Cuando Susana vio entrar a Erik,
empujado por su hijo, el gesto de su cara mostró incertidumbre. Casi alcanzaba
a reconocerlo, aunque en su vida jamás lo había visto.
-Erik, te presento a Susana, mi madre.
Susana mostró una falsa sonrisa para
intentar caerle bien desde el principio. Antes de que Erik la saludara, esta se
agachó a darle dos besos que le mancharon las mejillas de rojo carmín.
-Mucho gusto en conocerla, Susana.
–Dijo Erik con una voz apagada.
-¡Valla! ¡Qué educado! Por favor,
pasad al salón. Los gemelos han llegado ya.
Ellos estaban sentados en el gran sofá
del fondo del salón, y justo en la mesa que tenían delante, ya había algunas
botellas de refresco y diferentes snaks. Cuando Nicolás pasó a la estancia se
quedaron extrañados al ver a quién traía con él.
Después de malos chistes, malas caras,
y diversas payasadas de Susana, Tomás decidió dar su regalo.
-Esto lo hemos escogido mi hermano y
yo para ti.
Un calambre recorrió a Nicolás desde
la punta de los dedos de los pies hasta su cabeza, y al mirar a Diego, que
estaba justamente en la otra punta del salón, este bajó la mirada. Era extraño
como tan solo un comentario podía romper la normalidad de una amistad de tanto
tiempo. Nicolás se miró en el espejo que justamente estaba frente a él en el
gran salón de su casa. Por un instante su mente borró el reflejo que a su
alrededor tenía. Miró como una tormenta de verano hizo que se refugiara en
aquel portal de aquella casa tan antigua en el casco antiguo de Sevilla unos
años atrás, donde unos desconocidos gemelos, un tanto curiosos, fueron a
refugiarse al mismo sitio. Diego, como siempre, callado y detrás de su hermano,
y este se lanzó a pedirle un mechero para encender un Malboro que Nicolás
accedió al instante. Aquella lluvia se alejó para dar paso al agua de una
piscina de un viejo chalet en un caluroso verano donde los tres pasaron varias
semanas hasta empezar septiembre, entre romances veraniegos que cada uno vivió,
entre varias botellas de vodka acabadas y rodando por el suelo con sus
correspondientes resacas, y quizás, algún que otro preservativo anudado y
colgando de la papelera del baño, usado con alguna persona que quizás nunca más
volverían a ver. Detrás de aquella estampa se escondía algún que otro desengaño
amoroso, donde Nicolás siempre ofrecía un hombro en el que llorar, y una buena
labia para decir buenos consejos. El espejo le devolvió el reflejo real de la
vida misma dando a ver nuevamente la situación de un momento tan crítico. No
aguantaba más esto, así que haciendo un guiño a un bello recuerdo del pasado,
le dijo a Diego para romper la tensión:
-Diego, ¿me das un Malboro de los
tuyos? Me he quedado sin tabaco. -Diego, que parecía que su mente estaba metida
en un búnker, despertó:
-Sí, claro.
Y este lanzó su paquete de tabaco al
vuelo.
-¡Ábrelo! –Se quejaba Tomás todavía
con el regalo en sus manos.
Nicolás abrió aquella caja, partiendo
el bello papel que la envolvía.
Ya habían demasiadas emociones fuertes
aquel día, y ahora se sumaba una más.
De aquella caja marrón, salió otra
caja que contenía una cámara réflex digital, que a decir verdad, era un
auténtico lujo. El rostro de Nicolás solo mostraba expectación ante tal regalo
que sus amigos les hacían.
-¿Estáis locos? –Preguntó Nicolás.
-Bastante. –Respondió Tomás.
Nicolás a toda prisa abrió la caja y
sacó aquella cámara. Le colocó el objetivo y la batería y la miró
detenidamente.
-Esto es demasiado. ¡Mil gracias!
Susana, que entraba con una bandeja
llena de sándwiches y cruasanes, los cuales seguro ninguno de ellos no se
terminarían, dijo:
-Y ahora viene lo mejor.
Sacó
de su bolsillo un sobre y lo dejó encima de la mesa, y esperó a que su hijo lo
abriera.
Este
lo abrió y sacó su contenido quedándose una vez más boquiabierto.
-Mamá,
creí que el regalo de esta mañana era el único. Este año os habéis lucido
todos.
El
sobre poseía doscientos cincuenta euros en billetes grandes y una nota escrita
por su madre que decía “Espero que te acuerdes de tu madre cuando vayas a
comprarte ropa.”
Más
tarde decidió estrenar su nueva cámara. Mandó a su madre a hacer la primera
fotografía donde quedaron inmortalizados los gemelos, Erik y él.
La
noche llegó, y los gemelos se marcharon. Nicolás preparó una maleta pequeña con
un pijama y diversas cosas varias para pasar la noche en casa de Erik y
mientras Susana no hacía más que hablar con él.
-Entonces, ¿se porta bien mi hijo
contigo? –Preguntaba Susana haciendo alarde de su humor, mientras su hijo en la
lejanía de su cuarto, molesto estaba.
Erik mostró una estupenda sonrisa,
quizás de felicidad por el buen trato que recibía.
-Claro. Tiene usted un hijo buenísimo
Susana.
Susana abrió un poco los ojos al
escuchar la palabra “usted”.
-Oh, no, por favor. No me llames de
usted. Pues tengo que reconocer que tú eres un auténtico artista. Ese retrato
que hiciste de mi hijo es una obra de arte. Es precioso.
-Ah, gracias. Elegí bien al modelo.
–Alardeó Erik.
¿Cómo? ¿Aquello era posible? Erik hizo
un alago tan gratuito que parecía mentira. Sin embargo Nicolás, que ya estaba a
punto para poder marcharse se enrojeció de tal piropo.
Rato después de charlas sin sentido,
decidieron ponerse en marcha a su rumbo.
Al llegar a casa de Erik, Nicolás
preparó para ambos una lucida cena la cual los dos disfrutaron, y mientras, una
conversación se hizo entre ellos.
-Tu madre me ha caído genial. Es muy
divertida. –Reconoció Erik.
-Ya, a veces apenas se puede tomar las
cosas enserio. Siempre está bromeando.
-En cambio tus amigos los gemelos, me
parecieron extraños. Uno tan vivaracho, y otro tan callado. Son como dos gotas
de agua, pero en el carácter son dos personas totalmente diferentes.
-Sí, bueno. Tomás es una persona que
siempre puedes tener una conversación con él. Pero Diego es más reservado.
Aunque a veces sus conversaciones son muy profundas, cuando las tiene.
Erik apartó el plato hacia delante
después de que terminara de comer, y sacó su silla de ruedas que estaba
encajada en el hueco de debajo de la mesa. Después se marchaba a asearse no sin
antes comunicárselo a Nicolás:
-Nicolás, ponte cómodo y enciende la
tele, voy a bañarme y voy a tardar un poco.
-Oh, muy bien. Voy a recoger la mesa.
-Si quieres ponte alguna peli de la
filmoteca.
Nicolás, empezó a recoger los platos,
vasos y cubiertos. Más tarde miró toda la colección de cine nuevamente. Se dio
cuenta que tenía varias películas españolas de los años sesenta las cuales le
gustaban bastante. Eligió una y esperó a que Erik terminara de asearse.
Cuando este terminó, pasó a la cocina
y dijo:
-Ahora vengo. Voy a por una cosa. –Dijo
mientras se marchaba.
Mientras Erik llegaba con una cubitera
en su regazo, y dentro de esta una botella de champán rosado.
-Espero que te guste el champán. Mi
madre compró esta botella para ocasiones especiales y hoy es una de ellas.
-Hace tiempo que no tomo champán.
¿Pero no se molestará tu madre? –Preguntaba preocupado Nicolás.
-Tu tranquilo, que hay mas botellas en
la despensa. Voy a por unas copas. ¿Quieres abrir la botella?
Nicolás la cogió en sus manos y Erik
marchó en busca de su cometido. Justo cuando volvía fue testigo de cómo el
corcho de la botella salió disparado hacia el techo, y como el champán se salía
de la botella. Este hecho les hico reír a ambos. Nicolás sirvió en las copas y
ambos se la tomaron con mucho gusto.
A medida que avanzaba la película, el
champán se iba acabando. Las risas estaban presente y no precisamente por el
humor de la película, sino más bien por la conversación entre ellos. Cualquier tontería
que se les pasara por la cabeza era motivo de carcajadas.
Erik estaba tirado en el sofá al lado
de Nicolás, muy cerquita de él, cuando de repente le dijo:
-Oye, Nicolás, ¿Pasamos de la película
y nos vamos a mi cuarto y encendemos el tocadiscos?
Nicolás, que apenas era capaz de
soltar la copa en la mesa, dijo en una voz irreconocible:
-Vale, hace rato que apenas le hago
casi a la tele. ¿Quieres que te lleve en brazos?
Y Erik asintió.
Nicolás apagó la tele, cogió en brazos
a Erik y al salir del salón se quedó parado. Miró a Erik a la cara y se empezó
a reír. Este, extrañado, preguntó:
-¿Oye, de qué te ríes?
-Acabo de darme cuenta de que estás
rojo como un tomate. –Reconocía entre más risas.
-¡Pues anda que tú!
Nicolás soltó a Erik, como si lo hubiera
dejado caer al vacío, sobre su cama. En ese momento, víctima de la bebida,
perdió el equilibro cayendo a su lado. Después, entre risas, este se incorporó
tendiéndose a su lado.
-Oye, Nicolás, -Rompía el hielo Erik
después de la calma. -¿Tú eres virgen?
Nicolás, exhausto por la pregunta,
miró con la ceja alzada a Erik, reposando en la cama a su lado.
-Pues no. ¿Por qué lo preguntas?
-Tengo curiosidad, simplemente.
Erik, con algo de esfuerzo, se giró
para acabar tendido de lado. Más tarde puso su mano en el pecho de Nicolás y
preguntó:
-¿Y con quién fue?
Una sonrisa picarona salió de Nicolás,
el cual también se giró hacia Erik.
-Pues fue, -respondía –con un
compañero de las clases de italiano. El tenía quince años y yo solo doce. Me lo
propuso en el patio del instituto, y yo, no supe como negarme. Después de
aquello se fue repitiendo de vez en cuando. Hasta que se marchó a vivir a otra
ciudad y ya no lo volví a ver más.
Erik quedó perplejo ante tal historia:
-Valla. Es triste que no os volvierais
a ver.
-Pues sí. Pero tampoco lo suelo
recordar mucho. No es el único en mi vida que tuvo ese lujo de tener mi cuerpo.
-¿Lujo? –Preguntó Erik bastante
extrañado.
-Sí. Soy un lujo que muy pocos se
pueden permitir.
Al escuchar esas tristes palabras,
Erik miró con picaresca a Nicolás, que con el gesto en el rostro mostraba que su egocentrismo era más grande
que sus palabras.
Entonces, lo miró, fundiendo la mirada
de sus ojos en los suyos, y en un instante se cerraron para bruscamente
besarlo. El beso duró si acaso un par de segundos y acabó con una mirada
cómplice entre ellos.
El tiempo le dio una sensación de
dejavu a Nicolás
-¿Por qué has hecho eso Erik?
–Preguntó Nicolás un tanto apurado.
Erik sin más reconoció:
-Porque quiero tener ese lujo.
-¿Quieres que tú… y yo…?
-Soy virgen. Hazme el amor Nicolás.
-Erik, no se si debo de ser yo la
primera persona que lo haga.
Y entonces lo volvió a besar, esta vez
mas apasionadamente dejando caer una caricia por su pelo.
-Aunque bueno, quizás tampoco tengo
que ser yo quien te lo niegue. ¿No crees?
Ambos, víctimas del alcohol, aunaron
sus pieles y compartieron algo más que besos. De caricias, saliva, besos y
dientes sobre labios se teñía la noche. La ropa, mero complemento del cuerpo,
acabó en el suelo de la habitación. Era momento era perfecto.
Casi una orden pidió Nicolás:
-Ponte hacia abajo y relájate.
Erik le obedeció mientras Nicolás le
ayudaba a colocarse. Este le besó en la mejilla una vez más.
Cuando el acto debía de tomar inicio
este se paró un momento a pensar. Miró el perfil del rostro de Erik, el cual
mantenía los ojos cerrados y la expresión de esperar el placer, y por un
momento quiso no efectuar nada. “¿Pero qué estaba haciendo?” se preguntaba.
-Vamos Nicolás. –Dijo Erik en un
susurro. –Hazlo por favor.
Dado el estado y la situación, ante
las palabras de Erik, dejó sus pensamientos a un lado y empezó aquel viaje a la
primera vez.
No hizo falta un lecho de pétalos de
rosa, ni tampoco una caja llena de diversos chocolates. No hizo falta escuchar
voces de diversión, placer, éxtasis… No hizo falta tampoco ver el sudor
corriendo por la espalda de ambos. Ni tampoco hizo falta clavar las uñas para
expresar un orgasmo. Solo hizo falta morder la almohada y apretar los dientes y
una respiración agitada.
A veces la vida es lo más raro que
puedes vivir. Nicolás pasó de ser un chico que un día llamó en una puerta para
buscar trabajo a estar acostándose con el chico con el que trabaja.
El momento de culminación llegó, y con
él la siguiente sensación de relax correspondiente. Los jadeos de uno y del
otro estaban sincronizados.
-¡Bendito champán! –Gritó Erik, cosa
que causó unas risas entre ellos.
Después del sosiego de haberse
regalado el uno para el otro, y más tarde de darse ciertos halagos, la calma
acabó.
El sonido ruidoso de la puerta sonó
ensuciando el sordo escuchar de la noche.
Unos pasos de unos zapatos, también
ruidosos empezaron a andar muy lentamente.
-¡Dios! ¡Otra vez no! –Erik apenas
pudo quejarse con la voz entrecortada. -¡Corre! ¡Recoge la ropa y escóndete en
el armario! ¡Rápido! Y veas lo que veas, no salgas en ningún caso, por favor.
Nicolás apenas entendió nada. Aún así
le hizo caso y a toda prisa entró en el armario. Entre tiestos innecesarios y
ropa de Erik acabó completamente desnudo y con su ropa en sus manos.
Las puertas del armario son de
rendijas, algo con lo que Nicolás podía ver lo que de un momento a otro
sucedería.
Los pasos sonaron cada vez más cerca
hasta que con ellos llegó otra vez al cuarto de Erik. Su padre asomaba por la
puerta con cara de pocos amigos y al acercarse a su hijo le preguntó:
-¿Qué haces desnudo?
Erik empezó a tener la respiración
agitada.
-Iba a ducharme.
-¿Y qué haces solo en casa? –La voz de
aquel hombre sonó asqueada.
-Nicolás se iba a quedar a dormir y se
ha tenido que ir. –La mentira de Erik sonó un tanto realista.
Entonces aquel extraño hombre sonrió.
-Con que ese maricón que te cuida se
llama Nicolás. Bonito nombre.
Nicolás dio un trago a su propia
saliva. La impotencia se apoderó de él. No se explicaba por qué le dedicaba
esas palabras.
Erik resopló, y en ese momento pareció
sacar fuerzas de su débil cuerpo para decir unas furiosas palabras:
-¡Eres un maldito homófobo de mierda!
¿Quién te crees que eres para faltarle el respeto?
La ira se apoderó de ese mal nacido
que de un momento a otro, y sin mediar palabra, se abalanzó a su hijo
propinándole varios puñetazos en la cara y en el cuerpo, dejándole indefenso en
la cama y encogido como un niño pequeño. Cada golpe era un espasmo para
Nicolás, que encerrado en el armario y la impotencia que sufría le era
imposible hacer nada al respecto.
La violencia cesó y el padre de Erik
sonrió más aún, dando un talante de satisfacción ante lo que había hecho.
-No sabes el asco que me das. –Casi un
susurro fueron las últimas palabras de aquella bestia, que por el mismo camino
que vino se fue, dando un portazo bastante estruendoso.
Para Nicolás fue la primera vez que
presenciaba tal escena como esa. Y es que a veces la realidad superaba la
ficción, y este fue un claro ejemplo.
Se acercó lentamente a Erik, mermado
entre las sabanas como un niño pequeño y llorando, se acostó nuevamente en su
cama, y por mero impulso lo abrazó. No sabía que decir, para él pasó demasiado
rápido. Cuando los nervios se fueron de su cuerpo y se relajó, una leve lágrima
salió de su bello rostro que cayó sobre el hombro de Erik.
-En mi vida creí que viviría un
momento como este. –Expresó Nicolás mientras secaba sus lágrimas. –No sé qué
decir. Si te sirve de algo, lo siento.
-Cada vez que lo veo tiemblo solo de
pensar que me pondrá una mano encima. No sabes cuánto lo odio. –Reconoció Erik.
–Me ha dolido bastante lo que a dicho de ti. Tengo miedo de que nos haga daño.
Él es capaz de hacerlo.
Nicolás, ante las duras palabras de
Erik, lo agarró con fuerza y lo apretó a su cuerpo y le confió:
-Ya no te hará más daño, ahora estoy
yo contigo.
Un nuevo besó le regaló Erik en los
labios a Nicolás, aceptándolo este con mucho gusto.
-¿Querrías dormir en la cama conmigo?
Es tarde.
Nicolás le acarició el pelo y le
exigió:
-Claro, encantado de hacerlo. Solo con
una condición. Tienes que secarte las lágrimas y no llorar más por un padre que
no te merece.
Al parecer le hizo caso. Secó sus
lágrimas y se relajó en su cama. Nicolás apagó la luz de la mesa de noche que
llevaba ya unas horas encendida y ambos cerraron los ojos. Abrazados, esperaron
durmiendo el nuevo día.