Capítulo 3
El
fin de semana pasó rápido. Tan rápido que cuando menos lo esperó, Nicolás ya se
dirigía a casa de Rosa a empezar a trabajar con un chico que ni siquiera
conocía.
Cada
vez que se acordaba de la borrachera que tuvo que aguantar de su madre, se
abochornaba nada mas pensarlo. Él y los gemelos estuvieron toda la noche del
viernes bailando y brincando por toda la discoteca, intentando darle de lado a
la madre de Nicolás, la cual era el centro de todas las miradas. Al menos
agradecieron que no se quisiera quedar toda la noche, y se fuera no mas pasadas
las tres de la madrugada.
Un
par de horas después, Diego se había ido un rato con un joven que conoció esa
misma noche, y no volvió hasta después de una hora. Tomás, por el camino de
vuelta a casa, no dejó de hacerle bromas.
-Entonces
que, ¿Has triunfado? Espero que utilizara protección, porque no quiero tener un
sobrino todavía, que soy bastante joven. –Una mirada de rechazo instantánea
fulminó a Tomás por parte de Diego, el cual era interrogado por su hermano.
-¿Quieres
dejar de meterte en lo que no te importa? ¡Imbécil!
-¡Anda
tonto! –Tomás hizo una carantoña en la cara a su hermano, la cual este rechazó
de inmediato. -¿No me quieres presentar a mi nuevo cuñado? Eso es de ser muy
mala persona.
-¿Y
tú por qué no cuentas nunca nada de todos los que te traes a casa cuando mamá
no está?
-Porque
para eso estás tú, con lo que te gusta espiarme y poner tu oreja en la puerta
de mi cuarto. –Tomás cambió el semblante divertido, a un semblante un poco más
serio, sin llegar a perder el humor. -Y ya que tú te interesas por mi vida
amorosa, yo me intereso por la tuya. ¿No crees que es justo?
Diego,
vencido por las palabras de su hermano, dio un bufido al aire y miró a otro
lado, manteniéndose al margen como de costumbre.
El
frío de la mañana hizo que los pies casi no los pudiera notar. Se quedó un
momento parado ante el portón del bloque de pisos, inmóvil, como si una fuerza
ejerciera presión en sus zapatos contra el suelo. Realmente, esa fuerza, no es
más que la impotencia que sentía en ese momento. Miró su reloj y vio que
llegaba veinte minutos más temprano de lo debido. Así que encendió un cigarro,
se apoyó en la pared al lado de la entrada, y esperó que se consumiera su
pitillo, como el anciano que espera que se consuma lo poco que le queda de
vida.
Posteriormente,
subió hasta el tercer piso, y llamó a la puerta. Rosa abrió rápidamente y le
invitó a pasar. Estaba nerviosa. No dejaba de moverse por la casa, de un cuarto
a otro, de una estancia a otra, algo que dejó extrañado a Nicolás.
-Por
favor, acomódate. Siéntate en el sofá, y disculpa mis nervios. Llego tarde.
–Dijo algo extasiada. –Por cierto, hay una nota en la mesa, con algunos
quehaceres. Mírala cuando puedas.
Nicolás
miró la mesa, y encima vio un trozo de papel, que de lejos se intuía que no
había gran cosa escrita. Cuando volvió a mirar a Rosa, vio que se estaba
abrigando.
-Yo
me tengo que ir a trabajar. Espero que no te surja ninguna complicación. Si
necesitas algo, tienes mi número apuntado en el papel. Te veré mas tarde.
¡Chao!
Y
dio un portazo antes de que Nicolás pudiera abrir la boca. En aquel momento,
miró a su alrededor y se vio aturdido entre tanta antigüedad. Se puso en pie, y
fue a buscar la nota. Era bastante simple:
Erik estará en la sala que hay al
fondo del pasillo.
Tiene el desayuno preparado. Dáselo
cuando sienta hambre.
Lo más importante es no agobiarle. Si
en algún momento quiere hacer algo por sí mismo, permítelo.
Si tienes algún problema o alguna
duda, no dudes en llamarme.
Pensó en un momento que tenía que almacenar el contenido de la
nota en su memoria y lentamente se puso en camino hasta la sala donde Erik se
encontraba.
Por el pasillo había varios cuadros bien trabajados. Mayormente,
tenían plasmados a modelos semidesnudos. Apenas le dio mucha importancia a lo
que se encontraba colgado en las paredes y siguió su camino.
Se quedó parado justo al principio de la entrada observando. La
sala, estaba repleta de coloridos cuadros por las paredes y por el suelo,
apilados de pie, reposando los unos en los otros. Era una sala grande, y bien
luminosa, luz que entraba por un gran ventanal en la zona de la izquierda. Miró
al centro, y allí estaba él. Allí se encontraba Erik, cara al ventanal pintando
sobre un gran lienzo. Nicolás dio unos pasos más, y se quedó paralizado
nuevamente, sin querer hacer ruido. Se quedó mirando a Erik durante un momento.
Vio a un chico que representa los dieciocho años que Rosa indicó, sentado en
una silla de ruedas. El pelo lo tiene peinado hacia su derecha, y tiene una piel
pálida, que parece sedosa. Era un chico bellísimo, y de eso Nicolás se había
dado cuenta. Una gran calma tenía aquel lugar y también un gran silencio. Solo
la calma se encontraba rota por las pinceladas que en tiempo real estaba dando
en el lienzo.
Erik entonces, despegó la mirada de la tela manchada por lo que
parecía oleo, y dirigió sus ojos color miel a Nicolás, y lo persiguió desde su
cabeza hasta sus pies, y viceversa después. Como si del mismísimo aire se
tratara, volvió a dirigir lo que parecía una inspección ocular otra vez a su
entretenimiento.
Nicolás, desconcertado, para quitar tanta tensión en el ambiente,
hablo:
-Hola, soy Nicolás. Tu madre no nos presentó. Por ahora vendré a
cuidarte.
Erik, con el talante inapetente, volvió a observar a Nicolás, y
repitió el gesto de ignorancia después, con la única diferencia de que por fin
se dignaba a hablar.
-Traes los labios morados. ¿Tanto frío hace en la calle?
A Nicolás, le pareció algo rara la pregunta. Se tocó los labios y
los notó rajados y quebradizos. Erik seguía pintando lo que parecía ser un
hombre algo delgaducho de espaldas, completamente desnudo en medio de un bosque
oscuro.
-Pues sí, hace bastante frío.
Entonces, volvió a echar un vistazo por todo el habitáculo. Una
mesa, con un montón de estanterías, se encuentra en la pared de la derecha, con
un montón de fotografías de personas, paisajes, y barios dibujos a mano. Arriba
de la mesa un par de estanterías con más lienzos de menor tamaño, apilados como
todos unos encima de otros, y varias paletas de madera donde se coloca la
pintura, bastante sucias y malgastadas.
Después, se quedó mirando algunos cuadros que estaban colgando de
las paredes. Eran auténticas obras maestras, dignas de estar expuestas en
galerías de arte. Aunque le extrañó una cosa. Todas las personas pintadas sobre
aquellos lienzos tenían un semblante triste. Estaba tan sumergido en aquellos cuadros,
que apenas escuchó a Erik, que volvía a hablar.
-¿Te gusta Amy Winehouse?
Rápidamente Nicolás se dirigió a Erik y casi balbuceando le pidió
que repitiera la pregunta.
-Que si te gusta Amy Winehouse. –Le repitió Erik, con un tono de
voz más seco.
Él, respondió con sinceridad:
-La verdad es que nunca lo he escuchado. ¿Por qué lo preguntas?
Erik se quedó en silencio durante un momento y más tarde añadió:
-El disco se ha terminado por esa cara. –Entonces señaló con la
punta del pincel que tenía en la mano a un tocadiscos, que había al lado del
ventanal. –Dale la vuelta y coloca la aguja otra vez.
Fue hasta ese tocadiscos, que a simple vista parecía bastante
antiguo. Cogió el disco con bastante cuidado. Lo volteó, y lo volvió a encajar
en él. Cogió el brazo de la aguja y se asustó, al ver que el plato del
tocadiscos empezó a girar tan de pronto. Colocó la aguja al principio del
disco, con la etiqueta blanca en el centro y empezó a escuchar lo que el disco
emitía. Nicolás estaba perplejo. El sonido que por los altavoces salía, parecía
como el de un huevo frito, recién echado en el aceite hirviendo. Aquel sonido
acabó, y salió a bajo volumen una potente voz femenina. En otro lugar de la
mesa, donde aquel equipo algo arcaico estaba colocado, estaba lo que parecía la
carpeta que portaba el disco. La cogió, y la observó detenidamente. Allí estaba
plasmada una bella mujer sentada en una silla de madera con el pelo negro a la
altura de los codos, ataviada con un vestido blanco con lunares rojos, un
cinturón rojo a juego con el vestido, y unos zapatos con estampado de leopardo.
Casi ni se veía, lo que también portaba. Un tatuaje de lo que parecía una chica
pin-up en su brazo derecho. A Nicolás le parecía toda una belleza. A lo largo
del disco, su nombre en letras mayúsculas “AMY WINEHOUSE” y con letras algo más
pequeñas “BACK TO BLACK”, el título del álbum.
Luego de dejar en su sitio la carpeta del disco, miró nuevamente a
Erik, al mismo tiempo que escuchaba la canción. Era contradictorio. Un alma en
pena escuchando una canción alegre. Algo no encajaba.
El ambiente que todavía poseía aquella sala, hizo que Nicolás,
quisiera hablar algo más con él. Quería de alguna manera ofrecerle su
confianza.
-Me encantan tus cuadros. Son muy bonitos. –Le quiso premiar con
sus palabras.
-Gracias. –Agradeció Erik, con una voz casi insonora y sin
inmutarse.
Nicolás entonces, no sabía qué hacer y preguntó:
-¿Necesitas que te ayude en algo por ahora?
Y Erik, sin cortarse ni un pelo respondió algo brusco:
-Necesito que te marches. Quiero estar solo.
Las palabras de la boca de Erik retumbaron en los oídos de
Nicolás, e hizo caso de su orden.
El sonido de las pinceladas se fue haciendo pequeño, mientras
recorría el largo pasillo en dirección al salón. Se sentó en el sofá que ya
tenía por costumbre, y allí esperó un buen rato. Miró a un lado, y después a
otro. La casa se hacía extraña. Echó la espalda hacia atrás en el asiento para
acomodarse, y cerró los ojos. Los nervios entonces, se apoderaron de él. Volvió
a coger postura y se puso de pie en seguida.
Solo le llevó un momento pensar lo que quería hacer. Empezó a
recorrer la estancia lentamente, como si quisiera hacer tiempo, y empezó a
curiosearlo todo. Primero, se acercó a la ventana. La calle, se hizo eco de su
mirada. Desde aquella ventana se ven unos árboles algo frondosos, con gente muy
abrigada paseando lentamente, como si el tiempo no importara. Nicolás se dio
cuenta de ese suceso y pensó, que quizás el tiempo a él si le importaba, ya que
después de aquella desastrosa presentación con el chico que debía cuidar, el
tiempo se le hacía eterno. Algo más lejos de aquellos árboles, transcurría el
agua algo lenta, del río que atraviesa Sevilla. ¿Todo en aquel momento iba a
cámara lenta?
Ignoró la ventana y se dispuso a pasear por la estancia. Al
acercarse a un viejo mueble, observó una auténtica filmoteca, de la cual no se
había percatado antes. Contó los estantes, de toda una estantería llena de
películas. En total, diez estantes de un metro y medio de anchura, que casi
llegaban al techo, lleno de películas en DVD y en VHS. Creía muerto este último
formato, pero por lo que vio, todavía hay gente que lo usaba. También una
pequeña colección de Blu-ray, la cual estaba situada en menor cantidad en la
esquina inferior derecha. Miró detenidamente todos los estantes, uno por uno, y
se dio cuenta de que estaban ordenados alfabéticamente por director, VHS a la
izquierda, y DVD a la derecha. Rápidamente, fue a buscar la A de Almodóvar. Esa
fue su sorpresa. De ambos formatos había bastantes películas de su director de
cine preferido.
Sacó algunas de ellas de su lugar y empezó a observarlas
detenidamente. Se lamentó Nicolás entonces, de que algunas de ellas son
ediciones especiales que él no tenía. Abrió las cajas y observó sus libretos. Quedó
maravillado.
Un buen rato pasó, y unas ruedas chirriantes se acercaron, y con
ellas, Erik encima, empujándolas. Se dirigía a la cocina, aunque antes de
llegar, le preguntó a Nicolás:
-¿Me puedes poner el desayuno?
Nicolás, que estaba de espaldas a él sentado, lo miró y con pocas
ganas contestó:
-Claro, ahora mismo.
Fue entonces cuando se puso en camino y rápidamente hizo lo
debido.
Entró en la cocida y vio una bandeja con su comida. La puso encima
de la mesa. El desayuno no era más que unos cruasanes y un vaso de leche el
cual tuvo que servir.
Nicolás no quiso importunar, así que se lo dejó solo.
Las horas pasaron. Casi interminables se volvieron para Nicolás,
que no volvió a mediar palabra con Erik. La puerta se abrió. Una vocecilla
dentro de la cabeza de Nicolás gritó, “¡Por fin!”.
Rosa aparecía con una leve sonrisa dibujada. Se le acercó y
preguntó con un tono de cansancio:
-¿Qué tal te ha ido?
Él pensó para sus adentros, “mal, fatal, lo más bonito de tu hijo
es que se preocupa por el tono de mis labios” y simplemente respondió:
-Bien, muy bien. Veo que tiene muy buena mano con los pinceles. Me
encantan sus creaciones.
Rosa, puso buena cara al cumplido que le dio a su hijo.
-Ya te dije que tiene muy buena mano con la pintura desde pequeño.
Y para muestra, un botón. Mira.
Señaló su retrato del salón y sonrió.
–Creo que me pintó más
guapa de lo que soy.
Después de un momento feliz que tuvo, Rosa entonces cambió el
gesto y se puso un poco más seria.
-¿Y cómo te ha recibido? –Preguntó con curiosidad.
-Bueno… -Nicolás intentaba buscar las palabras adecuadas. –Veo que
es un chico de… Pocas palabras.
Rosa miró el suelo y se apartó un mechón de pelo de la cara, y se lo
echó detrás de la oreja.
-Es solo al principio. Supongo. Solo espero que no te acarree algún
problema.