y solo dedica el día pintar y dibujar. Desde muy pequeñito tiene ciertas capacidades para la pintura. –A Rosa se le iluminaron los ojos –Desde que perdió la movilidad, se hundió en sus sueños de inquietudes artísticas para evadirse del mundo. En definitiva, a cualquier persona le costará tratarle, ese es el trabajo extra, pero creo que el tiempo hará algo bueno por él.
Entonces, acomodó una pierna sobre la otra y se dejó caer sobre el respaldo. Miró a los ojos a Nicolás, y le dijo sin más demora:
-Me has gustado Nicolás. Creo que eres la persona perfecta para cuidar a mi hijo, aunque todavía me queda saber un poco mas de ti. Dime, ¿eres de Sevilla capital?
Nicolás por fin abría la boca en aquella sala.
-Si –Contestó –Vivo al lado de la catedral.
-Oh, perfecto. Así que no tendrás que venir de muy lejos. ¿Y qué edad tienes? –Rosa parecía interesada.
-Tengo dieciocho, señora. El mes que viene cumplo los diecinueve.
-Perfecto. Por ahora, solo una última pregunta más. ¿Tendrías la disponibilidad inmediata?
Nicolás, ya se le encendían los ojos. Ya notaba que el trabajo estaba por llegar, y respondió con toda seguridad:
-Sí, claro. Cuando usted lo precise.
-¡Perfecto! –Se levantó y fue hasta uno de los muebles. Una vez allí, tomó una hoja de papel, y me la ofreció.
Me levanté, y nos fuimos hasta la puerta. Mientras ella, me estaba contando.
-Ahí están escritas las condiciones de contrato y mi número de teléfono al final de la página. Espero que esté todo bien explicado y no te surjan dudas. Entonces, ¿Nos veremos este viernes?
-¡Por supuesto!
 



Por el camino de vuelta a casa, fue leyendo la hoja con las condiciones. Era fabuloso. Entre otras cosas eran: sueldo mensual de ochocientos euros, alta en la seguridad social, sábados y domingos libres.
También indicaba, que los primeros quince días, eran de prueba, y si pasaba el proceso, firmaría su primer contrato.
En definitiva, se encontraba con lo mejor que le podía pasar.
Al llegar a casa, lo primero que hizo fue contárselo a su madre.
-No me lo creo. ¿Cómo has podido conseguir tu esto? –Susana, estaba exhausta.
-Pues ya ves mamá. Tomás, me dijo que me acercara a casa de su vecina. Tiene un hijo enfermo, y necesita cuidados de un profesional. Como lo soy yo.
-Pues entonces, creo que habrá que celebrarlo, ¿No? –Insinuó su madre con verdadero entusiasmo. –Esta noche le dices a los gemelos que nos vamos de discotecas. ¡Hay que celebrar que por fin mi hijo es un hombre!
Nicolás al escuchar a su madre decir tal barbaridad no pudo hacer otra cosa que reírse a carcajadas y contestarle con un gran sarcasmo:
-¿Para qué? ¿Para beber zumitos? ¿O para ligarte al portero?

-¡No idiota! –Le replicó a su hijo, que seguía riéndose. –¡Para disfrutar esta noche, y coger una cogorza buena!

Capítulo 1


Una hora. Solo una hora le lleva estar perfecto para salir. Una hora solo…
Nicolás, se planta como todos los días ante el espejo y se mira. Se pasa la plancha por el pelo, le da la forma deseada una y otra vez hasta que queda perfecto. Observa su bello cuerpo, pasa los dedos por sus músculos del torso, los cuales les tiene demasiado aprecio, y se vuelve a mirar. Sonríe pícaramente, ya que es su belleza la que le ayuda a ser un auténtico Don Juan. Abre el armario, y escoge varios conjuntos de entre muchos conjuntos de grandes marcas, como son Zara, Springfield, H&M que son algunas de sus marcas favoritas. Se prueba un conjunto, otro, otro, otro… No le gusta ninguno. Al final se vuelve a poner el primer conjunto que se probó, y vuelve a  retocarse el pelo. Después de una hora, de ducha, vestirse, peinarse, y retocarse miles de veces ya está listo para salir. Le da un beso a su madre en la frente, como siempre, y se marcha rápidamente.
Son las 3:00 de la tarde, cuando sale a las calles de Sevilla, con la cabeza bien alta como si quisiera presumir de belleza, que la tiene, y mientras, va escuchando música con los cascos puestos y su Ipod en la mano. Para él la calle se convierte en una auténtica discoteca con la música de Beyonce directamente en sus oídos.
Saca un cigarro de su pitillera plateada, y su mechero plateado con su nombre grabado, y se lo enciende.
Se dirige a Puerta Jerez, donde ha quedado una vez más, con sus amigos Tomás y Daniel. Son hermanos gemelos y tienen diecinueve años, uno más que Nicolás. Dejando a su derecha la fuente con sus grandes chorros de agua, y la estatua de la mujer sobre las hojas de loto encima, se sienta a esperar.
Mira hacía su alrededor. Nicolás siempre fue muy observador, y en ese instante se fija en la estatua. No puede evitar sonreír al recordar la fuente, con la estatua decapitada de la mujer en aquel acto de celebración de la Eurocopa, cuando de un momento a otro alguna persona, en su festejo lleno de gritos, cantos, y entusiasmos, partió la cabeza en dos sobre las 2:00 de la mañana. El estuvo presente, y siempre que pasa por este mismo sitio, se le viene a la mente el mismo recuerdo, que tantas risas le provoca.
-Tío, das miedo.
Mira a su alrededor, y ve a Tomás y Daniel, que por fin llegan a su cita. Era Tomás el que le hablaba.
-¿Qué haces riéndote solo?-Le pregunta, esta vez Daniel, burlándose de él.
Nicolás se pone de pie para recibirlos, ríe esta vez a carcajadas y les intenta explicar para no parecer un bicho raro:
-Son solo recuerdos de cuando pasó lo de la estatua. ¿Os acordáis?
Los gemelos rieron también y asintieron para darle la razón a Nicolás, que seguía con una bella sonrisa  en sus labios.
Los gemelos son chavales altos, con el pelo rubio cobrizo, y los ojos celestes. Ambos son delgados, con la barbilla redonda, que es lo que le da la gracia a su cara. Y por supuesto como dos gotas de agua. Aunque alguna diferencia hay.
Tomás, es el mayor de los gemelos por solo media hora. Tiene un par de pendientes en la oreja derecha, y lleva el pelo mirando hacia arriba. Es muy extrovertido y algo femenino.
Diego en cambio es el más serio y mas callado. El mismo hace saber, que es la sombra de su hermano, aunque los dos brillan por el mismo esplendor. Lleva el pelo rapado por detrás y por los lados, y algo largo por arriba, y se lo peina hacia algunos de los lados, según le venga cada día.
Ambos son el uno para otro. No son los típicos gemelos que siempre visten con la misma ropa, aunque la comparten. Y la mayor curiosidad que guardan, es que los dos, son homosexuales.
Es una fría tarde de Noviembre, casi empezando Diciembre. Ya las calles estaban adornadas con motivos navideños, al igual que el escaparate de las tiendas. Los villancicos sonaban por todos lados como en bares y tiendas de ropa, cosa que le encanta sentir a Nicolás.
Se dirigen hacia un puesto de buñuelos que han puesto en los jardines del Prado.
Tomás, se alza en la conversación, haciéndose notar más:
-Pues a mí nunca me gustaron las películas de Almodovar. Y encima con la última que ha hecho, que solo hace recibir críticas negativas, peor me lo pones. Me parece un mal director.
Nicolás, que es un fan atroz de Pedro Almodovar, le defiende:
-Tú lo que pasa que eres un inculto que apenas sabe nada sobre él. ¡Eso es lo que te pasa! Deberías respetar a este director de cine. Es de lo poco que queda en España que se le pueda llamar bueno. ¿Has visto quizás la película “La mala educación”? Cuando veas esa película, me cuentas.
Diego como siempre, apenas abre la boca, y Tomás, que le encanta ver enfadado a Nicolás, le irrita más:
-Ese solo saca travestis y tíos follando en sus películas. Si se le pueden llamar películas. ¿Y eso es ser un director de cine?
Y Nicolás, algo aburrido de las molestias que a veces le da Tomás, le contesta vencido por la impotencia:
-Lo que tú digas Tomás, lo que tú digas.
Y ambos gemelos, se echaron a reír.
 

Llegó el atardecer, y con él una cajita de cartón llena de buñuelos con sirope de chocolate, del puesto que estaba en la misma entrada de los jardines del Prado. A Nicolás, le encantaba pasear por estos jardines por la primavera. Soñaba con encontrar quizás el amor algún día, mientras paseaba por las fuentes, por los árboles y por todos sus alrededores.
Al final, se sientan en uno de los bancos, algo alejados de la entrada principal. Como siempre, con motivo de la navidad, han puesto una pista de patinaje. Todo el mundo va muy abrigado. Hace bastante frío. Nicolás lleva una negra gabardina muy larga bien abrochada apta para tan altas temperaturas, y un fular de colores oscuros para taparse el cuello.
-Mira Diego, mira ese, -Le comenta Tomás, tan espontáneamente a su hermano. -¿Has visto que tío más guapo?
Justo delante había un chico, como de unos veinte años, que a ojo, podría medir 1:90 de altura. Lo que de él resplandecía, era la cara angelical, y una sonrisa bastante grande.
-Qué, te pone, ¿eh? –Le digo yo, mientras le doy un codazo.
-Está bien –Responde Diego, sin añadir nada más.
-¿Qué está bien? ¿Solo eso? ¿Tienes delante a un monumento y solo dices que está bien? Eres demasiado raro tío. ¿Y tú te haces llamar mi hermano?
Suena esa última pregunta quizás un poco rara, dada las circunstancias.
Diego sonrió a su hermano, con cara de querer decir, “Está más que bien”, y se levantó del banco. Se dirigió a la papelera y tiró su caja de cartón de los buñuelos. Luego se fue alejando en dirección a los baños.
Tomás, abrió entonces el silencio que se hizo:
-Mañana es probable que me valla de compras con Diego. Iremos al centro de tiendas para comprarnos ropa. ¿Te gustaría venir?
Nicolás, hizo un mohín con la cara y soltó un “tss”, y respondió:
-Me gustaría, pero mi madre me ha cerrado el grifo. No le gusta que malgaste mi dinero. Dice que me compro bastante ropa al mes, y que ya tengo los armarios bastante rebosantes. Lo siento. No puedo.
Tomás, miró a Nicolás con cara de lamentación y dijo:
-Valla. Con lo que me gustaría ir juntos.
-Ella dice, -prosiguió Nicolás –que si quiero más ropa, debería de empezar a trabajar en algún sitio y empezar a ganar más dinero. Que está cansada que gaste mi paga completa en ropa, en ir a discotecas, y en todos mis caprichos.
Tomás se quedó pensativo, mientras Diego llegaba y se volvía a sentar. Momento después reaccionó y a Nicolás le preguntó:
-¿Te gustaría trabajar? –Nicolás asintió –Puede que tenga el trabajo perfecto para ti. Ya que has estudiado Atención Sociosanitaria, seguro que sabrás como cuidar a una persona en que tiene la movilidad reducida.
-¿Y qué tipo de persona es? –Preguntó con el rostro pensativo –No me gustaría cuidar a ninguna vieja que no se pueda levantar de la cama. –Nicolás soltó unas risas las cuales eran de muy mal gusto.
-¡Que no idiota! Es de un chaval de unos dieciocho años, que está en silla de ruedas desde muy pequeño. Vive en el bloque de pisos continuo al mío, y al pasar vi un cartel donde buscaban una persona cualificada para cuidarlo, y ayudarle en todo lo que precise.
Nicolás se quedó algo pensativo. El ya tenía la formación necesaria, y seguro que podría trabajar con ese chico. Empezó a meditar, que si trabajaba, podría volver a tener dinero para sus caprichos. Así que no le dio más vueltas a su cabeza.
-Puede que me acerque, haber que tal. Si todavía estoy a tiempo, y sus condiciones son buenas, no me importaría.
Diego, que casi lo teníamos olvidado, como siempre suele ocurrir, abrió la boca y comentó:
-Ten cuidado. Dicen las malas lenguas, que no es muy amigable. Es muy cerrado, y apenas habla con nadie.
Nicolás, respondió jactándose de su comentario:

-¡Yo por dinero me enfrento a cualquier bestia!